sábado, 3 de julio de 2021

Memorias.- François Timoléon, abate de Choisy (1644-1724)


Resultado de imagen de abate de choisy «Me ordenáis, señora, que escriba la historia de mi vida; ni pensarlo, pues no veríais en mi relato ni ciudades tomadas al asalto ni batallas victoriosas. La política no brillaría más que la guerra. Bagatelas, pequeños placeres, niñerías: no esperéis otra cosa. Un natural feliz, tiernas inclinaciones, nada negro en el espíritu, alegría por doquier, necesidad de gustar, pasiones vivas: virtudes en el bello sexo, defectos en un hombre. Si vos os sentirías avergonzada de leer, ¿cómo debería sentirme yo al escribir? Podría excusarme en una mala educación, pero no se me disculparía. Mas, sin duda se trata de argumentos inútiles. Vos ordenáis, yo obedezco. Pero aceptar que os obedezca por partes; escribiré algún acto de mi comedia sin ninguna relación con el resto; por ejemplo, me apetece contaros las grandes y memorables aventuras del barrio de Saint-Marceau.
 Es extraño que sea imposible deshacerse de una costumbre de la infancia: mi madre me acostumbró a llevar vestidos femeninos desde mi nacimiento y continué llevándolos en mi juventud; hice teatro durante cinco meses como muchacha en una gran ciudad sin que nadie se diera cuenta del engaño; tenía pretendientes a los que concedía pequeños favores, pero era muy reservado con ellos en cuanto a los grandes; todos se hacían lenguas de mi recato.
 Disfrutaba del mayor placer que se puede gustar en este vida; el juego, que siempre me ha perseguido, me curó de esas bagatelas durante algunos años, pero cada vez que me arruiné y quise dejar el juego, recaí en mi antigua debilidad y volví a convertirme en mujer. Con este propósito compré una casa en el barrio de Saint-Marceau, en medio de la burguesía y el pueblo, para poder vestirme a mi antojo entre personas que no criticarían lo que yo hiciera. Empecé por volverme a agujerear las orejas, pues los antiguos orificios se habían cerrado, me puse corsés bordados y batas dorada sy negras con adornos de raso blanco, un cinturón convexo y un gran moño de cintas detrás para marcar el talle, una larga cola que me arrastraba, una peluca muy empolvada, pendientes, lunares postizos, una cofia y una fontange. Al principio sólo llevaba una bata negra cerrada por delante con una abotonadura que llegaba hasta abajo y una cola de medio metro que me llevaba un lacayo, una peluca pequeña y poco empolvada, pendientes muy sencillos y dos grandes emplastos de terciopelo en las sienes. Vestido así fui a visitar al cura de Saint-Médard, que elogió mucho mi atuendo y me dijo que tenía más encanto que muchos curas, con sus casacas y sus capitas que no inspiraban ningún respeto; pues ése era poco más o menos el hábito de muchos curas de París. Fui también a ver a los sacristanes de la parroquia, que me habían alquilado un banco frente al púlpito del predicador, y después hice todas las visitas de mi barrio, a la marquesa de Usson, a la de Ménieres y a todas mis demás vecinas. No me puse otro vestido durante un mes y no falté ningún domingo a misa mayor ni al sermón del señor cura, lo que lo complació mucho. Iba también una vez por semana, con el señor vicario y el señor Garnier, a quien había escogido como confesor, a visitar a los pobres vergonzantes y a hacerles alguna caridad; pero, al cabo de un mes, me desabroché tres o cuatro botones del escote para dejar entrever un corpiño de moaré plateado que llevaba debajo. Me puse unos pendientes de diamantes que le había comprado cinco o seis años antes al joyero Lambert, mi peluca se hizo más larga y empolvada y cortada de manera que dejaba ver por completo los pendientes, y me puse tres o cuatro lunares pequeños alrededor de la boca y en la frente. Estuve aún un mes sin arreglarme más a fin de que todo el mundo se fuese acostumbrando insensiblemente y creyese verme siempre igual, lo que así ocurrió. Cuando vi que mi plan tenía éxito, me desabroché cinco o seis botones del bajo del vestido para dejar que se viese una falda de raso negro con lunares, cuya cola tenía la misma longitud que la del vestido; llevaba además debajo una enagua de damasco blanco, que sólo se veía cuando me llevaban la cola. Ya no me ponía calzones, pues me parecía que hacía más mujer y no tenía frío porque era verano. Llevaba una corbata de muselina cuyas borlas caían sobre un gran lazo de cinta negra sujeto a la parte superior del vestido, lo que no impedía que se me vieran los hombros, que conservaba muy blancos gracias al gran cuidado que tuve toda la vida. Todas las noches me lavaba el cuello y el escote con agua de ternera y pomada de pies de carnero, que conservaban la piel blanca: así acostumbré poco a poco a la gente a verme arreglado. Estaba dando una cena a la señora de Usson y otras cinco o seis vecinas, cuando vino el señor cura a visitarme a las siete de la tarde; le rogamos que cenase con nosotras; era un buen hombre y se quedó.
Resultado de imagen de abate de choisy -Desde ahora –me dijo la señora de Usson- os llamaré señora.
 Me hizo girar y girar ante el señor cura, diciéndole:
 -¿No tenemos aquí a una hermosa dama?
 -Es verdad –contestó él-: pero, ¿no se trata de un disfraz?
 -No señor –le dije yo-, no, de hoy en adelante voy a vestir siempre así. Sólo llevo vestidos negros forrados de blanco o blancos forrados de negro, por lo que no puede reprochárseme nada. Estas señoras me aconsejan, como veis, esta forma de vestir y me aseguran que no me sienta mal. Además, os diré que, cenando hace dos días en casa de la marquesa de Noailles, llegó su señor cuñado de visita y elogió mucho mi vestimenta, y delante de todo el mundo me llamaba “señora”.
 -¡Ah! –exclamó el señor cura-. Me rindo ante semejante autoridad y reconozco, señora, que estáis muy bien.
 Anunciaron que la cena estaba servida; permanecimos a la mesa hasta las once y mis criados acompañaron luego a su casa al señor cura. Desde entonces lo visitaba y no tuve reparos en ir a todas partes en bata y todo el mundo se acostumbró.

