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lunes, 9 de diciembre de 2019

El barón rampante.- Italo Calvino (1923-1985)

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XIII

«Con el trato con el bandido, pues, Cósimo había adquirido una desmesurada pasión por la lectura y el estudio, que mantuvo luego durante toda su vida. La actitud habitual en que se lo encontraba ahora, era con un libro abierto en la mano, sentado a horcajadas de una rama cómoda, o bien apoyado en una horqueta como en un pupitre de escuela, con una hoja encima de una tablilla, el tintero en un hueco del árbol, escribiendo con una larga pluma de oca.
 Ahora era él quien iba a buscar al abate Fauchelafleur para que le diese clase, para que le explicase Tácito y Ovidio y los cuerpos celestes y las leyes de la química, pero el viejo cura salvo un poco de gramática y algo de teología se ahogaba en un mar de dudas y de lagunas, y ante las preguntas del alumno abría los brazos y alzaba los ojos al cielo.
 -Monsieur l'Abbé, ¿cuántas mujeres se pueden tener en Persia? Monsieur l'Abbé, ¿quién es el vicario de Saboya? Monsieur l'Abbé, ¿me puede explicar el sistema de Linneo?
 -AlorsMaintenantVoyons… -empezaba el abate, luego se perdía y ya no continuaba.
 Pero Cósimo que devoraba libros de todas clases, y la mitad de su tiempo se lo pasaba leyendo y la otra mitad cazando para pagar la cuenta del librero Orbecche, siempre tenía algo nuevo que contar. De Rousseau que paseaba herborizando por los bosques de Suiza, de Benjamín Franklin que atrapaba los rayos con las cometas, del barón de la Hontan que vivía feliz entre los indios de América.
 El viejo Fauchelafleur prestaba oídos a estas disertaciones con atención maravillada, no sé si por verdadero interés o si solamente por el alivio de no tener que ser él quien enseñara; y asentía e intervenía con: "Non! Dites-le moi!", cuando Cósimo se dirigía a él preguntando: "¿Y sabéis cómo es que...?", o bien con: "Tiens! Mais c'est épatant!", cuando Cósimo le daba la respuesta y a veces con unos: "Mon Dieu!", que tanto podían ser de alegría por las nuevas grandezas de Dios que en ese momento se le revelaban, como de pesar por la omnipresencia del Mal que bajo cualquier apariencia dominaba sin salvación posible el mundo.
 Yo era demasiado niño y Cósimo no tenía amigos más que entre las clases iletradas, por lo que su necesidad de comentar los descubrimientos que iba haciendo en los libros la desahogaba sepultando con preguntas y explicaciones al viejo preceptor. El abate, como sabéis, tenía una disposición sumisa y acomodaticia que procedía de una superior consciencia de la vanidad del todo; y Cósimo se aprovechaba de ello. De modo que la relación se invirtió: Cósimo hacía de maestro y Fauchelafleur de alumno. Y era tanta la autoridad que mi hermano había adquirido que conseguía arrastrar detrás de él al viejo tembloroso en sus peregrinaciones por los árboles. Le hizo pasar toda una tarde con las flacas piernas colgando de una rama de un castaño de Indias, en el jardín de los de Ondariva, contemplando las plantas raras, y la puesta de sol que se reflejaba en el estanque de los nenúfares, y discurriendo sobre las monarquías y las repúblicas, lo justo y lo verdadero de las distintas religiones y los ritos chinos, el terremoto de Lisboa, la botella de Leiden, el sensismo. […]
