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sábado, 24 de abril de 2021

La pérdida de Filipinas.- Saturnino Martín Cerezo (1866-1945)


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Después del sitio

I.-Medidas previsoras

 «Cuando, firmada la capitulación, hubimos de franquear las puertas de la iglesia, dejar las armas y confiarnos a nuestros enemigos de la víspera, nos pareció salir, no diré despertar, de una pesadilla congojosa. Fue algo así como el que por espacio de mucho tiempo ha tenido que arrastrarse por una galería subterránea, cada vez más angosta, y sale de improviso a otro lugar menos apretado y tenebroso, donde puede andar más desahogadamente, pero no todavía con el respiro y la claridad que necesita.
 Aunque terminado el asedio, no podíamos entregarnos a la tranquilidad y el descuido. Se había firmado un convenio por el que se garantizaba nuestra libertad y nuestras vidas; pero nos hallábamos entre fuerzas irregulares muy lastimadas por nosotros, en las que debíamos de tener irreconciliables enemigos, donde formaban algunos villanos desertores, gente de la que todo era de temer a la primera oportunidad, y teníamos que vivir muy alerta. Por de pronto, y en previsión de que lo del fusilamiento pudiese motivar alguna violencia, pedí a Vigil que me certificase la defunción de González Toca y Menache, como víctimas de la disentería en dos fechas distintas, encargando a mis soldados que aseverasen esto mismo hasta encontrarnos con seguridad entre los nuestros.
 Para evitar la pérdida de 223 pesos con 50 centavos que teníamos de la Comandancia Militar, y de cuya existencia podían tener conocimiento los insurrectos, pues habían cogido la documentación correspondiente, firmé un resguardo con la data muy atrasada, suponiendo que los había recibido para el abono de los socorros a la tropa, y no descuidando tampoco la responsabilidad que pudiera caber a Las Morenas, si al ajustar sus cuentas suponía la Administración española que había percibido la recaudación de las cédulas personales, rogué que se me diesen las oportunas relaciones de lo cobrado en los tres últimos meses que tuvo a su cargo la referida Comandancia, solicitud a la que asintieron desde Lugo, facilitándome además una copia del resumen de las cédulas, sellos y papel sellado vendido, efectos con cuyo sobrante se quedaron.
 Las cosas, por tanto, no parecían ir mal orientadas. Comisionado el presidente local, Antero Amatorio, para que se hiciese cargo de una porción de legajos, también de la Comandancia, que al encerrarnos se trasladaron a la iglesia y de todo cuanto había en esta última, cumplió su encargo con las mayores atenciones. El tal presidente, que sustituía bajo las autoridades tagalas al que nosotros llamábamos Capitán municipal o gobernadorcillo, dio también orden a los vecinos de Baler que se hallaban en las sementeras más cercanas para que acudiesen con víveres y, sin alteración de los precios ordinarios, nos vendieran lo que pidiésemos. Nadie a primera vista nos manifestaba odio ninguno. Por el contrario, las fuerzas del sitio y los habitantes del pueblo nos felicitaban por el tesón con que habíamos resistido, asegurando que todos ellos hubieran hecho lo propio y que habíamos cumplido con nuestro deber. Se afanaban por vernos y nos contemplaban con asombro, pudiendo asegurarse que fueron muy pocos los que dejaron de ir a la iglesia para saludarnos y admirar la forma en que nos habíamos atrincherado.
 Comparando aquella demostración de simpatías con la villana conducta que luego se hubo de observar con nosotros, bien puede suponerse que tanto agrado y tan afectuosas demostraciones fueron sólo debidas a la impresión que produjimos. ¿Cuál nos verían que, aun los mismos cuyas viviendas habíamos quemado, no hallaron más que frases de ánimo y de conmiseración para nosotros?
