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sábado, 26 de diciembre de 2020

El papel de mi familia en la revolución mundial.- Bora Cosic (1932)

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XX

  «Éramos una familia, al margen de todas las advertencias. Todos los camaradas se afanaban en el banco de zapatero o trabajaban en los cafés, sólo nosotros danzábamos por nuestra pequeña cocina, aunque no teníamos ninguna razón para hacerlo. Los otros fabricaban bombas de bicicleta, tampones y cepillos para los zapatos, sólo nosotros no fabricábamos nada y bastaba vernos para darse cuenta de ello. Hablábamos sin cesar por el placer de conversar, en lugar de callar y escuchar a otros aunque fueran más tontos que nosotros. El abuelo siempre le decía las cosas a la cara a la gente, lo que era un grave error. Mamá solía citar acontecimientos históricos terribles, aunque fueran ciertos, en lugar de olvidarlos y sustituirlos por sucesos bellos que no hubieran ocurrido jamás. Nuestra visión del futuro a menudo era imprecisa como consecuencia de los libros que habíamos leído en el período anterior, y eso era culpa nuestra, imposible de reparar. Nos enseñaban que lo mejor para el organismo humano era estar de pie mientras íbamos en tranvía, comer sin sal y dormir en un colchón duro, pero nosotros no nos lo creíamos aunque habríamos debido hacerlo. Seguíamos leyendo voluminosas novelas, casi siempre sin ilustraciones, en lugar de llevarlas a una institución para los niños ciegos, que no podrían estropearlas. Nos advertían que no utilizáramos objetos estúpidos de los viejos tiempos, como el paraguas, el dentífrico, etcétera y nosotros nos obstinábamos en hacerlo aunque no teníamos ninguna justificación. Nos habían rogado que espiáramos lo que hacían los enemigos en el vecindario, pero nos negamos debido a nuestra innata estupidez, y así permitimos que las actividades hostiles continuaran hasta límites insospechados. Habíamos visto escenas tremendas durante la expulsión del señor profesor de su piso, al que vino a instalarse uno de nuestros camaradas, pero lo peor es que se lo habíamos contado a todo el mundo. El camarada Jovo Sikira nos había explicado muy bien que no habíamos visto lo que habíamos visto, pero no le hicimos caso y eso tuvo consecuencias indeseables. Nunca pudimos comprender que algunos sucesos no habían sucedido porque no estaban previstos, y eso se debía a nuestra costumbre de verlo todo. El camarada Jovo Sikira nos había enseñado que sólo sucedía lo que estaba bien que sucediese, mientras que lo demás no, pero el abuelo preguntó enseguida: "¿Cómo es posible?" Y así lo estropeó todo. Antaño pensábamos que una familia de siete miembros valía más que un teniente joven, con el brazo herido y vendado, y de ningún modo ahora podíamos convencernos de lo contrario. Mi madre observaba a menudo el reparto de pan blanco, procedente de una tienda especial, a las familias de oficiales, y por eso mencionaba a la vecina Darosava y su puterío, lo que en realidad no tenía nada que ver. Muchas veces habíamos relacionado las cosas más importantes de la evolución histórica con el puterío insustancial y los juegos de cartas en el vecindario, sin que hubiera ninguna necesidad. A mí me habían rogado amablemente que anotara todo lo que Voja Blosa decía en la clase de geografía y en otras, y yo sólo había memorizado su mensaje a la capitana del puerto fluvial: "Cógeme por el mango de mi barriga", lo que a nadie le importaba. Me acordaba muy bien de lo que nuestro secretario Simo Tepcija nos había impuesto como deberes, pero me empeñé en hacer lo mismo el día siguiente, cuando los deberes eran otros completamente distintos. Yo le pregunté: "¿Cómo es posible que el camarada Abas ayer fuera nuestro mejor camarada y hoy sea un cerdo enemigo?" Cosa que no debería haber preguntado. Yo explicaba todo el rato la vida del camarada León Trotski, según las recomendaciones del camarada Abas, aunque ellos me habían dicho alto y claro: "Ése no ha existido en absoluto". Nosotros recordábamos los peores ejemplos de nuestras vidas y de las ajenas, en lugar de salir de paseo y olvidarlo todo para siempre. Nos interesábamos a menudo por la suerte que habían corrido algunos camaradas que se habían sentado en nuestra cocina y más tarde no habían vuelto a aparecer, aunque no debiéramos hacerlo. Nos asustábamos muchas veces por los grandes cambios, sucedidos de la noche a la mañana, en relación a varios estudiantes y sus destinos, y eso era incorrecto e innecesario. Mamá siempre pronunciaba su imprudentísima frase: "Pero ellos también son personas de carne y hueso", pese a que más tarde se demostró que no era cierto. Nosotros afirmábamos que la mayoría de los hombres eran iguales, pero después establecimos