 He buscado saber de dónde me viene un placer tan extravagante. Helo aquí: lo propio de Dios es ser amado, adorado; el hombre ambiciona lo mismo tanto como su debilidad se lo permite; pero, como la belleza es lo que hace nacer el amor y ella es ordinariamente privilegio de las mujeres, cuando sucede que los hombres tienen o creen tener algunos rasgos de belleza capaces de provocar amor, intentan aumentarlos con adornos femeninos, que son muy favorecedores. Sienten ellos entonces el inexpresable placer de ser amados. Yo he sentido más de una vez lo que digo por dulce experiencia, y cuando, hallándome en bailes o teatros ataviado con hermosos vestidos, diamantes y lunares, he escuchado decir en voz baja a mi alrededor “¡Mira qué persona más hermosa!” he gustado de un placer que no se puede comparar con nada, tan intenso es. Ni la ambición, ni la riqueza y ni siquiera el amor, lo igualan, porque nos amamos más a nosotros mismos de lo que amamos a los demás.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Laertes, 1999, en traducción de Marina Pino, pp. 23-27. ISBN: 84-7584-396-4.]    
      

viernes, 2 de julio de 2021

La casa del hambre.- Dambudzo Marechera (1952-1987)


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La reunión de Navidad


 «Nunca había matado una cabra. Pero era Navidad. Y padre, que era el que siempre lo hacía, estaba muerto. Había muerto hacía siete años. No se podía esperar que mi hermana, Ruth, la matara. Se suponía que era cosa de hombres. Y madre también estaba muerta. Quedábamos dos en la casa, Ruth y yo. Me había tomado un período sabático de la universidad y esperaba que las Navidades me sirvieran para descansar del libro que estaba escribiendo. Pero tenía que venir la cabra a estropearlo todo. Era Nochebuena, cuando se mataba y se desollaba la cabra. Todas las familias del distrito segregado estaban matando su cabra en este mismo momento. Mientras tanto yo, que buscaba excusas que me eximieran de matar la cabra, le recordé a Ruth que una cabra era una criatura embravecida adorada por Pan y que me era imposible matar una bestia que también habitaba en mí. Yo mismo era, le decía, un cuadrúpedo rumiante con barba y cuernos, vigoroso, vivo y atrevido. No físicamente, pero sí en espíritu. Siempre había sido malo. Allí estaba yo, en el cielo junto a Capricornio, le contaba. Si todo esto no era lo bastante convincente, le recordaba aquel famoso trópico de Capricornio, que convertía a los que vivían cerca de él en unos bóers de mierda: despiadados, canallas y corruptos. Resumiendo, que matar la cabra sería una falta de respeto a una parte considerable de la humanidad, tanto a sus extremidades como a su espíritu. Además, añadía, ya sabes que no puedo comerme algo que haya matado. Yo no era más que lana de cabra en el inmenso tejido de esta gran ficción que llamamos vida; por lo que, obviamente, no sería capaz de una monstruosidad tal como matar a una pobre cabra. Imagina una gran reunión de alemanes sanguinarios gritando “Geist” a un niño pequeño judío aterrorizado. La exterminación masiva de criaturas de Dios que son tan inofensivas como estas cabras me parecía una deformación de lo que representaba de verdad la Navidad. ¿Qué representaba? ¿Qué representaba? Al fin y al cabo, nosotros somos africanos y toda esta tontería de la Navidad se reducía a una distracción sórdida. Después de todo, le decía, los blancos y los negros se desuellan los unos a los otros para echarse a la olla de Navidad, arrastrándose mutuamente por los talones hasta la cocina universal, donde se aliñan con guindilla y con mostaza y con pimienta negra y con patatas fritas. A continuación, todos se dan una palmadita en el estómago, sueltan un pequeño eructo y se rascan la barriga con la sensación de estar digiriendo lentamente la Libertad y la Navidad. Todo este asunto de expresar la alegría cristiana cortando el gaznate de cabras vilipendiadas me resultaba repugnante, por no mencionar la presunta domesticación de cabras en unos corrales que parecían campos de concentración , cuando no hay nada más majestuoso, valiente y fuerte que las verdaderas cabras montesas. Nada me parece más inhumano que comprar una cabra por unos cuantos chelines, amarrarla a una alambrada y luego dejar que los niños pequeños vean cómo la abren en canal. A esto había que sumar que yo no tenía nada de asesino. Quizás alguna vez había pisado sin darme cuenta un escarabajo que caminaba sin rumbo y por supuesto, asesiné a todos los malditos mosquitos que infestaban mi cuarto en la universidad, y también a aquella mosca gorda y asquerosa que me estaba volviendo tan loco que le di con una edición en tapa dura de las Obras completas de Shakespeare. Creía que sólo le había rozado sus ojos compuestos y la tiré a la papelera, donde el astuto insecto fingió tan bien estar muerto que acabó por morirse. Admito que la serpiente que se enroscaba en el manzano cuando mirabas con deseo la manzana más