 Por eso duró poco el efecto, y pasados los primeros momentos, dieron ya laborar, contra mí sobre todo, los miserables que dejaron de compartir aquella lástima. No tardó, pues, en llegar a mi noticia que uno de los oficiales de la columna sitiadora, Gregorio Expósito, desertor español que había servido como sargento en el regimiento de Infantería núm. 70, puesto de acuerdo con Alcaide Bayona, se dedicaban a recabar de mis soldados que se fuesen al Teniente coronel insurrecto para querellarse de que yo les había tenido muertos de hambre, obligándoles contra su voluntad a la defensa y despreciando sus ruegos, suplicándome por Dios que capitulase a todo trance. A esta cizaña mezclaban torpemente ciertas halagüeñas proposiciones y el anuncio de graves peligros, si no me abandonaban. Alcaide les decía: “El Teniente Martín ha quemado los fusiles y no sabe que le van a quemar a él los huesos”.
  No me sorprendió la noticia, porque desde luego había supuesto que sobre mí vendrían todas las iras y los rencores enemigos. Lógico era también que los más interesados en perderme fuesen aquellos mismos traidores que se habían unido a los enemigos de su Patria. Mi muerte no podía menos de convenirles bajo muchos conceptos, y por este motivo tampoco me debía extrañar ninguna de sus criminales tentativas, ninguno de sus golpes. Entre los insurrectos se hallaba un soldado, natural de Canarias, que, habiendo caído prisionero, fue destinado como asistente a las órdenes del Teniente Coronel del Estado Mayor D. Celso Mayor Núñez, Capitán desertor de nuestra Infantería. Este señor había ido a Baler con buena provisión de cartuchos de dinamita para volar la iglesia, pero, no consiguiéndolo, tuvo que retirarse con las ganas de hacerlo y dejándose al asistente, que hubo de caer enfermo. Yo tenía en el destacamento dos individuos, uno como asistente mío, procedentes de Canarias también, y en cuanto depusimos las armas, aquél se unió a ellos con la fraternal amistad que acerca en países lejanos a los que han nacido en la misma región o provincia.
 -Tenga usted mucho cuidado, mi Teniente –me dijo el buen muchacho-, porque un día he sorprendido al Teniente Coronel hablando con el Comandante, y decían que, si llegaba usted a capitular, sería muerto en el camino para quitarle unos cuantos miles de pesos que, según dice Alcaide, tiene usted en su poder, y muchas alhajas. Tampoco debe usted fiarse de su antiguo asistente, Felipe Herrero López, que no le quiere bien y, con muy buenas palabras, tiene muy malas intenciones.
 Influido por estas noticias y el justificado recelo que ya me desvelaba, pueden colegirse los ánimos con que yo saldría de Baler el día 7 de junio por la tarde. Acompañábame todo el destacamento y nos daban escolta las fuerzas sitiadoras. Los jefes de estas últimas habían tenido conmigo deferencias; mi tropa, sin embargo de los buenos oficios de Alcaide y su colega, me había demostrado lealtad y cariño; pero el camino era muy largo y solitario, las dificultades a vencer numerosas, y muchas las ocasiones de un tropiezo. Mis ojos, siempre vigilantes, y mi oído en acecho, no me dejaban duda, por visibles indicios, de que algo se iba tramando contra nosotros.
 Aquella noche pernoctamos en San José de Casignán y al otro día franqueamos los Caraballos, pasando un río setenta y dos veces: tal era la madeja que trazaba en su curso, verdaderamente inextricable; y por cierto que, al vadearlo, se hubo de hacer en grupos, porque a los individuos sueltos los arrastraba la corriente. Llegamos por la tarde a un barrio llamado Mariquí, permaneciendo allí hasta la siguiente mañana, en que salimos para Pantabangán, adonde llegamos temprano, alojándose mis soldados en la iglesia.