que no era así, ni por el rango, ni por la estatura, ni por el volumen de la cabeza y el del cerebro en ella. Más tarde comprendí que deberíamos haber fundado una comisión que fijara que mi padre empinaba el codo, que mi abuelo chocheaba y que mi tío empleaba expresiones atroces, pero no lo habíamos hecho. Ya antes debería haber escrito todas las historias de mi madre sobre la tuberculosis y otras guarradas de nuestra casa, y no escucharlas con los brazos cruzados. No entendíamos que un  camarada calvo con visera tuviera que ser más guapo que Ronald Colman a caballo, pero resultaba que así tenía que ser, y que mis tías no tenían ni idea. Nos asombramos injustificadamente cuando un camarada dijo: "¡Qué buen día hace hoy!" y nosotros no podíamos entender dónde residía la grandeza de esa declaración. El camarada Jovo Sikira trataba de convencernos siempre de que se decía "coferencia" y "famacia", y nosotros se lo discutíamos sin razón y le enseñábamos un libro grasiento que ya no se usaba. Nos obligaron a cantar las canciones más bellas que conocíamos, pero justo entonces murió un importante camarada del que nada sabíamos y por eso justificadamente nos dijeron: "¿Por qué gritan, si todo el país llora?" Habíamos creído que los camaradas no morirían nunca, pero nos engañábamos. Primero me rogaron que describiera algunas historias de mi familia y después, cuando las leyeron, me amenazaron: "¡Ni se te ocurra volver a coger un lápiz!" Yo antes ya había anotado diversos y elevados pensamientos de mi abuelo, de mi tío, y muchos menos de papá. El abuelo encontró los papeles, los cortó con el gran cuchillo de la cocina y los llevó a la bolsa del papel del retrete. Mamá lo consoló: "Alguien le habrá dicho que lo haga". Yo me daba cuenta de muchos fenómenos que se desarrollaban a mi alrededor, pero cuando quería repetirlos en forma de composición escrita, mamá me miraba y siempre me decía: "¡No tienes dos dedos de frente!" Yo me esforzaba mucho para que mi composición fuera como una especie de redacción casera sobre un tema concreto, pero luego tuvieron lugar nuevos sucesos y resultó un lío. A nuestra casa venía gente sin cesar, decían unas palabras y se iban. Entretanto, en casa se hacían distintos trabajos, algunos se hacían todos los días, otros pocas veces. Había que saber diferenciarlos y aprenderlos por su nombre. El abuelo protestó: "Ya no se sabe quién es quién en este manicomio". Todo esto había sucedido anteriormente, luego volvió a empezar desde el principio.
Resultado de imagen de bora cosic el papel de mi familia en  Mamá se quejó: "¿Hasta cuándo va a durar?" Nadie lo sabía. De eso se componía nuestra vida, de que alguien preguntara algo y los otros respondieran o no. Y de eso mismo se componía mi redacción: "Maldita vida en forma de círculo vicioso"; el título fue idea de mi madre pero el contenido era absolutamente mío. Mamá añadió: "Sólo penas sin fin ni final". En la escritura de mis redacciones, que se parecían a un relato tonto, lo más importante era sobrevivir y luego recordarlo. En lo que a la supervivencia se refiere, estaba bien, al menos por el momento; el resto resultó mucho más difícil. El teniente Vaculic, que tenía veintitrés años, nos decía: "Verdaderamente hemos vivido de la mejor manera posible". Las tías estaban de acuerdo con él. […] Todo esto lo hacíamos en el espacio agradable que nos habían designado a cambio de nuestro piso de seis habitaciones, vetustas y sofocantes, y que ahora ocupaba el camarada Jovo Sikira, muy cansado de las penurias de la guerra. Comíamos unos fideos absolutamente secos. Empezamos a ir a otras casas a comer los mismos fideos y a hablar de política. Éramos una familia decadente con muchas fotografías bonitas. Esto sucedía hacia la mitad del siglo XX, un poco antes y un poco después de dicha mitad. Éramos los primeros de la lista para llevar a cabo diversas acciones, como la limpieza de la nieve, la alfabetización y la instauración de la amistad entre todos los hombres. Conocíamos a personas que eran de las mejores del país y a otras que eran de las más abyectas. A mi primero me dijeron: "Tú eres de los nuestros, sigue adelante y desarróllate en el campo artístico hasta lo más alto". Después me dijeron: "¡Déjate de bobadas, no nos obligues a retorcerte el cuello como a un canario!" Tenía un padre que en una época había sido el campeón de Europa Central bebiendo alcohol. Nos habían alojado en una habitación repleta de cosas de las que decían: "Con todo esto les basta y les sobra". Yo seguí siendo un niño durante mucho tiempo, después vino el resto.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Minúscula, 2009, en traducción de Luisa Fernanda Garrido Ramos y Tihomir Pistelek, pp. 143-150. ISBN: 978-84-95587-52-7.]
  

