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lunes, 18 de mayo de 2020

Las ratas.- Miguel Delibes (1920-2010)

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9

   «Por San Jonás, doña Resu mandó llamar al Nini:
 -Pasa, pequeño -le dijo-. La perra déjala.
 El niño la miró serenamente y dijo con aplomo:
 -Si ella no entra, yo tampoco doña Resu, ya lo sabe.
 -Está bien. Entonces, hablaremos en el corral.
 Pero se quedaron en el zaguán, sentados en una vieja arca de nogal tan alta, que los pies del Nini no alcanzaban el suelo. El Undécimo Mandamiento utilizaba esa tarde con él unos modales melifluos y reprimidos:
 -Dime hijo, ¿por qué andas siempre tan solo?
 -No ando solo, doña Resu.
 -¿Con quién, entonces?
 -Con la perra.
 -¡Alma de Dios! ¿Es alguien un animal?
 El Nini la miró sorprendido y no respondió. Prosiguió doña Resu:
 -¿Y la escuela? ¿Por qué no vas a la escuela, Nini?
 -¿Para qué?
 -Mira qué preguntas. Para aprender.
 -¿Se aprende en la escuela?
 -¡Qué cosas! En la escuela se educa a los pequeños para que el día de mañana puedan ser unos hombres de provecho.
 Sonrió doña Resu al observar el desconcierto del niño y añadió:
 -Escúchame. Los ignorantes del pueblo y los perdidos de los extremeños te dirán que sabes muchas cosas, pero tú no hagas caso. Si ellos no saben nada de nada, ¿cómo saben si sabes tú?
 Se miraron uno a otro en silencio y doña Resu, para no perder su ventaja inicial, añadió al fin:
 -¿Sabes acaso, pequeño, lo que es la longanimidad?
 El niño la miraba perplejo, con el mismo estupor con el que dos tardes antes mirara al Rosalino cuando le pidió desde lo alto del Fordson que diese un golpecito al carburador porque la máquina rateaba. Como el Nini no se inmutara, Rosalino le preguntó: "¿No sabes, acaso, dónde anda el carburador?" Finalmente el niño se encogió de hombros y dijo: "De eso no sé, señor Rosalino, eso es inventado".
 Doña Resu le contemplaba ahora con un punto de orgullo, una sonrisa apenas esbozada en las comisuras de los labios:
 -Di -insistió-. ¿Sabes, por casualidad, qué es la longanimidad?
 -No -dijo bruscamente el niño.
 La sonrisa de doña Resu floreció como una amapola:
 -Si fueras a la escuela -dijo- sabrías esas cosas y más y el día de mañana serías un hombre de provecho.
 Se abrió una pausa. Doña Resu preparaba una nueva ofensiva. La pasividad del niño, la ausencia de toda reacción empezaba a desconcertarla. Dijo de súbito:
 -¿Conoces el auto grande de don Antero?
 -Sí. El Rabino Grande dice que es macho.
 -Jesús, qué disparate. ¿Es que un automóvil puede ser macho o hembra? ¿Eso dice el Pastor?
las ratas. miguel delibes. ediciones destino, d - Comprar en ... --Sí.
 -Otro ignorante. Si el Rabino Grande hubiera ido a la escuela no diría disparates.  -Cambió de tono para proseguir-. ¿Y no te gustaría a ti cuando seas grande tener un auto como el de don Antero?
 -No -dijo el niño.
 Doña Resu carraspeó:
 -Está bien -dijo seguidamente-, pero sí te gustaría saber de plantar pinos más que Guadalupe, el Extremeño.
 -Sí.
 -O saber cuántos dedos tiene el águila real o dónde anida el cernícalo lagartijero, ¿verdad que sí?
 -Eso ya lo sé, doña Resu.
 -Está bien -dijo el Undécimo Mandamiento en tono intemperante-, tú quieres que a doña Resu la pille el toro. Eso quieres tú, ¿verdad?
 El niño no respondió. La Fa le contemplaba pacientemente desde la línea dorada de la puerta. Doña Resu se incorporó y puso al Nini una mano en el hombro:
 -Mira, Nini -le dijo maternalmente-, tú tienes luces naturales pero al cerebro hay que cultivarlo. Si a un pajarito no le dieras de comer todos los días moriría, ¿verdad que sí? Pues es lo mismo.
 Carraspeó bobamente y agregó:
 -¿Conoces al ingeniero de los extremeños?
 -¿A don Domingo?
 -Sí, a don Domingo.
 -Sí.
 -Pues tú podrías ser como él.
 -Yo no quiero ser como don Domingo.
 -Bueno, quien dice don Domingo dice otro cualquiera. Quiero decir que tú podrías ser un señor a poco que pusieras de tu parte.
 El chiquillo alzó la cabeza de golpe:
 -¿Quién le dijo que yo quiera ser un señor, doña Resu?
 El Undécimo Mandamiento elevó los ojos al techo. Dijo, reprimiendo su irritación:
 -Será mejor que vuelva a hablar con tu padre. Eres muy testarudo, Nini. Pero ten presente una cosa que te dice doña Resu: en este mundo no se puede estar uno mano sobre mano mirando cómo sale el sol y cómo se pone, ¿me entiendes? El undécimo, trabajar.»