Resultado de imagen de la perdida de filipinas saturnino martin El Médico y yo nos acomodamos en una de las mejores casas del pueblo, que tuvieron la dignidad de reservarnos. Parecía un hotelito, con un jardín y su verjita de madera. Como había el propósito de que nos reparásemos allí dos o tres días, tuvieron además la notable deferencia de poner a nuestro servicio un muchachito que se había criado en casa del cura y chapurreaba el castellano. Todo esto, en realidad, era muy digno de agradecerse y estimarse; pero, como pronto advertimos, no tenía más objeto que allanar el terreno para la informalidad que proyectaban.
 Debo decir, sin embargo, que, a pesar de mis recelos, no suponía yo que salieran por el registro que salieron. Cualquier maltrato no me hubiera sorprendido; aquello, sí, porque no me lo esperaba. Sucedió, pues, que al día siguiente, los jefes insurrectos le indicaron a Vigil, para que me lo hiciera saber, la necesidad y conveniencia de modificar la regla tercera del Acta de capitulación, haciendo constar en ella que, si no quedábamos como prisioneros de guerra, era en consideración a que había cesado la soberanía española en Filipinas. Imagínese lo que me indignaría el subterfugio. Después de haberme ofrecido espontáneamente que se nos dejarían las armas y de haberlo yo renunciado; tras de pactar nuestra libertad sin discusiones, como ganada por la tenacidad en la defensa, querían ahora rectificar nuestro convenio, dando por derivado lo que debía considerarse como premio. Esto era un atropello, y así lo dije al Teniente Coronel y Comandante, cuando nos avistamos. Arguyéronme que se hacía necesario para evitar los reparos que seguramente opondría su Gobierno, y conducirnos sin detenciones a Manila. Contesté, duplicaron, y acabé por acalorarme de tal modo, que tiré al suelo el acta, gritándoles que se aprovechaban de la fuerza. Luego de rehacerla, me la enviaron a firmar y me quedé con una copia.
 Es de notar que durante todo el viaje no habían cesado de recibir despachos de Aguinaldo, recomendando que se nos facilitara cuanto necesitásemos, guardándonos las mayores consideraciones; “porque el enemigo, cuanto más valeroso –frase textual- más digno es de respeto; y que por todos los medios posibles se vigilase nuestra seguridad, de la que serían responsables los que nos acompañaban”. ¡Pero ya estaba buena la subordinación de aquella gente!
 El 11 por la tarde nos invitó el Comandante a dar un paseo; salimos Vigil y yo acompañándole, y al llegar a un sitio donde había tres o cuatro caballos, nos dijo:
 -Aquí tienen ustedes sus caballos para mañana, pues vamos a continuar a Bongabón.
 Hablamos de otras cosas indiferentes, y al caer el día, nos retiramos a nuestro alojamiento, bien ajenos de lo que pocas horas después había de ocurrirnos.
 A los jefes insurrectos les daba todas las noches serenata la música del pueblo, durando el jolgorio hasta la madrugada. Molesto con el ruido, me levanté aquella noche; cerca ya de las doce, no pudiendo estar acostado, me dio la ocurrencia de asomarme a una ventana. Reparando estaba lo solitario de la calle, obscura y silenciosa, cuando advertí que, del sitio donde tocaba la música, llegaba un individuo que me pareció Herrero López y traía la dirección de nuestra casa.
 Para entrar en ella había que dar la vuelta, y viendo que así lo hacía el inesperado visitante, dije para mi sayo: “Veremos qué trae éste”. […] De pronto noto que encienden luz en las habitaciones que ocupaba Vigil con dos o tres soldados que teníamos de ordenanzas, percibo rumor de lucha, disparos, golpes, y advierto que saltan por las ventanas a la calle.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Dastin, 2002, en edición de Juan Batista González, pp.149-154. ISBN: 84-492-0243-4.]
                             

