domingo, 7 de agosto de 2016

"El perfume".- Patrick Süskind (1949)

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 "En el siglo XVIII vivió en Francia uno de los hombres más geniales y abominables de una época en que no escasearon los hombres abominables y geniales. Aquí relataremos su historia. Se llamaba Jean-Baptiste Grenouille y si su nombre, a diferencia del de otros monstruos geniales como De Sade, Saint-Just, Fouché, Napoleón, etcétera, ha caído en el olvido, no se debe en modo alguno a que Grenouille fuera a la zaga de estos hombres célebres y tenebrosos en altanería, desprecio por sus semejantes, inmoralidad, en una palabra, impiedad, sino a que su genio y su única ambición se limitaban a un terreno que no deja huellas en la historia: al efímero mundo de los olores.
 En la época que nos ocupa reinaba en las ciudades un hedor apenas concebible para el hombre moderno. Las calles apestaban a estiércol, los patios interiores apestaban a orina, los huecos de las escaleras apestaban a madera podrida y excrementos de rata; las cocinas, a col podrida y grasa de carnero; los aposentos sin ventilación apestaban a polvo enmohecido; los dormitorios, a sábanas grasientas, a edredones húmedos y al penetrante olor dulzón de los orinales. Las chimeneas apestaban a azufre; las curtidurías, a lejías cáusticas; los mataderos, a sangre coagulada. Hombres y mujeres apestaban a sudor y a ropa sucia; en sus bocas apestaban los dientes infectados, los alientos olían a cebolla y los cuerpos, cuando ya no eran jóvenes, a queso rancio, a leche agria y a tumores malignos. Apestaban los ríos, apestaban las plazas, apestaban las iglesias y el hedor se respiraba por igual bajo los puentes y en los palacios. El campesino apestaba como el clérigo; el oficial de artesano como la esposa del maestro; apestaba la nobleza entera y, sí, incluso el rey apestaba como un animal carnicero y la reina como una cabra vieja, tanto en verano como en invierno, porque en el siglo XVIII aún no se había atajado la actividad corrosiva de las bacterias y por consiguiente no había ninguna acción humana, ni creadora ni destructora, ninguna manifestación de vida incipiente o en decadencia que no fuera acompañada de algún hedor.
 Y, como es natural, el hedor alcanzaba sus máximas proporciones en París, porque París era la mayor ciudad de Francia. Y dentro de París había un lugar donde el hedor se convertía en infernal, entre la Rue aux Fers y la Rue de la Ferronnerie, o sea, el Cimetière des Innocents. Durante ochocientos años se había llevado allí a los muertos del hospital Hotel-Dieu y de las parroquias vecinas; durante ochocientos años, carretas con docenas de cadáveres habían vaciado su carga día tras día en largas fosas y durante ochocientos años se habían ido acumulando los huesos en osarios y sepulturas. Hasta que llegó un día, en vísperas de la Revolución Francesa, cuando algunas fosas rebosantes de cadáveres se hundieron y el olor pútrido del atestado cementerio incitó a los habitantes no sólo a protestar, sino a organizar verdaderos tumultos, en que fue por fin cerrado y abandonado después de amontonar los millones de esqueletos y calaveras en las catacumbas de Montmartre. Una vez hecho esto, en el lugar del antiguo cementerio se erigió un mercado de víveres.
 Fue aquí, en el lugar más maloliente de todo el reino, donde nació el 17 de julio de 1738, Jean-Baptiste Grenouille. Era uno de los días más calurosos del año. El calor se abatía como plomo derretido sobre el cementerio y se extendía hacia las calles adyacentes como un vaho putrefacto que olía a una mezcla de melones podridos y cuerno quemado. Cuando se iniciaron los dolores del parto, la madre de Grenouille se encontraba en un puesto de pescado de la Rue aux Fers escamando albures que había destripado previamente. Los pescados, seguramente sacados del Sena aquella misma mañana, apestaban ya hasta el punto de superar el hedor de los cadáveres. Sin embargo, la madre de Grenouille no percibía el olor a pescado podrido o a cadáver porque su sentido del olfato estaba totalmente embotado y además le dolía todo el cuerpo y el dolor disminuía su sensibilidad a cualquier percepción sensorial externa. Sólo quería que los dolores cesaran, acabar lo más rápidamente posible con el repugnante parto. Era el quinto. Todos los había tenido en el puesto de pescado y las cinco criaturas habían nacido muertas o medio muertas, porque su carne sanguinolenta apenas se distinguía de las tripas de pescado que cubrían el suelo y no sobrevivían mucho rato entre ellas y por la noche todo era recogido con una pala y llevado en carreta al cementerio o al río. Lo mismo ocurriría hoy y la madre de Grenouille, que aún era una mujer joven, de unos veinticinco años, muy bonita y que todavía conservaba casi todos los dientes y algo de cabello en la cabeza y, aparte de la gota y la sífilis y una tisis incipiente, no padecía ninguna enfermedad grave, que aún esperaba vivir mucho tiempo, quizá cinco o diez años más y tal vez incluso casarse y tener hijos de verdad como la esposa respetable de un artesano viudo, por ejemplo... la madre de Grenouille deseaba que todo pasara cuanto antes".   