lustrosa seguramente no se merecía que mi escopeta la aterrorizara. Y cualquier niño lleno de granos que se respetara a sí mismo poseía un tirachinas para matar pájaros. Luchar es lo mismo: levantas el puño contra alguien y ya eres un asesino en potencia. No se es más hombre por eso. Todo eso de ser un hombre de verdad es lo que nos está volviendo majaras. Yo no me lo trago. Lo único diferente entre tú y yo es lo que tenemos entre las piernas. Así que si quieres carne de cabra, mátala tú. Si se supone que por cortarles las gargantas humanas a estas cabras humanas me convierto de golpe en un hombre de verdad, no veo por qué no puedes convertirte tú de repente en una mujer de verdad por cometer la misma atrocidad deplorable. ¿Cómo podrías volver a mirar a otra criatura viva a los ojos después de haberte hecho adulto gracias a cortarle la garganta a otro ser vivo? Mi mente es tan caótica porque cada escalón devora al que lo precede y ¿adónde nos conduce esta grandiosa escalera donde todo devora todo lo demás? ¿Quién quiere ser escalón y quién el último que todo lo devora? ¿Dios? Ya imagino que esa cabra habrá exterminado una gran cantidad de hierba encogida de miedo, que esa misma hierba se tragó la sal y el agua de la tierra, que la sal y el agua seguramente procedían de cadáveres hediondos enterrados y que los cadáveres se habrían alimentado de otra cosa… Pero bueno, ¡qué cojones! Por lo menos tenemos algo que nos hace no matar, mientras el resto del mundo se cubre de sangre. Mira, eres mi hermana, así que no me presiones y dame una oportunidad. No estamos en una banda de guerrilleros de la que no puedes desertar con vida. Ni en el ejército de Smith. Soy yo. Yo. Yo que no soy más que la lana de cabra que nadie puede ver. Me pone nervioso cómo me mira la cabra. Aunque es natural, ¿cómo mirarías a los que, en tu presencia, están debatiendo sin miramientos cómo acabar contigo, desollarte y condimentarte de tal modo que no serías ni un cadáver, sino un manjar que una hora después echarían por el culo y se perdería por el inodoro en unas cloacas laberínticas? Ya sé que no nos alimentamos de aire, ni de piedras, ni de fuego, aunque al menos podemos beber agua. El que nos creó tenía una mente retorcida. ¿Cómo te sentirías si alguien te arrancara la piel a tiras para luego ponerla a secar y hacerse un par de zapatos con ella? Lo que digo es que hay gente que herviría tus huesos para hacer fertilizante; y si tus huesos no tienen la calidad suficiente, vuelven a hervirlos para producir el pegamento que le dan a los críos para que peguen monigotes a una cronología que explica cómo ha evolucionado la humanidad desde el hombre de Neandertal hasta nuestros días, en que se supone que el hombre debe ver las cosas como una lente te mira a ti antes de que se cierre el objetivo. ¡Me niego a ver las cosas así! Te miran a ti como quieres que yo mire a esa cabra. Te miran a ti como si fueras una comida en potencia, digieren tus tripas, te peen y a eso lo llaman progreso. Me aterra pensar en cómo somos capaces de encerrar a tantos cerdos, vacas, gallinas, cabras y ovejas, cebarlos y apiñarlos en cámaras de gas para, una vez muertos, despojarlos de su carne y sus huesos y su cerebro y sus dientes de oro y sus anillos de boda y sus gafas. Despojarlos de todo y llamarlo ganadería intensiva, progreso moderno. Le ponemos cualquier nombre menos el que debía tener. No se creó el mundo para que nos sirviera de alimento. O, si así fue, que Dios ayude a la gente como yo. ¿Dios? Se celebra su Navidad y en 1915 y 1916, en el Frente Occidental, dejaron de dispararse los unos a los otros para echar un partido de fútbol, pero en cuanto se acabó su santo cumpleaños retomaron la carnicería. Uno de esos alemanes de mierda era un payaso que tenía un pez. Yo no quiero ser un pez en la farsa cósmica de nadie. La cabra tampoco quiere serlo. Y ese pobre arzobispo de Uganda tampoco querría ser un pez nadando en la cabeza de Amin. Y probablemente el pez preferiría que ni lo mencionara en todo esto.
 ¡Dios mío! Qué tarde es. ¿A qué hora es la cena? ¿Cómo que si quiero cenar tengo que matar la cabra? Claro que quiero cenar. Es la primera vez que he podido venir a casa después de siete años y ¿vas a negarme un modesto ágape? ¿La cabra? ¿Ella? Ella es mi modesto ágape, ¿verdad? Bueno, que Dios se apiade de mí… Yo… Vamos a dársela a los Makonis, que se mueren de hambre. Seguro que hoy todavía no se han llevado nada al estómago. ¡Eh! ¡Mira! Ha arrancado la soga. Mira cómo corre, como el mismo Pan, como un chivo expiatorio, como yo cuando era más pequeño. ¡Se ha abierto paso entre la gente! ¡Está en el bosque! ¡Que tengas suerte, Pan! No te enfades, Ruth, nos vamos a comer fuera. Ya he reservado mesa. En ese sitio tan elegante, Brett’s. Hemos quedado allí con mi mujer en… a ver qué hora es… cinco minutos. Tenéis mucho de lo que hablar después de siete años. Espero que no me multen por exceso de velocidad.
[…]