      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1979. ISBN: 84-233-0724-7.]

martes, 3 de abril de 2018

El prisionero de Zenda.- Anthony Hope (1863-1933)


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13.-Una mejora en la escala de Jacob

«A la mañana siguiente de hacer mi juramento contra los Seis di ciertas órdenes y después sentí una tranquilidad que no había experimentado durante los últimos tiempos. Había puesto manos a la obra, y, aunque el trabajo no pueda curar el amor, es una droga que lo aplaca. Sapt, cuya inquietud crecía por momentos, se maravilló al verme cómodamente sentado al sol escuchando cantar dulces baladas de amor a uno de mis amigos y dejándome invadir por una grata melancolía. En eso estaba ocupado cuando el joven Rupert Hentzau, que no temía a Dios ni al diablo, y cabalgaba por la propiedad, donde cada árbol podía ocultar a un tirador, como si fuese el parque de Strelsau, llegó a medio galope hasta donde yo estaba, se inclinó con burlona deferencia, y pidió hablar conmigo a solas para transmitirme un mensaje del duque de Strelsau. Hice que todos se retiraran y entonces, sentándose a mi lado, dijo:
 -Según parece el rey está enamorado.
 -No de la vida, señor -contesté, sonriendo.
 -Bueno, ya está bien -replicó-; ahora estamos solos. Rassendyll...
 Me incorporé con brusquedad.
 -¿Qué sucede? -inquirió.
 -Estaba a punto de llamar a uno de mis caballeros para que le trajera el caballo, señor. Si no sabe cómo dirigirse al rey, mi hermano deberá buscar otro mensajero.
 -¿Por qué mantener la farsa? -preguntó, sacudiéndose el polvo de la bota con el guante.
 -Porque aún no ha terminado; y mientras tanto yo escogeré mi propio nombre.
 -¡Oh, está bien! Sin embargo, sólo pretendía ayudarle; porque, en realidad, somos dos almas gemelas.
 -Dejando aparte que yo guardo lealtad a los hombres y respeto a las mujeres, quizá lo seamos, señor.
 Me lanzó una mirada, una mirada de cólera.
 -¿Vive su madre? -le pregunté.
 -No, está muerta.
 -Puede dar gracias a Dios -dije, y le oí maldecirme en voz baja-. Bueno, ¿qué mensaje trae? -continué.
 Le había tocado su punto flaco, pues todo el mundo sabía que había roto el corazón de su madre, llevando a sus amantes a su propia casa; su desenvoltura desapareció por el momento.
 -El duque le ofrece más de lo que debería -gruñó-. La horca, majestad, fue mi sugerencia. Pero él le ofrece un salvoconducto hasta el otro lado de la frontera y un millón de coronas.
 -Prefiero su oferta, señor, si debo escoger alguna.
 -¿Rehúsa?
 -Naturalmente.
 -Le dije a Michael que lo haría -y el canalla, recobrada la compostura, me dirigió la más luminosa de las sonrisas-. Lo que ocurre es que, entre nosotros -continuó-, Michael no comprende a un caballero.
 Yo me eché a reír.
 -¿Y usted? -pregunté.
 -Yo sí -dijo-. Bueno, será la horca.
 -Lamento que usted no vaya a vivir para verlo -observé.
 -¿Me hace vuestra majestad el honor de desafiarme particularmente?
 -Lo haría si fuera unos años mayor.
 -Oh, Dios da años, pero el diablo los multiplica -rio él-. Estoy contento con mi edad.
 -¿Cómo está su prisionero? -inquirí.
 -¿El r...?
 -Su prisionero.
 -Había olvidado sus deseos, majestad. Bueno... está vivo.
 Se puso en pie; yo lo imité. Luego, con una sonrisa, dijo:
 -¿Y la princesa? Apuesto a que el próximo Elphberg será pelirrojo, aunque Michael el Negro sea considerado su padre.
 Di un salto hacia él, apretando los puños. No retrocedió ni un milímetro y esbozó una sonrisa insolente.
 -¡Lárguese, mientras aún pueda hacerlo! -mascullé. Me había devuelto con intereses la alusión a su madre.
 Después actuó con la mayor audacia que he visto en mi vida. Mis amigos estaban a unos treinta metros de distancia. Rupert llamó a un mozo para que le trajera su caballo y despidió al hombre con una corona. El caballo estaba cerca. Yo permanecí inmóvil, sin sospechar nada. Rupert hizo ademán de montar, después se volvió súbitamente hacia mí, con la mano izquierda apoyada en el cinturón y la derecha extendida.
 -Estrechémonos la mano -dijo.
 Yo me incliné, e hice lo que él había previsto: me llevé las manos a la espalda. Rápida como una centella, su mano izquierda se abatió sobre mí, y una pequeña daga relució en el aire; me alcanzó en el hombro izquierdo. Si no me hubiera hecho a un lado, habría sido en el corazón. Con un grito, me tambaleé. Sin tocar el estribo, él saltó sobre su caballo y partió como una flecha, perseguido por gritos y disparos, los últimos tan inútiles como los primeros, y yo me desplomé en el sillón, sangrando abundantemente, mientras veía desaparecer al canalla por la larga avenida. Mis amigos me rodearon y entonces me desmayé.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1987, en traducción de María Teresa Segur Giralt. ISBN: 84-320-9095-6.]
 