sábado, 6 de agosto de 2016

"Gala de caballeros. Blasón de paladines".- Ibn Hudayl (s. XIV)


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Capítulo XX: Armas y equipo de guerra en general

 "La práctica de las armas es un deber que va implícito en el de la Guerra Santa. Dice el Corán (VIII, 62/60): "Preparad contra ellos la fuerza que podáis", lo cual Ibn Abbas ha comentado diciendo que "la fuerza" son las armas y los equipos militares puestos al servicio de Dios, que cada uno debe adquirir, en toda ocasión, según su celo y su ambición de ventajas y recompensas.
 Transmite Abd Allah ibn Zayar que el Profeta dijo: "Quien empuñe un arma en servicio de Dios, contado le será, cada mañana, en la balanza de sus méritos". Y transmitido por Abd Allah ibn Sawdab: "Las obras de los hombres serán examinadas cada lunes y cada jueves. Quien haya aumentado sus armas, verá incrementados sus méritos. Quien las reduzca, los verá disminuidos."
 Del equipo depende la fuerza, y es ayuda para lograr el triunfo: cuanto mayor sea la victoria posible, tanto mayor ha de ser el equipo preciso.
 Al Profeta le preguntaron en cierta ocasión: "¿Conoces algún remedio que nos sirva, algún amuleto con el que guardarnos, susceptible de desviar el decreto de Dios?" Y contestó: "Las armas forman parte de Sus decretos."
 Los árabes solían decir: "La espada es la sombra de la muerte, la lanza es la cuerda del Destino, las flechas no se someten al que las dispara, la cota de mallas fatiga aunque sea un resguardo, el escudo es una protección".
 Preguntaba un día Umar ibn al-Jattab a Amr ibn Madikarib, que exclamó: ¡Pregúnteme el emir de los creyentes lo que quiera! Y aquél le preguntó sobre la lanza. Amr respondió: "Es como un hermano, pero puede traicionarte y romperse." Luego le preguntó sobre las flechas. "Son como el Destino, unas veces dan, otras no." Luego sobre el escudo. "Es un arma defensiva redonda, a cuyo corro gira la rueda de las vicisitudes." Luego sobre la cota de mallas. "Cansa al que combate a pie, y enreda al jinete, pero es protección eficaz." Luego sobre la espada. "Por ella ha tocado a tu madre el azar de no tener hijos. Tú no has tenido madre." Umar entonces le pegó con un látigo, y le dijo: "Eres tú quien no ha tenido madre". Respondió el otro: "Tu intocabilidad me obliga a humillarme ante ti."
 Al-Alawi ha reunido en un poema todo el temario de las armas y de los caballos. Su parte más afortunada es la que dice:

