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lunes, 22 de junio de 2020

Los mitos de Cthulhu.- Howard Phillips Lovecraft (1890-1937) y otros

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Libro segundo: Los mitos
En la noche de los tiempos

  «La cosa me ocurrió a eso de las diez y veinte de la mañana, mientras dictaba una clase de historia y tendencias actuales de la economía política ante numerosos alumnos de tercer año y unos pocos de segundo. Empecé por ver extrañas formas danzantes y a sentir que me encontraba en una habitación desconocida que no era el aula de la Universidad.
 Mis pensamientos y discurso se desviaron del tema, y los estudiantes comprendieron que algo grave me ocurría. Entonces, sentado donde estaba, me sumí en un estupor del que nadie podría sacarme. Pasaron cinco años, cuatro meses y trece días, antes de recobrar el uso de mis facultades.
 Lo que voy a relatar a continuación, como es natural, lo he sabido a través de otras personas. Permanecí en un coma profundo por espacio de dieciséis horas y media, a pesar de ser trasladado a mi casa, Crane Street, 27, y de prestárseme una magnífica asistencia médica.
 A las tres de la madrugada del día 15 de mayo, abrí los ojos y comencé a hablar; pero el médico y mi familia no tardaron en alarmarse vivamente por el cambio de mi expresión y de mi lenguaje. Estaba claro que yo no recordaba mi identidad ni mi pasado, aunque, por alguna razón, parecía como si yo pretendiera ocultar esta inmensa laguna de mi memoria. Mi mirada expresaba extrañeza al contemplar a las personas que me rodeaban y mis músculos faciales ejecutaban gestos desconocidos por completo.
 Incluso mi habla parecía torpe y extraña. Empleaba mis órganos vocales de modo torpe y vacilante y mi dicción tenía un tono curioso como si pronunciase trabajosamente un idioma aprendido en los libros. Mi acento era bárbaro, como el de un extranjero, y mi lenguaje abundaba en arcaísmos y expresiones gramaticalmente incomprensibles.
 Unos veinte años después, el más joven de los médicos tuvo ocasión de recordar, impresionado y hasta con cierto horror, una de aquellas extrañas frases mías. Pues últimamente la misma frase que entonces pronuncié ha comenzado a ponerse de moda, primero en Inglaterra y luego en Estados Unidos. A pesar de tratarse de una expresión rebuscada e indiscutiblemente nueva, reproduce hasta en sus más nimios pormenores las mismas palabras del extraño paciente que fui en 1908.
 Después del ataque no tardé en recobrar la fuerza física, aunque hube de necesitar numerosas sesiones de reeducación antes de lograr emplear coordinadamente mis manos, piernas y aparato locomotor en general. A causa de éste y otros obstáculos inherentes a mi cuadro amnésico, estuve sometido durante largo tiempo a rigurosos cuidados médicos.
 Cuando observé que habían fracasado mis intentos por ocultar la falta de memoria, lo admití abiertamente y me mostré ansioso de recibir toda clase de información. En efecto, los médicos pudieron comprobar que yo llegué a perder todo interés por mi propia persona tan pronto como me di cuenta de que el caso de amnesia era aceptado como cosa natural.
 Observaron que mi máximo interés se orientaba hacia determinadas cuestiones de la historia, de la ciencia, del arte, del lenguaje y de las tradiciones populares -algunas tremendamente oscuras y otras de una simpleza pueril- que, en la mayoría de los casos, yo desconocía por completo.
 Al mismo tiempo, observaron que poseía ciertos conocimientos asombrosos, muchos de ellos casi ignorados por la ciencia. Pero, al parecer, yo trataba de ocultarlos, en vez de exhibirlos. En ocasiones aludía, inadvertidamente y con seguridad inusitada, a acontecimientos ocurridos  en edades oscuras, muy anteriores a todos los ciclos aceptados por la historia. Pero al ver la sorpresa que producían, trataba de hacer pasar mis alusiones por una broma. Y mi manera de referirme al futuro causó pavor más de una vez.