La piel negra qué enmascara

 Mi piel se ve a la legua entre toda esta gente. Cada vez que salgo, siento cómo se tensa, endureciéndose, torturándose a sí misma. Únicamente se relaja cuando estoy a la sombra, cuando estoy solo, cuando me despierto temprano por la mañana, cuando estoy haciendo algo mecánico y, por raro que parezca, cuando estoy enfadado. Pero es tímida y reservada cuando me siento a escribir.
 Es como un amigo silencioso: temperamental, enérgico, posesivo y, a veces, cruel.
 Una vez tuve un amigo así. Terminó cortándose las venas. Ahora está en un manicomio. Me he preguntado muchas veces por qué hizo lo que hizo, pero nunca he dado con una respuesta concluyente.
 Siempre se estaba aseando. Por lo menos se bañaba tres veces al día. Recurría a todo tipo de lociones y desodorantes para calmar lo que se había apoderado de él. De hecho, más que lavarse, se frotaba hasta hacerse sangre.
 Intentó también purgarse la lengua, mejorando su inglés y deshaciéndose de su acento. Resultaba tan doloroso escucharlo hablar como verlo intentar quitarse la negrura de la piel.
 Se hacía cosas en el pelo, cosas que Dios jamás se había planteado cuando le dio al hombre cabellos.
 Se compraba mucha ropa, tiendas enteras. En este caso, parecía que el hábito sí hacía al monje. Sus zapatos habrían otorgado ligereza y elegancia hasta a la pata de un elefante. Los animales que habían asesinado para hacer aquellos zapatos tenían que estar revolviéndose en su tumba diciendo “Genial, tío”.
 Pero no estaba satisfecho. Quería que cualquier otro africano en diez kilómetros a la redonda siguiera su ejemplo. Después de todo, un chimpancé puede aprender no sólo a beber té, sino a anunciarlo en televisión; pero ¿de qué sirve si todos los demás chimpancés creados por Dios siguen despiojándose y girando sobre sus colas mientras cotillean sobre plátanos y Cecil Rhodes?
 No obstante, un día tuvo el detalle de explicármelo de un modo más comedido. Íbamos a ir a la fiesta de Nochevieja del Ayuntamiento de Oxford.
Resultado de imagen de dambudzo marechera la casa del hambre -¿Nunca te cambias de vaqueros? –me preguntó.
 -Sólo tengo estos.
 -¿En qué te gastas el dinero, tío? ¿En beber?
 -Sí –dije rebuscándome en los bolsillos-. Alcohol, papel y tinta. Mis herramientas de trabajo.
 -Deberías cuidar más tu aspecto, ¿sabes? No somos monos.
 -Voy bien así.
 Tosí y precisamente porque sabía muy bien lo que significaba mi tos, se puso tenso esperando el golpe.
 -Si tienes dinero –dije sin titubeos- préstame un billete de cinco.
 Él tampoco dudó un segundo aquel día:
 -No pidas ni des prestado a nadie –sermoneó.
 Y, pensándolo mejor, añadió:
 -Tenemos la misma talla. Ponte este traje. Quédatelo si quieres. Y las cinco libras.
 Así se portaba conmigo. Se portó así hasta el día que se cortó las venas.
 Pero las apariencias engañan.