Entre todos mis bienes destaco a los caballos,
al de patas perfectas, de órbitas huesudas, bien pelado.
Estimo también a una espada hindú de prístino acero,
y a una lanza de nudos vibrantes y de gran tamaño,
y a una loriga, como vena de agua, tan cumplida y amplia
que debo ceñírmela con mi talabarte estriado,
y un arco de puntas combadas que es grueso y flexible,
y de curva fácil, amarillo, de madera de Sawhat.
Y ojalá mis bienes no sólo fueran los que ya he reunido,
gracias a mi espada, recorrida de olas de plata.
Y ojalá, al correr el tiempo, pueda yo encontrarme
que ya no dependo de la tiranía de señor ninguno".    

viernes, 5 de agosto de 2016

"Romancero antiguo" .- Anónimo (s. XIV)


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 Compañero, compañero

 "-Compañero, compañero / casóse mi linda amiga,
casóse con un villano, / que es lo que más me dolía.
Irme quiero a tornar moro / allende la morería,
cristiano que allá pasare / yo le quitaré la vida.
-No lo hagas, compañero, / no lo hagas por tu vida.
De tres hermanas que tengo / darte he yo la más garrida,
si la quieres por mujer, / si la quieres por amiga.
-Ni la quiero por mujer / ni la quiero por amiga,
pues que no pude gozar / de aquélla que más quería.

Romance de Lanzarote

Nunca fuera caballero / de damas tan bien servido,
como fuera Lanzarote / cuando de Bretaña vino
que dueñas curaban de él, / doncellas del su rocino.
Esa dueña Quintañona, / ésa le escanciaba el vino,
la linda reina Ginebra / se lo acostaba consigo;
y estando al mejor sabor, / que sueño no había dormido,
la reina, toda turbada, / un pleito ha conmovido.
-Lanzarote, Lanzarote, / si antes hubieras venido
no hablara el orgulloso / las palabras que había dicho,
que a pesar de vos, señor, / se acostaría conmigo.
Ya se arma Lanzarote, / de gran pesar conmovido;
despídese de su amiga, / pregunta por el camino.
Topó con el orgulloso / debajo de un verde pino;
combátense de las lanzas, / a las hachas han venido.
Ya desmaya el orgulloso, / ya cae en tierra tendido;
cortárale la cabeza / sin haber ningún partido;
vuélvese para su amiga, / donde fue bien recibido.

Yo me levantara, madre

Yo me levantara, madre, / mañanica de San Juan,
vide estar una doncella / ribericas de la mar.
Sola lava y sola tuerce, / sola tiende en un rosal;
mientras los paños se enjugan, / dice la niña un cantar:
-¿Dó los mis amores, dó los? / ¿Dó los andaré a buscar?
Mar abajo, mar arriba, / diciendo iba el cantar,
peine de oro en las sus manos / por sus cabellos peinar:
-Dígasme tú, el marinero, / si, Dios te guarde de mal,
si los viste mis amores, / si los viste allá pasar.

 Romance de Fontefrida

Fontefrida, Fontefrida, / Fontefrida y con amor,
do todas las avecicas / van tomar consolación,
sino es la tortolica / que está viuda y con dolor.
Por allí fuera a pasar / el traidor del ruiseñor,
las palabras que le dice / llenas son de traición:
-Si tú quisieses, señora, / yo sería tu servidor.
-Vete de ahí, enemigo, / malo, falso, engañador,
que ni poso en ramo verde / ni en prado que tenga flor,
que si el agua hallo clara, / turbia la bebía yo;
que no quiero haber marido / porque hijos no haya, no,
no quiero placer con ellos / ni menos consolación.
¡Déjame, triste, enemigo, / malo, falso, mal traidor,
que no quiero ser tu amiga / ni casar contigo, no!"

jueves, 4 de agosto de 2016

"Limónov".- Emmanuel Carrère (1957)