sábado, 9 de marzo de 2019

La vida nueva.- Gustavo Martín Garzo (1948)


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«En el colegio me dio por correr. Me entrenaba incansablemente, siempre que tenía un ratito de tiempo. Ponía tal pasión, tal ímpetu, que pronto empecé a destacar. No sentía cansancio, podía correr durante horas sin llegar a experimentar fatiga. Me sentía bien mientras lo hacía. Las largas zancadas sobre la arena, la tensión de los músculos, el viento golpeándome el rostro. La sensación de avanzar, de hacerlo como si no me dirigiera a ningún sitio definido, sin necesidad de saber lo que andaba buscando. Empecé a participar en competiciones, a destacar claramente del resto. Tampoco había mucha competencia y en aquel país de tuertos que eran entonces el deporte femenino fui pronto una de las mejores. Ganaba con facilidad y empecé a acumular éxitos. Llegaron a pensar en mí para una competición internacional. Habría tenido que viajar a otros países, medirme con las corredoras de allí. Pero la tía me lo prohibió. No consideraba que aquello fuera propio de una muchacha, y corría riesgos impredecibles. Había oído decir que el deporte excesivo podía llegar a ser causa de esterilidad. Traté de rebelarme, pero no dio su brazo a torcer. Es más, ante la insistencia de las monjas, me sacó del colegio y me hizo volver a casa. Era a mediados de curso y como no sabía qué hacer conmigo me mandó con don Ernesto. Se daba una circunstancia especial. Le acababan de operar de los ojos y aún convalecía de su enfermedad. No podía leer, apenas podía valerse por su cuenta, y necesitaba a alguien de confianza que le ayudara hasta que ese momento llegara. No me importó, porque el ambiente en casa era irrespirable. Olga ya había vuelto, después del fracaso de su matrimonio. Comía más que nunca, y no podía hablarse con ella de nada. José y Angelines se habían casado y vivían en sus respectivos hogares y Fernando había muerto hacía dos años. No eran unas perspectivas muy halagüeñas y acepté con gusto la propuesta de la tía. Recuerdo sin embargo que al regresar a aquella casa después de varios meses de ausencia tuve un sentimiento casi de triunfo. No me sentía responsable de lo que había sucedido, y en cierta forma hasta me sentía dichosa por no tener que cargar con la culpa de un mundo oscurecido por otros, por poder recorrer de nuevo aquel pasillo de mis temores infantiles en un silencio casi inocente.
 Don Ernesto era amigo de la familia. Era notario y desde la muerte del tío nos ayudaba a administrar los escasos bienes que éste nos había dejado. Era un hombre afable y culto que, desde su jubilación, vivía encerrado en su casa, sin apenas salir. Una de mis funciones era leerle en alto. Tenía sus preferencias. Sobre todo El mundo como voluntad y representación, que era un libro escrito por un filósofo alemán que se llamaba Arturo Schopenhauer. Una y otra vez tenía que leerle ese libro, que prácticamente conocía de memoria. Según don Ernesto toda la verdad de la vida, que se relacionaba siempre con la búsqueda de la disminución del dolor, estaba contenida en sus páginas, que eran ciertamente muy hermosas y que yo le leía un día tras otro sin llegar a entenderlas del todo.
 Un día estaba limpiando su despacho y me fijé en su fichero. Don Ernesto había sido el notario de la casa y yo recordé los días en que el tío murió inesperadamente, de un ataque al corazón. Me fueron a buscar al colegio en un taxi, y como no tenían preparada ropa de luto me dejaron con el uniforme. Recuerdo que el tío estaba sobre la cama, y que no me pareció muerto, sino infinitamente abstraído. Como si de pronto se hubiera desentendido de todos los asuntos que le ocupaban hasta entonces, y permaneciera concentrado en otros pensamientos, que nosotros nunca alcanzaríamos a conocer. Tal vez por eso, y aun después del entierro, no podía creer en su muerte, al menos como algo definitivo, algo que le fuera a apartar para siempre de nuestro lado. Hasta llegué a pensar que en cualquier momento podía volver a aparecer. Sobre todo cuando estaba acostada y sentía crujir la tarima del pasillo. Me parecía que estaba a punto de empujar la puerta de mi habitación para entregarme otra de aquellas monedas.
 Una de esas tardes don Ernesto vino a casa. Se encerró con la tía en el cuarto y les oí discutir. Don Ernesto salió al poco rato con la cara desencajada y al verme en el pasillo se arrodilló ante mí y me apretó muy fuerte contra su pecho, para levantarse al instante y salir a la calle visiblemente emocionado. Siempre me había preguntado por el significado de aquella escena, que en esos instantes volvió nítida a mi memoria. Busqué en el fichero, hasta encontrar la carpeta con los viejos documentos. Había una copia del testamento, y la estuve leyendo con atención. Me extrañó que faltaran dos hojas, dos hojas que habían sido arrancadas una vez compuesto el cuadernillo pues aún se veían entre las otras los restos del papel.
 No mencioné el tema, pero Uve Doble, que venía a trabajar por las mañanas, me preguntó si había andado en el archivo. Yo lo negué todo, pero él estaba muy nervioso y al día siguiente lo había cerrado con llave. Una sospecha empezó a crecer en mi pensamiento. Algo que se relacionaba con el testamento, que tenía que ver con aquella remota conversación. Tal vez el tío me mencionaba en alguna de sus páginas y la tía se las había arreglado para hacérselas arrancar a don Ernesto. Esta interpretación que parecía tan descabellada tenía una ventaja. Explicaba la escena del pasillo, cuando don Ernesto se arrodilló ante mí y, en cierta forma, tanto su generosidad posterior como la del propio Uve Doble, que parecía seguir en esto las consignas de su padre, y que, a pesar de la clara antipatía que nos profesábamos, siempre se portó conmigo como el más conspicuo de los caballeros.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1997. ISBN: 84-226-6456-9.]