 Pero no hay que olvidar que en el viejo jansenista este estado de pasiva aceptación de todo se alternaba con momentos de vuelta a su originaria pasión por el rigor espiritual. Y si, mientras estaba distraído y era más flexible, acogía sin resistencia cualquier idea nueva o licenciosa, como por ejemplo la igualdad de lo hombres ante la ley, o la honestidad de los pueblos salvajes, o la influencia nefasta de las supersticiones, un cuarto de hora después, asaltado por un acceso de austeridad y de absolutividad, se identificaba con aquellas ideas aceptadas poco antes tan a la ligera y les aportaba toda su necesidad de coherencia y de severidad moral. Entonces en sus labios los deberes de los ciudadanos libres e iguales o las virtudes del hombre que sigue la religión natural se convertían en reglas de una disciplina despiadada, artículos de una fe fanática, y al margen de todo esto sólo veía un negro cuadro de corrupción y los nuevos filósofos eran todos demasiado blandos y superficiales en la denuncia del mal, y el camino de la perfección, si es que era arduo, no admitía arreglos o términos medios. […]
 Pero entre una y otra disposición de su ánimo, dedicaba ahora sus jornadas a seguir los estudios emprendidos por Cósimo e iba y venía de los árboles en donde éste se hallaba a la tienda de Orbecche, para pedirle libros que tenían que encargarse a libreros de Ámsterdam o París, y a recoger los recién llegados. Y así preparaba su desgracia. Porque el rumor de que en Ombrosa había un clérigo que estaba al corriente de todas las publicaciones más excomulgadas de Europa, llegó hasta el tribunal eclesiástico. Una tarde, los esbirros se presentaron a nuestra villa para inspeccionar la pequeña celda del abate. Entre sus breviarios encontraron las obras de Bayle, todavía con las hojas por cortar, pero eso bastó para que lo prendiesen allí mismo y se lo llevasen con ellos.
 Fue una escena muy triste, en aquella tarde nublada, la recuerdo tal como la vi, asustado, desde la ventana de mi habitación y dejé de estudiar la conjugación del aoristo porque ya no habría más clase. El viejo padre Fauchelafleur se alejaba por la alameda entre aquellos valentones armados y alzaba los ojos a los árboles y en cierto momento pegó un brinco, como si quisiera correr hacia un olmo y trepar a él, pero le fallaron las piernas. Cósimo ese día estaba de caza en el bosque y no sabía nada; por lo que no se despidieron.
 No pudimos hacer nada para ayudarlo. Nuestro padre se encerró en su habitación y no quería probar bocado porque tenía miedo de que lo envenenaran los jesuitas. El abate pasó el resto de sus días entre cárceles y conventos en continuos actos de abjuración, hasta que murió, sin haber comprendido, tras una vida entera dedicada a la fe, en qué creía, pero tratando de creer firmemente en ella hasta el final.
 De cualquier forma, el arresto del abate no implicó ningún perjuicio a los progresos de la educación de Cósimo. De esa época data su correspondencia epistolar con los mayores filósofos y científicos de Europa, a quienes se dirigía para que le resolvieran problemas y objeciones, o incluso sólo por el placer de discutir con los espíritus mejores y al mismo tiempo ejercitarse en las lenguas extranjeras. Lástima que todos sus papeles, que él guardaba en cavidades de árboles que nadie más conocía, no se hayan encontrado nunca, y sin duda habrán acabado roídos por las ardillas o enmohecidos; se encontrarían cartas escritas de puño y letra por los sabios más famosos del siglo.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1985, en traducción de Francesc Miravitlles. ISBN: 84-322-2245-3.]