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IV.- París, 1980-1989

 "Muriel, a quien conocí en el Instituto de Estudios Políticos, era una chica muy guapa, bien proporcionada como una modelo de Playboy y vestida de tal forma que se le veía todo. Desentonaba en la calle Saint-Guillaume, donde los estudiantes de ambos sexos llevaban en aquel tiempo abrigos loden a juego, fulares Hermès las chicas y los chicos camisas de cuello prendido por un alfiler dorado debajo de la corbata. Dicho sea en mi descargo, yo llevaba unos zapatos destrozados y un viejo chaquetón de cuero, era un estudiante vago, burlón, poco motivado, fiel a los valores del pasotismo del liceo, que , evidentemente ya no eran aceptables en una facultad donde cada quien se veía ya gobernando Francia. Escribía cuentos de ciencia ficción y críticas de cine, razón por la cual me invitaban a proyecciones privadas a las que podía llevar a mis amigas, y supongo que aquel conjunto de rasgos artistas y bohemios y mi tendencia general a la objeción de conciencia fueron lo que, a pesar de mi timidez, me permitieron ligarme a la chica más sexy y a la vez la menos presentable de mi promoción.
 Mis amigos amantes de la música, al igual que los alumnos del Instituto de Estudios Políticos, encontraban a Muriel un poco vulgar. Hablaba alto, se reía fuerte, punteaba sus frases con "quiero decir" y "¿sabes?", y liaba porros con una maquinita mecánica que me regaló, que conservo todavía y en el fondo de la cual ella había escrito con un rotulador las palabras Don't forget. Nunca la abro sin pensar en ella con gratitud y sin preguntarme qué rumbo habría seguido mi vida si hubiéramos seguido juntos. Muriel era una auténtica alternativa que me convirtió a mí también en alternativo. Al final de una adolescencia dedicada a leer a escritores de derecha de entreguerras y a soñar con que un día asistiría al festival de Bayreuth, me encontré en una granja aislada de Drôme fumando hierba, escuchando música espacial y arrojando sobre kilims deshilachados las tres piezas que sirven para consultar el I-Ching, y sobre todo haciendo el amor con una chica risueña, sin malicia, que, en pelotas de la mañana a la noche, me ofrecía el espectáculo y el placer de su cuerpo, de un esplendor casi sobrenatural, y a los veinte años, viniendo de donde yo venía, era sin lugar a dudas lo mejor que podía sucederme.
 En aquella época el servicio militar era obligatorio y para los jóvenes burgueses que como yo no querían ser simples reclutas ni oficiales de reserva, había dos soluciones: que te declarasen inútil u optar por la cooperación. Elegí esto último, al terminar Ciencias Políticas. Me nombraron profesor del Centro Cultural francés de Surabaya, un puerto industrial en la punta oriental de Java, que sirvió de escenario a la novela Victoria, de Conrad, y cuyo nombre de sonoridad exótica inspiró a Brecht y a Kurt Weill la canción Surabaya Johnny. La hermosa mansión holandesa que ocupaba el Centro Cultural había albergado durante la ocupación japonesa una oficina de acción enérgica, algo parecido a la calle Lauriston en Francia. Allí ocurrieron cosas lo bastante horribles como para que mereciera la reputación de embrujada. Venía un exorcista dos veces al año, era muy difícil contratar vigilantes, el jardín , aparte de esto, era un  hechizo. Yo enseñaba francés a señoras de la buena sociedad china que ya habían criado a sus hijos, se aburrían un poco y seguían estos cursos porque eran una actividad de buen tono, coo el bridge. Traducíamos artículos de Vogue sobre Catherine Deneuve e Yves Saint Laurent. Creo que me apreciaban. Muriel vino enseguida a reunirse conmigo. Dábamos grandes paseos en moto, nos embriagaban el bullicio y los olores de Asia. En Surabaya, inspirado por nuestras experiencias con hongos alucinógenos, empecé a escribir mi primera novela. [...]
 En cuanto tenía algunos días libres me iba con Muriel a Bali, cuyo estilo de vida autóctono -fiestas de pueblo, música tradicional, ritos ancestrales- nos atraía menos que el estilo de vida occidental de los extranjeros establecidos en los lodges de Kuta Beach y de Legian: surf, magic mushrooms y fiestas con antorchas en la playa. Esta sociedad, hedonista y apacible, se dividía en castas. Había la plebe de los turistas de paso, con la cámara de fotos al cuello, a los que ni siquiera veíamos, los trotamundos sin un  céntimo, cuya obsesión de que no les timaran y de pagar por todo el precio auténtico les volvía paranoicos; los surfistas australianos, tíos nada complicados que bebían cerveza, escuchaban hard rock y muchas veces estaban acompañados de chicas bonitas; por último, la aristocracia, a la que Muriel y yo llamábamos los hippies chic, con los que ansiábamos mezclarnos. Alquilaban para la estación hermosas casas de madera en la playa. Llegaban de Goa, partían hacia Formentera. Sus ropas de lino o de seda eran más refinadas que las que vendían en las tiendas del pueblo y que se ponían los turistas. Su hierba era mejor y su relajación más natural. Hacían yoga, se ocupaban de asuntos que nunca parecían urgentes. Los ingresos que les permitían llevar esta vida de ideal indolencia provenían de tejemanejes sobre los cuales se mostraban evasivos [...]".      