lunes, 5 de febrero de 2018

Diario.- Jean-René Huguenin (1936-1962)


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Año 1.958, marzo

«Sábado, 1.- Lo peor de no haber experimentado más que débiles tentaciones es imaginar que podremos resistir con la misma facilidad todas las demás: las grandes tentaciones, las del cinismo, las del espíritu, las de la muerte y la mayor de todas, la tentación de la desesperación.
 "Que los frutos de tu acción no sean tu móvil" (Bhagavad Gita). Es posible que radique ahí el secreto de poder amar y odiar a la vez. ¡Valor!
 Lunes, 3.- Durante tres meses voy a estar metido en el infierno de la preparación de los exámenes. ¡Pero me siento indestructible! Y en lugar de engañarme con juegos pueriles, voy a combatir de frente, para probar mi resistencia. No haré lo que años anteriores. En cada alto no intentaré distraerme (las distracciones ya no me divierten, ni me distraen), sino volver a mí... Esto de volver a mí podría significar efectuar la introspección, analizarme, intentar comprenderme, saturarme de los estados de mi propia alma... Esto significa encontrar la firmeza de voluntad, medirla con la de los demás, con la del mundo, con la mía, ponerla en juego, comprometerla.
 La ternura indulgente, un poco desesperada y desde luego egoísta que hasta ahora sentí por la vida, y por la que me inclinaba a dejarme machacar, se ha transformado en ternura ardiente y dominadora. No es cuestión de definirme en relación al mayor número de cosas posibles, sino -con franqueza- de que el mayor número de cosas posible se defina en relación a mí.
 Tenía afición a escribir empleando mucho las vocales. Ahora experimento una enorme necesidad de utilizar consonantes, ansia de no escribir como los demás, de sorprender, de escandalizar, de escribir con resolución, sin rodeos. Mi próxima novela será gutural.
 No deseo sólo que se acepte a mis personajes, pretendo que se los admire. Y el único medio es que agoten sus posibilidades. Tienen que amar, tienen  que despreciar, tienen que sufrir del modo con que los lectores soñaron hacerlo; sueño sin vigor, sueño que su cobardía siempre desbarató. El héroe tiene que avergonzar al lector.
 Nils, o su sucesor: el romántico de hoy ya no sueña con heroísmos. Es heroico. Se ha visto decepcionado por quienes creyó amar, pero no está decepcionado del amor. Amor milagroso. Busca la vida desesperada. Encuentra la fuerza en el odio que le empuja. Aborrece el hábito. Es, en sentido lato, un insolente.
 En cuanto a mí mismo, he resuelto de una vez para siempre dar libre curso a mi insolencia.
 Martes, 4.- No vivimos bastante la juventud.
 Yo no sé si es prueba de mi vitalidad, de mi valor, pero siempre me falta tiempo.
 Existen tres cosas en las que hay que trabajar, ponerlas a prueba y acrecentarlas por medios muy prácticos: la voluntad, la imaginación, el buen empleo del tiempo.
 No hay ni Bien ni Mal, sino lo Grande y lo Bajo.
 No basta la voluntad, no basta la fuerza de la rebeldía. Es necesario inventar ocasiones para rebelarse.
 Si un día estos apuntes caen en tus manos, si te decides a leerlos, perdona su brevedad, su tono áspero. Tengo muchas cosas que decir y no consigo hacerlo. Y no estoy más satisfecho que tú. No son más que meros instrumentos de trabajo.