sábado, 30 de diciembre de 2017

"Diarios de la Revolución de 1917".- Marina Tsvietáieva (1892-1941)


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Mis empleos
Prólogo. Moscú, 11 de noviembre de 1918

«-Marina Ivanovna, ¿quiere un empleo? -Es mi inquilino irrumpiendo. X, comunista, el más sonriente y ferviente-. Hay, le cuento, dos: en un banco y en el Narkomnats (1)... y, a decir verdad (chasqueo de dedos)... yo, por mi parte, le aconsejaría...
 -¿Pero qué hay que hacer? Yo no sé hacer nada.
 -¡Bah!, todos dicen lo mismo.
 -Todos lo dicen, yo lo realizo.
 -Bueno, ¡como le parezca mejor! El primero en la calle Nikólskaia, el segundo aquí, en el edificio de la primera Cheká.
Yo: ¿¡!?
 Él, mortificado: ¡No se angustie! Nadie la obligará a fusilar. Sólo tendrá que copiar.
 Yo: ¿Copiar a los fusilados?
 Él, irritado: ¡Ah, no quiere entender! ¡Como si la estuviera invitando a trabajar en la Cheká! Ahí, gente como usted, no hace falta.
 Yo: Son nocivos.
 Él: Es la casa de la Cheká, la Cheká se fue. Usted seguro que la ha visto... en la esquina de la Povarskaia con la Kúdrinskaia; en Lev Tolstoi era (chasqueo de dedos)... la casa de...
 Yo: ¿La casa de los Rostov (2)? Acepto. ¿Cómo se llama la institución?
 Él: Narkomnats. Comisariado popular para los asuntos de las nacionalidades.
 Yo: Pero, ¿cuáles nacionalidades con la Internacional?
 Él, casi jactándose: Oh, hay más que en tiempos de los zares, ¡se lo aseguro!... Entonces el departamento de información que depende del Comisariado. Si está de acuerdo, hablaré hoy mismo con el director. (Dudando de pronto:) Aunque, en realidad...
 Yo: Espere, ¿no es nada contra los blancos? Usted comprende que...
 Él: No, no, es algo puramente mecánico. Pero, debo advertirle, no hay ración alimenticia.
 Yo: Claro, no. ¿Acaso en las instituciones decentes?...
 Él: Pero habrá viajes, quizá, aumento del salario... ¿Al banco se niega definitivamente? Porque en el banco...
 Yo: Pero no sé contar.
 Él, pensativo: Y Alia, ¿sabe?(3)
 Yo: Alia tampoco sabe.
 Él: Ah, entonces para el banco ni esperanzas... ¿Cómo llama usted a esa casa?
 Yo: De los Rostov.
 Él: ¿Por casualidad tiene usted Guerra y paz? Me gustaría... Aunque, en realidad...
 Vuelo, a todo volar, escalera abajo. Un corredor oscuro, el ex comedor, otro corredor oscuro, la ex habitación infantil, el armario con los leones... Saco, a todo sacar, el primer volumen de Guerra y paz, dejo caer el segundo, contiguo, lo miro, olvido, me olvido... 
 -Marina, ¡X se fue! ¡Justo después de que usted salió! Dijo que por las noches lee tres periódicos y además un periódico delgadito, y que no tendrá tiempo para Guerra y paz. Que lo llame mañana al banco, a las 9. Y también, Marina (cara dichosa) me regaló cuatro trozos de azúcar y un trozo -¡imagínese!- ¡de pan blanco!
 Lo saca. 
 -¿Y dijo algo más, Áliechka?
 -A ver... (Frunce las cejas.) ¡Sí, sí, sí! Sa-bo-ta-je... Y también preguntó por papá, si teníamos cartas. Y puso una cara, Marina... con un gesto... Como si quisiera enojarse a propósito...
 