 La apariencia por sí sola, no importa lo cara que haya salido, son botas de montaña poco fiables cuando uno se aventura por las cuestas resbaladizas de la escalada social. Cada vez que abría la boca se ponía en ridículo. La lógica era su palabra fetiche, pero por desgracia ese tipo de cosas aburría rápidamente hasta a los más curtidos antropólogos que andaban a la caza de comportamientos típicos africanos. A mí me interesaba más la bebida que la compañía. Él, en cambio, que Dios lo ampare, dependía de la política para entablar amistad con alguien. Pero ¿a quién en su sano juicio le importa una mierda lo que pase en Rodesia? Era algo que no le entraba en la cabeza.
 Y, por el amor de Dios, cuando se ponía a bailar parecía un mono. Siempre asumía que si una chica aceptaba bailar con él implicaba que quería que la manoseara, pellizcara, besara y echara un polvo en la pista. Por eso, las chicas no tenían piedad con él. Dejaron de invitarlo a fiestas y le hicieron el vacío.
 No me interesaba el mismo tipo de chica que a él. Le gustaban estiradas, inteligentes y recatadas, y con la misma conversación desesperante:
 -¿En qué facultad estás?
 -… ¿Y tú?
 -…
 Pausa.
 -¿Cuál es tu especialidad?
 -…¿Y la tuya?
 -…
Pausa. Tos.
 -Soy de Zimbabue.
 -¿Eso qué es?
 -Rodesia.
 -Ah. Yo soy de Londres. Eh (con una visible falta de interés), Smith es un cabrón, ¿no?
 Y entonces arrancaba con entusiasmo:
 -De hecho, acabo de pronunciar un discurso ante la Sociedad de Estudios Africanos defendiendo la tesis de que Ian Smith bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla…
 -(Bostezando) Interesante. Muy interesante.
 -Smith bla, bla, bla, bla, bla, bla… (De pronto) ¿Te gustaría bailar?
 Sorprendida:
 -Bueno… yo… Sí, ¿por qué no?
Y así sucedía siempre. Sí, así sucedía siempre hasta que se cortó las venas.
Pero las apariencias engañan.
 Un vagabundo negro lo abordó una noche cuando nos dirigíamos a la fiesta de la Sociedad Literaria Universitaria. Fue como si lo hubiese tocado un leproso. Se apartó literalmente de un salto del hombre que, casualmente, yo había conocido una Nochebuena que nos sentamos en un banco del barrio de Carfax, en el centro de Oxford, y nos bebimos una botella de whisky.
 La repugnancia que sintió rozaba la apoplejía y no habló de otra cosa durante toda la fiesta:
 -¿Cómo puede un negro que ha venido a Inglaterra convertirse en vagabundo? Hay tanto que hacer. Sobre todo en el África meridional. Lo que me gustaría ver bla, bla, bla…
 -Tómate algo –sugerí.
 Aceptó mi sugerencia del mismo modo que Dios aceptaría algo de Satán.
 -Bebes demasiado, ¿sabes? –comentó suspirando.
 -A ti te vendría bien beber más –dije.
 El incidente del vagabundo debía de haberle impactado más de lo que yo suponía porque cuando volvimos a la residencia no podía dormir. Vino a mi cuarto con una botella de Burdeos que estuve encantado de compartir con él hasta la hora del desayuno, cuando dejó de hablar de los capullos negros insoportables. Dejó de hablar porque se quedó dormido en el sillón.
 Y así eran las cosas hasta que se cortó las venas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Sajalín Editores, 2014, en traducción de María Remedios Fernández Ruiz , pp. 127-131 y 151-155. ISBN: 978-84-940627-7-3.]