miércoles, 3 de agosto de 2016

"Todo más claro y otros poemas".- Pedro Salinas (1891-1951)


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Prefacio

 "Gentilmente me pide mi buen amigo López Llausás, regidor de la Editorial Sudamericana, dos páginas en prosa que vayan delante de estos poemas. [...] Este requerimiento me alumbra una tentación: no, escribir un prólogo, no. Ya nos sabemos, a estas alturas de la vida, lo que sucede con los prólogos, más o menos galeotos: la gente joven se los salta, sin sombra de duda, como si se hubiesen escrito para eso, para no leerse; los eruditos se relamen con sus renglones, demorándose tan singularmente en su lectura ("¡tiene mucho valor documental!") que se desaniman a leer lo que sigue, que es sólo poesía; los maduros, duchos en las tareas lectoras y sus rendimientos, lo leemos todo, resignadamente. No, un prólogo no lo escribiría. Pero acaso estaría bien la tentativa de un nuevo género introductorio, ancillo o zaguanete de la poesía; en ese camarín dedos delicados despojarían al lector -"el alma que entra allí debe ir desnuda"- de los cuidados menores que lleva encima del ánimo para que llegase, ya bien desnudo de menudencias, con sólo su gran cuidado encima, al borde de los versos, a la escalinata suave de endecasílabos, o a la escalerilla del romance, por donde se desciende a las aguas del poema.
 Claro que ni siquiera sueño en atreverme al intento. Escribiré las dos páginas requeridas, mas humilde y usadamente. Para decir que de los poemas mismos aquí coleccionados nada tengo que decir. Son unos poemas más que juntar a los que escribí. Van adonde todos, en busca del lector, en recuesta del alma, a ganarse su vida, o a perderla, si no tienen con qué. Es la jugada de siempre, la de las palabras temporales en el tapete verde del tiempo, contra el tiempo banquero; la sentida y designada, en diversos tonos, por dos grandes maestros de todos: Miguel de Unamuno y Antonio Machado.
 Para decir, por si interesa, que se escribieron en años que van del 1937 al 1947; lejos de mi país, cada vez más mío en mi querer y sueño, viviendo en las hospitalarias tierras de los Estados Unidos, abrazado a mi idioma como a incomparable bien.
 Para resguardarme de la presentida extrañeza del lector ante el título. ¿No parece inverecunda insolencia o inconsciente mentecatez el afirmar rotundamente claridades a este tranco de años en que lo único claro, más claro a cada tic tac del reló y vuelta del laberinto, es la inmersión del hombre en las tupidas calígines que él mismo, sin dar paz a la mano, a la máquina o a la mente, se fabrica con admirable perseverancia? Es lástima que un gran supuesto, protagonista a menudo de poemas y consejas, luzca -no obstante ser él el gran lucífugo- el dictado del príncipe de las tinieblas; porque de estar vacante podría endosárselo (aunque convendría ponerlo en diminutivo, el principillo, para que no se le suba el humo a la cabeza) el ciudadano civilizado de nuestros días; muy méritamente, ya que siendo heredero directo del siglo de las luces e inventor de la electricidad, usa aquéllas para entenebrecerse todos los caminos de salvación, y se dispone a emplear ésta para transmitir, facilísimamente, con una leve presión digital, sobre un botón, y como el que no quiere la cosa, el impulso que haga trizas a todo Cristo y a todos los cristianos; con los infieles, por supuesto de propina.
 No ignoro ni les huyo a esas espantables presencias familiares de nuestro tiempo (ciertos visionarios, que se veían venir las cosas, ya las dibujaron, en las criaturas del Bosco, las parábolas de Brueghel o los espantajos de Goya): la confusión hecha de encargo y servida a domicilio; los extraviados haciendo de directores; las monstruosidades materiales y mentales, convertidas en pan nuestro de cada día, sin que casi nadie las extrañe. Conozco la gran paradoja: que en los cubículos de los laboratorios, celebrados templos del progreso, se elabora del modo más racional la técnica del más definitivo regreso del ser humano: la vuelta del ser al no ser. Sobre mi alma llevo, de todo esto, la parte que me toca; como hombre que soy, como europeo que me siento, como americano de vivienda, como español que nací y me afirmo. Porque las angustias arremeten por muchos lados. Y ahí están las mías, en este librito, para el que no se quiera cerrar a verlas [...].
 ¿Entonces, el título? Él y el poema cabecero dicen mi firme creencia: que la poesía siempre es obra de caridad y de claridad. De amor, aunque gotee angustias y se busque la solitaria desesperación".    