jueves, 5 de enero de 2017

"Sobre la religión. Discursos a sus menospreciadores cultivados".- Friedrich Daniel E. Schleiermacher (1768-1834)


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 Quinto discurso: Sobre las religiones

 «Llamáis religiones positivas a estas manifestaciones religiosas determinadas, existentes, y, bajo esta denominación, ellas han sido ya, desde hace tiempo, objeto de un odio del todo particular; por el contrario, a pesar de toda la aversión hacia la religión en general, siempre habéis tolerado más fácilmente esa otra cosa que se llama religión natural, e incluso habéis hablado de ella con estima. Yo no vacilo en permitiros inmediatamente que echéis una mirada a mis convicciones íntimas a este respecto, en la medida en que, por mi parte, protesto clamorosamente contra esta preferencia y la declaro, por lo que se refiere a todos aquellos que pretenden en general tener religión y amarla, como la más burda inconsecuencia y como la autorrefutación más manifiesta, por motivos a los que daréis ciertamente vuestra aprobación cuando yo haya podido exponerlos. En contraste con vosotros, que sentíais aversión hacia la religión en general, siempre he considerado muy natural hacer esta distinción. La llamada religión natural es generalmente tan refinada y adopta un estilo tan filosófico y moral, que poco deja traslucir del carácter peculiar de la religión; ella se las ingenia para llevar una vida tan galante, para guardar los límites y adaptarse a las circunstancias, que es por doquier bien tolerada: por el contrario, toda religión positiva posee rasgos muy vigorosos y una fisonomía muy acusada, de modo que, en todo movimiento que ella realiza y en toda mirada que se arroja sobre ella, evoca de un modo infalible lo que ella es propiamente. Si éste es el verdadero e íntimo motivo de vuestra antipatía, tal como es, de hecho, el único que se refiere a la cosa misma, es preciso que os liberéis ahora de esta aversión; y yo no tendría propiamente que polemizar más contra ella. Pues si vosotros ahora, tal como espero, emitís un juicio más favorable sobre la religión en general, si reconocéis que ella tiene como fundamento una disposición especial y noble en el hombre, la cual, por consiguiente, también debe ser formada allí donde haga acto de presencia, entonces no os puede resultar enojoso considerarla en las formas determinadas bajo las que se ya se ha manifestado realmente y vosotros debéis más bien juzgar estas formas tanto más dignas de vuestra consideración, cuanto más lo peculiar y distintivo de la religión ha tomado forma en ellas.
 Pero si rehusáis reconocer este fundamento, quizá todos los antiguos reproches, que vosotros soléis, por lo demás, hacer a la religión en general, los lanzaréis ahora contra las religiones particulares y afirmaréis que precisamente, en lo que llamáis lo positivo en la religión, debe hallarse aquello que ocasiona y justifica, siempre de nuevo, estos reproches; vosotros negaréis que las religiones positivas puedan ser manifestaciones de la verdadera religión. Me llamaréis la atención acerca de cómo todas ellas, sin distinción, están llenas de lo que, según mis propias manifestaciones, no es religión, y de que, por tanto, debe haber un principio de corrupción profundamente arraigado en su constitución; vosotros me recordaréis cómo cada una de ellas se proclama la única verdadera, considerando precisamente sus rasgos peculiares como la realidad suprema; me recordaréis que ellas se diferencian entre sí, como si se tratara de algo esencial, precisamente mediante aquello que cada uno debería eliminar de sí tanto como fuera posible; me recordaréis cómo ellas, de una forma completamente contraria a la naturaleza de la verdadera religión, demuestran, refutan y disputan bien sea con las armas del arte y del entendimiento o con otras todavía más extrañas y más indignas; añadiréis que precisamente ahora, cuando apreciáis la religión y la reconocéis como algo importante, habríais de tener un vivo interés en que se le concediera por doquier la mayor libertad para desarrollarse en todos los sentidos y de las formas más diversas, y que vosotros, por tanto, deberíais odiar tanto más vivamente las formas determinadas de la religión, que mantienen sujetos a la misma figura a todos sus adeptos, les privan de la libertad de seguir su propia naturaleza y los someten a unas limitaciones contrarias a la naturaleza, y en todos estos puntos me haréis un encendido elogio de las ventajas de la religión natural frente a la positiva.
 Yo manifiesto, una vez más, que no quiero negar estas desfiguraciones y que no pongo ninguna objeción a la aversión que sentís hacia las mismas. Reconozco en todas ellas aquella degeneración y aquella desviación consistentes en pasar a un ámbito extraño, objeto de tantas lamentaciones; y cuanto más divina es la religión misma, tanto menos quiero adornar su corrupción y fomentar, admirándolas, sus excrecencias salvajes. No obstante, olvidad de una vez esta concepción que, ciertamente, también es unilateral, y seguidme a otra distinta. Ponderad en qué medida esta corrupción ha de ser achacada a aquellos que han sacado la religión del interior del corazón para llevarla al mundo civil; confesad que muchas deformaciones resultan inevitables por doquier tan pronto como lo Infinito reviste una forma imperfecta y limitada, y desciende al ámbito de lo temporal y de la interacción general de las cosas finitas, para dejarse dominar por ella.»