jueves, 1 de julio de 2021

El alma del mundo.- Frédéric Lenoir (1962)


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Primer día: El puerto y el manantial

Del sentido de la vida

  «Uno de los sabios tomó la palabra: “Hijos de los hombres, escuchad la primera noble enseñanza sobre el sentido de la vida humana.
 La mayoría de las desgracias de la humanidad ocurren porque muchos hombres, principalmente los que ejercen el poder y poseen riquezas, nunca se han preguntado por el sentido de su existencia. Se dejan llevar por la inclinación de sus pulsiones y sus necesidades materiales. Descienden, inconscientes, por el río de la existencia, como leños arrastrados por las aguas, sin dominar jamás el curso de sus vidas. Incluso los cadáveres arrojados al río se deslizan más rápidos que ellos, que están vivos. Pero ¿acaso se puede considerar vivo a un ser que sólo siente las necesidades inmediatas de su cuerpo y reprime las de su alma?
 ¿Por qué estamos en la Tierra? ¿Se nos ha asignado una misión? ¿Los acontecimientos que nos suceden son fruto del azar o poseen un sentido? ¿Tenemos un destino que cumplir? ¿Somos el juguete de nuestros instintos y de nuestra educación o podemos disfrutar de una auténtica libertad? Y si así fuera, ¿cómo hacer buen uso de ella? ¿Sobre qué rocas cimentar nuestra vida? ¿Cómo conseguir una felicidad auténtica y duradera? ¿Cómo alimentar nuestra alma y nuestro cuerpo, y facilitar el entendimiento entre ambos? ¿Desaparece nuestro espíritu al desaparecer el cuerpo físico? ¿Sigue existiendo en otra dimensión o está llamado a renacer en otro cuerpo?
 Éstas son las preguntas que todo ser humano debería plantearse cuando comprende que no es sólo un animal sometido a las leyes universales del placer y del dolor, la atracción y la repulsión. Cuando descubre que posee un espíritu o un alma espiritual –da igual las palabras que se utilicen- que le permiten dominar su cuerpo, sus emociones, sus pulsiones. La grandeza del ser humano reside en que es la única criatura viviente que puede preguntarse sobre el significado de su existencia y darle un sentido, una finalidad.
 ¡Pobre del hombre que no haya descubierto el santuario del espíritu! ¡Pobre del que no tenga más preocupación que la de sobrevivir! Pobre del que no se hace nunca esta pregunta: ¿cómo vivir de una manera propiamente humana? ¿Cómo llevar una vida buena? ¿Qué es lo realmente importante y qué no lo es? ¿Cómo ser plenamente yo mismo y seguir siendo útil a los demás? ¿Qué hacer para lograr una vida plena y en el instante de mi muerte irme en paz y mirar hacia atrás con el corazón sereno?
 Pobre del hombre que no sabe que posee dos grandes tesoros en su interior: la claridad de la mente, para ser libre; y la bondad del corazón, para ser feliz. Pobre del hombre que lleva una existencia similar a la de las bestias, encadenado a sus instintos y pendiente de satisfacer las necesidades materiales de la vida.
 Pobre del hombre que no sabe que es un hombre”.
[…]
Uno de los sabios tomó la palabra: “¡Cuántos seres humanos pasan la mayor parte de su vida preocupados por cosas materiales o frívolas y se olvidan de dedicar tiempo a vivir las experiencias esenciales: el amor, la amistad, la actividad creadora, la contemplación, la belleza del mundo! No son tontos ni malos, sino ignorantes. Ignoran lo mejor que la vida puede darles… y que no cuesta nada. Lo superfluo es oneroso, pero lo esencial nos lo regalan. Sólo hay que saberlo. ¡Y cuántos prefieren seguir a la masa de los que obedecen las órdenes de sus cuerpos y las modas de la época! Aprended, hijos de los hombres, a caminar por vuestro camino, el que es bueno para vosotros, el que os ha sido destinado y os hará lo más felices posible”.
[…]
 Uno de los sabios tomó la palabra: “Conviértete en lo que eres. Haz lo que sólo tú puedes hacer. Sigue la voz de tu corazón”.
[…]
 Uno de los sabios tomó la palabra: “La dificultad reside en que a menudo confundimos esa hambre y esa sed de nuestra alma con las de nuestros deseos sensibles. La sed de los sentidos procura muchos placeres, pero también es una temible trampa, pues tiende a extraviarnos por un mar sin puerto o una montaña sin manantial. Si nos somos conscientes de ello, vagaremos toda nuestra vida de deseo en deseo, de satisfacción de los sentidos en satisfacción de los sentidos, sin quedar jamás saciados. Por ello, un maestro de la sabiduría de la Antigüedad dijo que había que “apagar la sed” para alcanzar una auténtica felicidad. No se refería a la sed de la mente en busca de la sabiduría, sino a esa sed, sin fin, de los sentidos y del apego al dolor que nos mantiene adheridos a la ley del deseo y de las frustraciones”.
 Uno de los sabios tomó la palabra. “El mundo actual está atrapado en el frenesí del “cada vez más”, de la eficacia productiva y la acumulación de riquezas, mientras que el hombre necesita muy poco para ser feliz. Lo esencial de su felicidad no reside en sus posesiones sino en la paz del alma. Escuchad la historia de un sencillo pescador que descansa a la sombra de una palmera. Saborea la felicidad del ser. Un hombre rico pasa por allí y lo alienta a que trabaje más.
-¿Para qué? –responde el pescador.
 -Para ganar dinero.
 -¿Para qué?
 -Para vivir en una bonita casa.
 -¿Y para qué?
 -Para tener una gran familia.
 -¿Y después?
 -Ampliar tu negocio con tus hijos.
 -¿Y después?
 -Después estarás tranquilo y feliz para poder descansar.
 -Es precisamente lo que ya hago…”