sábado, 3 de marzo de 2018

Retahílas.- Carmen Martín Gaite (1925-2000)


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 E. Tres

«-Qué pregunta, hombre. Pues claro que lo noto. ¿Crees que iba a hablar así si tú no me escucharas como lo estás haciendo? Dicen que hablando se inventa, que hay gente a la que hablando se le calienta la boca, hablar es inventar, naturalmente que se le calienta a uno la boca, lo pide el que escucha, si sabe escuchar bien, te lo pide, quiere cuentos contados con esmero; los niños más que nadie porque son los más sanos y no confrontan luego cuento con realidad, les vale como salió, como se lo has contado y solamente así, lo dejan acuñado en aquella versión para siempre jamás. Al hablar perfilamos, claro que sí, inventamos lo que antes no existía, lo que era puro magma sin encarnar, verbo sin hacerse carne, lo que tenía mil formas posibles y al hablar se cuaja y se aglutina en una sola y única, en la que va tomando; poder hablar, Germán, es una maravilla, tan fácil, además, sacas de donde hay siempre, de lo que nunca falla, eliges sin notarlo una combinación, sin pararte a pensar ni por lo más remoto "sujeto, verbo, predicado", no se te plantea, eso se queda para cuando escribes; por costumbre que tengas de escribir, aunque sea una carta sin pretensión de estilo, es otro cantar, qué van a salir las cosas como cuando hablas, hay una tensión frente al idioma, no se puede ni comparar. Y el discurso mental, cuando piensas a solas, también es diferente porque entonces no existen propiamente palabras o están como en sordina, fantasmas agazapados en un cuarto oscuro; algunos dicen que según piensan van hablando ellos para sí, pero yo no lo creo, te digo la verdad, de las palabras que no suenan no me fío ni un pelo, a no ser esas veces que piensas en voz alta de puro acalorarte, en ese caso, bueno, cuando te figuras delante de ti a una persona ausente a quien te pide el cuerpo implorar o reñir o convencer de algo y el deseo de verla te la convoca enfrente y te suelta la lengua, pero sin ese esfuerzo de figurarte la cara de otro que te escucha, las palabras no nacen, nada las espabila ni las dibuja, puro montón inerte de reserva, y mientras la lengua se quede quieta, pegadita al paladar, ¿qué se saca en limpio?, nada. Hablar es lo único que vale la pena, tenía razón tu amigo anoche, qué prodigio, si bien se mira, y no sé por qué no se mira bien, nos consolaría de todos los males; yo te aseguro que algunas veces me quedo pasmada y pienso: "Pero, ¿cómo no nos chocará más lo fácil y lo divertido que es hablar, un juguete que siempre sirve y nunca se estropea?", claro que si nos chocara, adiós naturalidad, las palabras sentirían el estorbo enseguida, se espantarían como las mariposas cuando notan que alguien está al acecho para cogerlas; no sé, ya no podría ser, no surgirían a sus anchas así en fila como salen, sin sentir, que es que no se agotan y parece que no les cuesta trabajo, hay que darse cuenta, empiezas y ¡hala!, tiradas enteritas, retahílas de palabras, mira si no esta noche, sin tener que ir más lejos a buscar el ejemplo, fíjate el esfuerzo que supondría escribir esto mismo que ahora te voy diciendo, qué pereza ponerse y las vacilaciones y si será correcto así o mejor será de