LOS MITOS DE CTHULHU: NARRACIONES DE HORROR COSMICO | H.P. ... Pronto dejé de manifestar esos misteriosos destellos de asombroso saber. Algunos observadores los atribuyeron a una hipócrita reserva por mi parte, más que a una disminución de los excepcionales conocimientos que se vislumbraban tras de mis palabras. Por otra parte, se mantenía mi desmesurada avidez por asimilar la lengua, las costumbres y las perspectivas del mundo en el futuro. Era como si yo fuese un investigador, venido de tierras remotas y extrañas. […]
 En ningún momento perdí contacto con sabios y eruditos, aprovechando que mi caso gozaba de alguna celebridad entre los psicólogos de aquel tiempo. En varias conferencias fui presentado como un caso típico de desdoblamiento de la personalidad, a pesar de que, de vez en cuando, sorprendía a los conferenciantes con algunos síntomas inexplicables o con cierta sombra de ironía cuidadosamente velada.
 No obstante, casi nadie me demostró simpatía o afecto. Había algo en mi aspecto y en mi manera de hablar, que suscitaba temor y aversión en aquellos con quienes me relacionaba. Era como si yo fuese un ser infinitamente alejado de todo lo equilibrado y normal. Mi presencia les producía una vaga sensación que les hacía pensar en abismos incalculables de distancia.
 Ni siquiera mi propia familia constituía una excepción. Desde el momento en que me recobré del colapso, mi mujer me miró con extremada aversión y horror, jurando que yo era un desconocido que usurpaba el cuerpo de su marido. En 1910, obtuvo el divorcio judicial, y no consintió en verme ni aun después de haber vuelto a la normalidad, en 1913. Estos sentimientos eran compartidos por mi hijo mayor y mi hija pequeña; desde entonces, no he vuelto a ver a ninguno de ellos.
 Sólo mi hijo segundo, Wingate, fue capaz de vencer el terror y la repugnancia que mi cambio despertaba. Se daba cuenta, indudablemente, de que yo era un extraño. Pero, aunque tenía ocho años de edad mantuvo la firme confianza de que al fin recobraría mi propia identidad. Cuando esto sucedió, vino a buscarme y los tribunales me confiaron su custodia. Durante los años subsiguientes, me ayudó en los estudios que emprendí y, hoy, con sus treinta y cinco años, es profesor de psicología de la Universidad de Miskatonic.
 Pero, en verdad, no me sorprende el horror que provocaba en los demás. Efectivamente, el espíritu, la voz y la expresión del semblante del ser que despertó el 15 de mayo de 1908, no eran de Nathaniel Wingate Peaslee.
 No pretendo extenderme hablando de mi vida entre 1908 y 1913, ya que los lectores pueden averiguar los pormenores de mi caso consultando -como he tenido que hacer yo mismo- las columnas de periódicos y revistas científicas de esa época. […]
 En ocasiones se llegó a rumorear que yo poseía el poder de influir sobre el pensamiento y la voluntad de los demás, aunque por lo visto, procuraba yo disimular esa facultad.
 También se habló de mis relaciones con los dirigentes de diversas sectas ocultistas y con eruditos sospechosos de mantener dudosos contactos con los hierofantes de cultos abominables tan antiguos como el mundo. Estos rumores, cuyo fundamento no se pudo demostrar entonces, se veían alentados por la conocida temática de mis lecturas, puesto que en la bibliotecas no se pueden consultar libros raros sin que trascienda el secreto.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2017, en traducción de Francisco Torres Oliver y Rafael Llopis. ISBN: 978-84-206-4334-2.]

martes, 5 de enero de 2016

"La habitación cerrada y otros relatos".- H.P. Lovecraft (1890-1937) y August Derleth (1909-1971)