martes, 2 de agosto de 2016

"El estilo del mundo. La vida en el capitalismo de ficción".-Vicente Verdú (1942)

 
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 Capitalismo de ficción

 "Desde el comienzo quise llamar a este trabajo "el estilo del mundo" sin que todavía hubiera encontrado la onda y la justificación completas. Podría haberlo llamado el espíritu del tiempo o el aire del tiempo (l'air du temps) al modo de Nina Ricci, pero supuse pronto que el estilo evocaba mejor la sinuosa apariencia a la que trataba de referirme. El estilo, además, que suele asociarse a una forma más ligera o venial, acaba siendo tan decisivo y moral como la sangre. Sin estilo no hay encantamientos, siendo él, a menudo, el modo más femenino de presentarse, según el espíritu del tiempo, Zeigeist.
 Efectivamente, la experiencia diaria de escribir algún libro se confunde con una obsesión o compota cerebral que acompaña noche y día. Nadie puede establecer la proporción de vida que se pierde en nombre de esa dedicación que no siempre paga con la misma moneda afectiva. Esta vez, no obstante, el cariño interior y exterior, así como el trabajo agradecido, han estado muy cerca de la escritura. Tan cerca que, como se verá, cada capítulo nace y se acuesta sobre el siguiente, y el siguiente sobre otros más, hacia delante y hacia atrás, de manera que interaccionan con sus vecinos y amantes. Resulta así, desde luego, porque las diversas intuiciones diagonales han bebido algún sorbo del mismo compuesto esencial y, en las cruces, copulan y se colorean. Como consecuencia, el producto copia, puede decirse, la sonora arborescencia de una música. No en balde el nombre de "capitalismo de ficción" lo obtuve durante la boda de Francis y Rita en los salones del Casino de La Vila Joiosa y cuando la orquesta atacaba la melodía de un vals.
 Después de esa fiesta, semana tras semana, la idea del capitalismo de ficción, heredera de las etapas de capitalismo de producción y de consumo que había descrito Jesús Ibáñez hace más de una década, fue alzándose como un diccionario de los más diversos aspectos. El capitalismo de producción definiría el período desde finales del siglo XVIII hasta la Segunda Guerra Mundial, en cuyo transcurso lo principal eran las mercancías. A continuación, el capitalismo de consumo, desde la Segunda Guerra Mundial hasta la caída del Muro de Berlín, destacaría la trascendencia de los signos, la significación de los artículos envueltos en el habla de la publicidad. Finalmente, el capitalismo de ficción, surgido a comienzos de los años noventa del siglo XX, vendría a cargar el énfasis en la importancia teatral de las personas.