esta otra manera, si habrá repeticiones, si las comas, para sacar un folio o folio y medio hay veces que sudamos tinta china, y en cambio así, nada, basta con que un amigo te pida "cuéntame" para que salga todo de un tirón. ¿Que por dónde se empieza?, pues por donde sea, no miras si es un verbo o una exclamación lo que sale primero, ni el que te oye tampoco lo mira, pero entiende y tú lo sabes que te está entendiendo, lo notas en que se ríe, en que te mira, en que te sigue prestando atención; no necesitas estarle preguntando a cada momento que si te entiende, te basta con que esté allí y te atienda, lo que decía anoche la abuela tocándome los dedos: "¿estás ahí, verdad? No te vayas", y a ti Pablo lo mismo cuando estabais hablando en la playa, eso es lo fundamental, que no se te vaya el interlocutor, que no se te duerma, basta con eso. Ya ves lo charlatana que me he vuelto esta noche, pues la causa eres tú, me puedo pasar meses, ya ves, aunque te extrañe, sin desplegar los labios más que para tratar cuestiones prácticas, todo esto de hoy podía haberme muerto sin contárselo a nadie y -es más- sin que llegara a cobrar existencia para mí porque ni por las mientes se me estarían pasando semejantes retahílas con el orden que llevan si no estuvieras tú que me las vas guiando, y ese orden es su vida, su razón de existir; nunca lo había pensado, pero ahora lo veo clarísimo: las historias son su sucesión misma, su encenderse y surgir por un orden irrepetible, el que les va marcando el interlocutor, aunque no interrumpa, es según te mira, ahora las desvía por aquí, ahora por allá, a base de mirada, y nunca dan igual unos ojos que otros; el que oye, sí, ése es quien cataliza las historias, basta con que sepa escuchar bien, se tejen entre los dos, "dame hilo toma hilo", me ha hecho mucha gracia eso que le decías tú anoche a Pablo en la borrachera, lo has contado muy bien. Y cada mirada incuba una historia.
 A mí hoy me hacías falta tú, precisamente tú, menos mal que has venido. Sobre todo porque si no llegas a venir no me habría dado cuenta de la falta que me estabas haciendo, habría perdido la noche en dormir sin saberlo, le habría dicho a Juana: "tengo sueño, avísame si pasa algo" y punto final, habría echado el cierre, estaría tumbada en este sofá viendo paisajes sin huella, desfiladeros oscuros, habría delegado en Juana. Abdicar en ella siempre nos ha resultado cómodo, se sabe que está ahí, que no se mueve, yo creo que ni duerme, que no hace más que perdurar, esperar con los ojos bien abiertos algo que nunca llega y que ella misma no sabe lo que es, tal vez el cataclismo que hunda esta casa definitivamente y la sepulte a ella con las ruinas y sin embargo hay algo todavía que te impide decir "Juana vegeta, es un fósil, un sarmiento", y ese algo son los ojos por donde se le sale todo lo que no ha dicho de veinte años acá, los ojos la traicionan, gritan por ella, aún tienen la carga de sollozos infantiles, de luces de cohetes mientras ella bailaba, de miradas de fuego y de deseo, de aquella rebeldía que le asomaba a veces, todo eso contenido, pasado por el tiempo, ahumado, concentrado, qué mirar se le ha puesto, no es cosa de este mundo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino. ISBN: 84-233-0995-9.]
 