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 El superviviente

 "La suma total del credo del doctor Charriere tenía como resultado la poderosa e hipotética convicción de que el ser humano podía, por medio de operaciones y otras prácticas tan extrañas como macabras, obtener algo de la longevidad característica de los saurios; que a la vida de un hombre se le podía añadir tanto como siglo y medio, o quizá dos siglos. Al finalizar ese período, el individuo se retiraba a algún lugar húmedo para dejarse caer en un estado de semi-inconsciencia, que venía a ser una especie de gestación, hasta el momento en que se despertaba, con ciertas alteraciones en su aspecto y comenzaba otra larga vida. Dados los cambios fisiológicos que sufría durante aquellos períodos de gestación, el individuo se adaptaba a un modelo de existencia distinto en cada una de sus vidas. Para justificar esta teoría, el doctor Charriere se había apoyado únicamente en un gran número de leyendas, algunos datos de naturaleza similar, y relatos especulativos de curiosas mutaciones humanas que se habían dado en los últimos doscientos noventa y un años. Esa cifra cobró un significado mayor para mí cuando caí en la cuenta de que ése era justo el tiempo que había transcurrido desde la fecha de nacimiento del primer doctor Charriere hasta el día de la muerte del otro cirujano. No obstante, en todo ese material no había nada que sugiriera un procedimiento concreto de tipo científico, con pruebas aducibles. Sólo se daban indicios y vagas sugerencias, quizás suficientes para llenar de horribles dudas y de un convencimiento espantoso y a medio cuajar a un lector fortuito, pero que no podían llegar a satisfacer el rigor de cualquier hombre de ciencia.
 ¿Hasta qué punto habría podido seguir profundizando en la investigación del doctor Charriere? Lo ignoro.
 Quizás habría ido mucho más lejos si no hubiera ocurrido aquello que me hizo gritar de horror y huir de la casa de Benefit Street, dejando que ella y su contenido siguiesen esperando al superviviente que, ahora sí lo sé, no se presentará nunca. Ahora ya no tiene remedio; la casa es propiedad municipal y será destruida.
 Estaba examinando estos "hallazgos" del doctor Charriere, cuando me di cuenta, con eso que la gente llama el "sexto sentido", de que estaba siendo observado detenidamente. No queriendo volverme, hice lo siguiente: abrí mi reloj de bolsillo y colocándolo delante de mí utilicé el pulido y brillante interior del estuche a modo de espejo, para que en él se reflejaran las ventanas que estaban a mis espaldas. Y vi ahí, reflejada difusamente, la más horrible caricatura que pueda imaginarse de un rostro humano. Me dejó tan estupefacto que, sin pensarlo, volví la cabeza para observarlo directamente. Pero no había nada en la ventana, excepto la sombra de un movimiento. Me levanté, apagué la luz y me acerqué a la ventana. Una silueta alta, curiosamente encorvada que, medio agachada y arrastrando los pies, se dirigía hacia la oscuridad del jardín: ¿fue realmente eso lo que vi? Creo que sí. Pero no estaba tan loco como para perseguirle. Quienquiera que fuese, vendría otra vez, como había venido la noche anterior.
 De modo que, mientras esperaba, me puse a sopesar las distintas explicaciones que me venían a la mente. Impresionado aún por mi visitante nocturno, confieso que coloqué, encabezando la lista de sospechosos, a los vecinos que se oponían a que la casa Charriere siguiese en pie. Posiblemente pretendían asustarme para que me marchara, pues ignoraban que mi estancia en la casa iba a ser tan breve. Cabía pensar también en la posibilidad de que hubiese algo en el estudio que deseaban obtener. Pero esa eventualidad no me pareció muy convincente, porque si tal era su intención, habían tenido tiempo de sobra para conseguirlo durante el largo período  en que la casa estuvo deshabitada. lo cierto es que en ningún momento se me ocurrió pensar en la verdadera explicación de los hechos".