 ¿Deseas llegar a ser algo? Créete siempre capaz de todo. Aprende a sacrificarte. Pon tu honor en juego en todo lo que haces.
 Sucumbo, me desconcierto, me siento descuartizado bajo el peso de todas mis vidas futuras. La vida se empeña en que la amemos. Los placeres y la felicidad que despreciamos, las personas a quienes inmolamos, las bajezas que nos prohibimos, las imágenes humanas que arrojamos del corazón, el aislamiento, el recelo, el desdén hubieran debido crear el vacío en nosotros. Pero el alma es incorregible. Al primer soplo, la que es desgraciada  y la afortunada vacilan. Creen encontrar un alma gemela en los cuerpos de las marionetas famélicas que se lanzan al azar sobre el nuestro, que nos electrizan de hastío. ¡La esperanza! Hay que hacerse a ella. ¿Llegará el día en que logremos desilusionarnos? Puede el mundo herirnos y acorralarnos pero no ha de perseguirnos hasta nuestro último reducto, no habrá fuerza alguna que nos saque de allí. Somos libres. Capitán novato, que adivinas de pronto que el enemigo no te vencerá, sé muy bien por qué te sonríes. Por primera vez no te tienes miedo a ti mismo, sabes ahora que eres invencible. Poco importa el último asalto, la falsa victoria. Tu última bala será para ti. No nos cogerán con vida.
 Miércoles, 5.- Hay medios de dominarse: la facultad de reprimirse a voluntad y de soñar a discreción. Medios solamente. ¡Qué necedad la de los ejercicios continuos y sistemáticos! Tal vez yo los aconsejase a otros, pero únicamente para librarles del tedio. No hay victoria verdadera si no se logra con naturalidad.
 Un imbécil que empleó el tiempo en programar la conquista del mundo y dijo: "Estoy preparado", murió al instante. No se debe conceder a la disciplina más que el lugar indispensable. Nada más peligroso que las disciplinas frenéticas, que arruinan el amor. Como el asceta que no sabe amar otra cosa que su cilicio.
 La disciplina no tiene más objeto que la facultad de obedecer espontáneamente a la indisciplina natural.
 Sólo cuenta el dolor y el desorden. Estar presente, estar ahí, ser uno mismo, todo esto me apasiona.
 Ayer noche, S.L.H. estaba en forma; cenamos en casa Lipp con R. Preguntó el porqué de tanta propaganda en pro de una alimentación racional. Opina que hasta ahora hemos vivido bien sin todo este montaje. Yo dije que lo que hemos hecho es vivir mal. J.L.M. afirmó lo mismo: "Mirad los cementerios..."
 Lo único que hace tolerable mi dolor es su belleza. ¿Soy un esteta? Es más sencillo, muchísimo más sencillo...
 Jueves, 6.- Desahogarse es una tontería. Aclararse no conduce a nada. Justificarse es cobarde. Si quisiera que me comprendierais, desde luego, evitaría hablar de mí.
 Sábado 8.- ¡Ojalá que en el momento de mi muerte haya realizado mis cuatro deseos: escribir un libro; vivir con grandes ideales, honor y belleza; poseer el mayor número posible de pasiones; fundar una aristocracia, una sociedad secreta de almas fuertes.
 Domingo, 9.- Creo que la virilidad consiste, ante todo, en no engañarse a uno mismo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Narcea Ediciones, en traducción de M. Gómez Molleda. Depósito Legal: M-8657-1971.]