 Uno de los sabios tomó la palabra: “Mientras la busquéis fuera de vosotros, en el disfrute de los objetos o de las personas, vuestra felicidad será frágil e inestable. Y ello se debe a tres motivos:
 El primer motivo es que es difícil conseguir todo lo que deseamos. Podemos soñar con tener siempre un cuerpo sano, comprar una bonita casa, lograr una vida amorosa plena y una vida familiar armoniosa, dedicarnos a una actividad profesional apasionante, cosechar un éxito creciente en nuestras actividades… pero qué difícil es conquistar todo eso. Invertimos nuestra energía en obtener lo que deseamos, pero con frecuencia no lo logramos. Entonces nos sentimos frustrados, decepcionados, tristes o enfadados con la vida.
 El segundo motivo es que las cosas exteriores a las que aspiramos están sometidas a una ley fundamental universal: la de la impermanencia. Todo en el mundo está sujeto a cambio. Nada es estable, permanente o definitivo. Las cosas cambian, las personas cambian, todo es devenir. Cultivamos nuestro cuerpo y gozamos de buena salud, pero podemos enfermar o tener un accidente. Vivimos con una persona cuya presencia nos es indispensable, pero puede abandonarnos o morir. Contamos con un trabajo o una actividad que nos apasiona, pero es posible que cesen por causas externas que no dominamos. Poseemos un magnífico automóvil o un cuadro de un famoso pintor: nos los pueden robar. Hemos construido un imperio: ningún imperio perdura. Hemos acumulado un inmenso tesoro: mañana moriremos y no nos lo llevaremos a la tumba.
 El tercer motivo es que, orientando nuestro deseo hacia las cosas exteriores y los objetos materiales, no hallaremos nunca descanso. Por naturaleza, el hombre quiere siempre algo más. Observad a un niño: parece satisfecho con su juguete y, de pronto, ve otro en manos de otro niño. Se desinteresa por el suyo y desea espontáneamente el del otro. El deseo del hombre es mimético: siempre desea lo que posee el otro. ¿Sabéis cuál es la diferencia entre el niño y el adulto? El tamaño de su juguete.
 A la hora de poseer, el deseo es ilimitado. Para ser feliz, el hombre debe renunciar a la lógica del poseer y aceptar la del ser. Su felicidad ya no consistirá en poseer objetos exteriores, sino una calidad de ser. El sentido de la vida es precisamente aprender a “estar bien”, más allá de lo que poseemos, de los objetos o las personas que nos procuran placer, de los acontecimientos que surgen. Es descubrir que la felicidad y la infelicidad están en nuestro interior, y no en las cosas o en los hechos externos”.
[…]

Séptimo día: La felicidad y la infelicidad están en ti
De la aceptación de lo que es