13 de noviembre (¡vaya día para empezar!). La Povarskaia, la casa del conde Sologub, "El departamento de Información del Comisariado para los asuntos de las nacionalidades".
 Lituanos, hebreos, georgianos, estonios, "musulmanes", ciertos "Mara-Mara", "N-Dunia" -y todo esto, hombres y mujeres vestidos con jergones forrados y de narices y bocas no racionales (nacionales).
 Y yo, que siempre me he sentido indigna de esos hogares (¡panteones familiares!) de la Estirpe.
 (Hablo de las casas de los colonos y de mi timidez frente a ellas).
 
14 de noviembre, segundo día de trabajo.
 ¡Curioso trabajo! Llegas, apoyas los codos en la mesa (los pómulos en los puños) y te rompes la cabeza: ¿qué hacer para que pase el tiempo? Cuando le pido trabajo al jefe, noto que se enfada. [...]
 
15 de noviembre, tercer día de trabajo.
 Elaboro el archivo de los recortes de periódico, es decir: expongo con mis propias palabras las propuestas de Steklov, Kérzhentsev, los informes sobre los prisioneros de guerra, el avance del Ejército Rojo, etcétera. [...]
 Hay distintas mesas: la estonia, la lituana, la finlandesa, la moldava, la musulmana, la hebrea y otras, del todo indeterminadas. Cada mesa recibe por la mañana su porción de recortes sobre los que se deberá trabajar a lo largo del día. Imagino todo este recortar, pegar, engomar como interminables y rebuscadas variaciones sobre un mismo tema, un tema muy pobre. [...]
 Olvidé las mesas polaca y besárabe. Yo, no sin razón, estoy en la "rusa" (de ayudante del secretario o quizá del jefe).
 Todas las mesas son monstruosas.»
 
 
(1) Comisariado popular para los asuntos de las Nacionalidades.
(2) Se trata de la casa del conde Sologub en Moscú. Tolstoi se inspiró en esa casa para describir la de la familia Rostov en Guerra y paz. Ahí tuvo su sede la Unión de Escritores.
(3) Alia tiene cuatro años y medio.


[El extracto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, en traducción de Selma Ancira. ISBN: 978-84-16011-39-1.]