 Los dos primeros capitalismos se ocuparían ante todo de los bienes del bienestar material; el tercero se encargaría de las sensaciones, del bienestar psíquico. La oferta de los dos anteriores era abastecer la realidad de artículos y servicios mientras la del tercero es articular y servir la misma realidad; producir una nueva realidad como máxima entrega. Es decir, una segunda realidad o realidad de ficción con la apariencia de una auténtica naturaleza mejorada, purificada, puerilizada. Esta segunda realidad gestada como un doble es la última prestación del sistema, tan definitiva que el mismo capitalismo desaparece como organización social y económica concreta para transformarse en civilización y se esfuma como artefacto de explotación para convertirse en mundo a secas. ¿El mejor de los mundos? Todo cuanto pueda ser mejor se encuentra incluido en sus potencialidades globalizadas, absorbentes, porque incluso la aventura extrema, la cara de la Revolución o el terrorismo, son asumidos como estímulos de su espectáculo.
 La guerra santa, la responsabilidad moral de las empresas, el comercio justo, el marketing con causa, la transparencia de la política, la estética de los injertos, la orgía futbolística y los reality show, la videovigilancia universal, la cultura del shopping, la ciudad como parque temático, la copia global, la democracia a granel, la clonación, la customización, los virus misteriosos o el gen suicida, son fenómenos del capitalismo de ficción, dentro de una esfera donde la representación ha ganado la batalla y lo real se convalida por la realidad del espectáculo. Para este cambio ha sido necesario, primero, convertir al ciudadano en espectador y, segundo, vender las entradas a un planeta homogeneizado, cada vez más susceptible de ser tratado como un territorio sin tropiezos. ¿Choque de civilizaciones? ¿Países por democratizar? ¿Clientes por occidentalizar? ¿Basuras por reciclar? Estos obstáculos se disuelven progresivamente en el capitalismo de ficción tan irresistible como un gas y tan fatal como el ímpetu de la naturaleza. Una naturaleza que ha ingresado también, desde el ecologismo empresarial a los derechos humanos de los animales, en la misma música de las simulaciones. Un universo, en fin, donde se puede ser destructor y reconstructor bélico al mismo tiempo, criminal y humanitario a la vez, obrero y capitalista, católico y budista, hombre y mujer. Todo ello sin que a nadie le importe si estás vivo o muerto. O, incluso, si la de-función posee sentido en medio de la incesante función continua, veinticuatro horas sobre veinticuatro, siete días sobre siete, que ha inaugurado el omnipresente sistema de ficciones".  

lunes, 1 de agosto de 2016

"El Fantasma de la Ópera".- Gastón Leroux (1868-1927)


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 Prefacio: en el que el autor de esta singular obra cuenta al lector cómo terminó adquiriendo la certeza de que el Fantasma de la Ópera existió realmente