martes, 6 de septiembre de 2016

"El castillo de las tres murallas".- Carmen Martín Gaite (1925-2000)

 
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 "-¿Y tú crees que a Serena le gustaría viajar?
 -Yo creo que sí. Pero se lo deberías preguntar a ella y así lo sabrías seguro.
 Lucandro se quedó con el gesto fruncido.
 -No -dijo-. Yo creo que no le gustaría. Así que no se lo voy a preguntar.
 Le parecía que era un capricho tonto, caso de que lo tuviera. Y, además, salir de viaje significaría dejar el castillo expuesto a un posible asalto de los ladrones. Cuando Lucandro decía "ladrones" pensaba siempre en aquellos rostros curtidos y serios de los campesinos de Belfondo, que apenas se alzaban al verlo pasar a caballo. Tampoco él se atrevía nunca a mirarlos a la cara. Sentía una amenaza en su actitud reservada, como de animales al acecho. Tituc le había venido con el cuento de que querían tierras mejores y de que andaban algo agitados. Cuanto mejor se les trataba, más pedían. Le envidiaban porque era rico. Y, por lo visto, estaban pasando mucha hambre porque la cosecha había sido muy mala.
 -Pues ocúpate de ellos un poco más -le aconsejó Cambof-. Baja al pueblo a hablar con ellos. Nunca lo haces y eso debe ser lo que los tiene descontentos.
 -Total -se enfadó Lucandro-, que he venido a que me resuelvas un problema y me sales con otro.
 Cambof le miró muy serio, moviendo la cabeza.
 -Tu único problema, Lucandro, es que tienes el alma encogida -le dijo-. Quiere crecer y no la dejas. Quiere gritar y le tapas la boca. Quiere volar y le atas las alas. Ni yo ni nadie te podemos ayudar a ensanchar el alma. Sólo tú, desde dentro, lo puedes hacer. Pero no quieres. A tu alma la tratas peor que a tus vasallos.
 Lucandro no llevó de viaje a Serena, aunque procuró dedicarle más tiempo y más atención. Pero a ella no pareció gustarle que estuviera pendiente de sus movimientos y de sus humores. Y es que notaba que no lo hacía por cariño sino por una especie de penitencia que se había impuesto. La atosigaba a preguntas sin sacar nada en limpio más que impacientarse. ¿Qué quería Serena en realidad?
 -Nada -le dijo ella un día-. Que no me hagas tantas preguntas. Cuando no me preguntas nada, es cuando me encuentro mejor.
 Lucandro se quedó bastante aliviado.
 -De acuerdo -le dijo-, pero cuando quieras algo, prométeme que me lo pedirás.
 -Te lo prometo -contestó ella.
 Poco tiempo después, Serena quedó encinta y le pidió a Lucandro que le dejara poner una cama en su cuarto de costura y dormir allí. Lucandro accedió y le dio a elegir entre todas las camas que había en el castillo. A ella le gustó una  de madera de cerezo que tenía incrustado en la cabecera un pavo real en colores tornasolados. Se la subieron al cuarto de costura y se la pusieron arrimada al balcón. Serena se pasaba las tardes echada allí, mirando al campo, sin hablar con nadie.
 En aquella cama, una tarde de diciembre, Serena dio a luz una niña. Poco después empezó a nevar y ella cerró los ojos. Sabía que tenía que pedir algo para su hija porque no se había presentado ningún hada de las que se presentan, en los cuentos, a formular sus deseos junto a la cuna del recién nacido.
 -Que entienda sus sueños mejor que yo entiendo los míos -les pidió con los ojos cerrados a los copos de nieve-. Y que los pueda seguir siempre.
 La niña tenía la piel muy blanca y el pelo y los ojos muy negros. Le pusieron de nombre Altalé".