Resultado de imagen de frederic lenoir el sentido de la vida Uno de los sabios tomó la palabra: “Escuchad, hijos de los hombres, la séptima noble enseñanza sobre la aceptación de lo que es. La actitud más importante, la vía real, la que corona la sabiduría es plegarse a la vida, aceptar la realidad. No negar lo que se nos presenta. Algunas cosas pueden y deben cambiar. Pero empecemos por decir “sí” a la vida. Sobreviene una enfermedad: aceptémosla y hagamos lo que se deba hacer para curarnos. Podemos legítimamente sentir rabia y tristeza, pero superémoslas. ¿No nos gusta un rasgo determinado de nuestro físico o un defecto de nuestro carácter? Empecemos por aceptarnos y querernos tal como somos, tal como la vida nos ha dotado. Pongamos luego en práctica lo que hay que hacer para modificar ese rasgo poco agraciado o mejorar ese defecto. A veces, nos sentimos impotentes, pues algunas cosas no dependen de nosotros. Ello nos empuja a aprender a ‘dejar ir’, a no querer controlar todo, a crecer en un ambiente de confianza, desapego, humildad, serenidad, amor”.
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Uno de los sabios tomó la palabra: “No debemos intentar cambiar los elementos exteriores sino nuestros pensamientos y creencias, que son los que condicionan en gran medida lo que nos sucede. ‘Somos lo que pensamos’ decía un maestro de la Antigüedad. Nuestras creencias y nuestros pensamientos influyen de manera decisiva en nuestra existencia. A menudo, lo que creemos o lo que pensamos se vuelve realidad. Y filtramos también la realidad, percibiendo de ella lo que viene a confirmar nuestras creencias. Un pesimista verá en el mundo señales negativas que confirman su pesimismo. Un optimista verá señales de esperanza que confirman su optimismo. Y la fuerza de nuestras creencias llegará incluso a producir unos acontecimientos que las confirmen. Un hombre miedoso tendrá más posibilidades de que lo agredan que un hombre valiente. Un acomplejado, más posibilidades de que lo rechacen que un hombre seguro. La visión que tenemos de nosotros mismos y del mundo condiciona una buena parte de los acontecimientos que nos suceden.
 Ésta es la historia de un hombre engreído que cubre de espejos las paredes y el techo de su habitación. Le gusta encerrarse en ella para contemplar su imagen y sale lleno de seguridad, dispuesto a enfrentarse al mundo. Una mañana, sale de su habitación y se olvida de cerrar la puerta. Entra en ella su perro. Al ver otros perros, se pone a olisquear, gruñir, amenazar; como los reflejos lo amenazan a él también, se abalanza sobre ellos ladrando con  furia. Combate violento: las batallas contra uno mismo son las más terribles… El perro muere de agotamiento. Un sabio pasa por allí mientras el dueño del perro, entristecido, ordena que cierren para siempre la puerta de la habitación.
 -Deja abierta esta habitación –le dice-. Tiene mucho que enseñarte.
 -¿Qué quieres decir?
 -El mundo es tan neutro como los espejos. Según seamos admirativos o miedosos, nos reenvían lo que le damos. Sé feliz, el mundo lo es. Sé infeliz, él también lo es. Luchamos continuamente en él contra nuestros reflejos y morimos combatiendo contra nosotros mismos. Escucha bien esto: en cada ser y a cada instante, feliz o doloroso, fácil o difícil, sólo vemos nuestra imagen”.
 Uno de los sabios tomó la palabra: “Acepta las grandes leyes de la vida y nada te inquietará. La primera de ellas es que todo acto produce un efecto: uno recoge lo que siembra. Consciente o inconscientemente, por tus actos o por tus pensamientos, en esta vida o quizá en otra. No eches la culpa a la vida o a los demás. La segunda ley es que todo es impermanente, efímero. Todo está en perpetuo cambio. No te encierres en una ilusión de estabilidad y de seguridad. Acepta el cambio, la incertidumbre, la muerte. Entonces, tu cuerpo estará siempre en paz”.
 Uno de los sabios tomó la palabra: “No progresamos a pesar de las pruebas difíciles y los obstáculos cotidianos, sino gracias a ellos. Del mismo modo que subimos de un piso a otro no por culpa de los peldaños sino gracias a ellos. Los obstáculos son peldaños que debemos subir. No seamos víctimas de los acontecimientos externos. Seamos sus discípulos”.
 Uno de los sabios tomó la palabra: “Aprended a no rechazar nada de la vida. El rechazo aporta más dolor que la aceptación. Toleraréis mejor un sufrimiento físico aceptando vivirlo que rechazándolo. […] Sorprendentemente, el dolor disminuirá. Considerad también el dolor como si formara parte de algo más grande que ese dolor. Acogedlo, diluidlo en el vasto vaso de la conciencia y será más soportable”.»      
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2013, en traducción de Malika Embarek López, pp. 49-51, 53-59 y 127-131. ISBN: 978-84-344-0627-8.]