 "El fantasma de la Ópera existió. No fue, como durante mucho tiempo se creyó, una inspiración de artistas, una superstición de directores, la creación insulsa de los cerebros excitados de esas damiselas del cuerpo de baile, de sus madres, de las acomodadoras, de los empleados del guardarropa y de la portería.
 Sí, existió en carne y hueso, aunque se diese todas las apariencias de un verdadero fantasma, es decir, de una sombra.
 Al empezar a compulsar los archivos de la Academia nacional de música, me había sorprendido la asombrosa coincidencia de los fenómenos atribuidos al fantasma, y del más misterioso, del más fantástico de los dramas; no tardé mucho en verme arrastrado a la idea de que quizá pudiera explicarse de modo racional aquélla por éste. Los sucesos apenas datan de hace una treintena de años y no sería difícil encontrar todavía hoy, en el foyer mismo de la danza,  ancianos muy respetables, cuya palabra no podría ponerse en duda, que recuerden, como si hubiera sido ayer, las condiciones misteriosas y trágicas que acompañaron al rapto de Christine Daaé, la desaparición del vizconde de Chagny y la muerte de su hermano mayor, el conde Philippe, cuyo cuerpo fue hallado a orillas del lago que se extiende por debajo de la Ópera por el lado de la calle Scribe. Pero hasta ese día ninguno de tales testigos había creído oportuno mezclar en esa terrible aventura al personaje más bien legendario del fantasma de la Ópera.
 La verdad penetró lentamente en mi cabeza, alterada por una investigación que chocaba, a cada paso, con sucesos que a primera vista podían considerarse extraterrestres; más de una vez estuve a punto de abandonar una tarea en la que me agotaba persiguiendo una vana imagen sin cogerla jamás. Finalmente tuve la prueba de que mis presentimientos no me habían engañado y vi recompensados todos mis esfuerzos el día en que adquirí la certeza de que el fantasma de la Ópera había sido algo más que una sombra.
 Ese día yo había pasado largas horas en compañía de las Memorias de un director, obra ligera del excesivamente escéptico Moncharmin, que durante su paso por la Ópera no comprendió nada de la conducta tenebrosa del fantasma, y que se burló de él tanto como pudo, en el momento mismo en que era la primera víctima de la curiosa operación financiera que se producía en el interior del "sobre mágico".
 Acababa yo de salir desesperado de la biblioteca cuando encontré al encantador administrador de nuestra Academia nacional, que charlaba en un descansillo con un viejecito impulsivo y coqueto, al que me presentó alegremente. El señor administrador estaba al corriente de mis investigaciones y conocía la impaciencia con que yo había intentado descubrir el retiro del juez de instrucción del famoso caso Chagny, el señor Faure. Se desconocía qué había sido de él, si estaba muerto o vivo; y resulta que, de regreso del Canadá, donde acababa de pasar quince años, su primera salida en París había sido para pedir un pase de favor a la secretaría de la Ópera. Aquel viejecito era el propio señor Faure.
  Pasamos juntos buena parte de la velada y me contó todo el caso Chagny tal como lo había entendido él en otro tiempo. Por falta de pruebas, había tenido que pronunciarse por la locura del vizconde y por la muerte accidental del hermano mayor, pero seguía convencido de que entre ambos hermanos, y a propósito de Christine Daaé, había ocurrido un drama terrible. No supo decirme qué había sido de Christine, ni del vizconde. Por supuesto, cuando le hablé del fantasma, no dejó de echarse a reír. También la habían puesto al corriente de las singulares manifestaciones que entonces parecían atestiguar la existencia de un ser excepcional que hubiera elegido por domicilio uno de los rincones más misteriosos de la Ópera, y había conocido la historia del "sobre", pero en todo ello no había visto nada que pudiera llamar la atención de un magistrado encargado de instruir el caso Chagny, y apenas sí había escuchado durante unos instantes la declaración de un testigo que se había presentado espontáneamente para afirmar que había tenido ocasión de encontrarse con el fantasma. Ese personaje -el testigo- no era sino el mismo al que todo París llamaba "el Persa", sobradamente conocido por todos los abonados de la Ópera. El juez le había tomado por un iluminado.
 Como supondréis, quedé prodigiosamente interesado por la historia del Persa. Quise encontrar, si aún era posible, a ese precioso y original testigo".