Murió el mayordomo y nadie ocupó su lugar, el
jardinero fue despedido, los animales de los setos se convirtieron en
matorrales sin podar, pinos y robles crecieron en los arriates. Unos colegiales
mantenían el césped más o menos segado, y mi padre aún podía pasarse horas al
aire libre, aporreando pelotas de golf, hiciera el tiempo que hiciera. Yo oía
los golpes desde el interior de la casa, una y otra vez, y una sucesión de
crujidos rápidos como ráfagas de escopeta, un largo silencio mientras Papá
caminaba hasta el final del césped y recogía las pelotas, y luego más golpes
cuando las aporreaba en dirección opuesta. A veces una pelota iba a estrellarse
contra la pared de la casa o se metía por una ventana. A Papá le importaba un
pimiento que se rompieran las ventanas y, si hacía buen tiempo las dejaba así,
y por la noche se nos metían en enjambre los insectos y se ponían a zumbar en
círculos desesperados en torno a las lámparas; a veces resultaba imposible
dormir por culpa de los mosquitos que había en el interior de la casa. En
invierno tapaba los agujeros con pedazos de cartón corrugado, pero en verano
nunca se tomaba la molestia, a pesar de los insectos, y una de las primeras
cosas que hacía yo cuando venía de visita era recorrer la casa, contar los
agujeros y llamar a alguien que viniera
a repararlos. La verja de hierro no recibía una nueva capa de pintura en
primavera, como antes, y se ponía marrón de herrumbre, manchándome la ropa
cuando la rozaba. Las puntas del hermoso bigote de Papá, que en sus años mozos
se curvaban hacia arriba como colmillos de jabalí, colgaban ahora fláccidas a
ambos lados de sus quijadas colgantes. No era sólo la cara; su cuerpo entero se
expandía, para instalarse más abajo, como arena en un saco: se volvió ancho de
posaderas y se le puso la cara roja y se pisaba los pantalones al andar. Cuando
empezaron las goteras, Papá malvendió las pizarras del techo y en su lugar puso
asfalto laminado. Hizo construir una partición en el hueco de la escalera, para
ahorrar calefacción, y empezó a dormir en el despacho de la planta baja.
Manchas de moho ennegrecían el empapelado. Yo era joven, estaba intentado
progresar y a mi alrededor no había más que deterioro y decadencia. Cada vez
iba menos a casa y, cuando lo hacía, Papá daba la impresión de quedarse
perplejo y no siempre podía estar segura de que supiese quién era yo. De
sopetón, quiero decir: siempre acababa enterándose cuando nos poníamos a
charlar. Su sentido del humor se hizo también inestable, desquiciado casi,
pasando de cordial y vulgar a extraño y sentencioso en un quítame allá estas
pajas. Tendía a quedarse unos pasos detrás de mí cuando salíamos a pasear y lo
oía reírse por lo bajinis a mis espaldas. Empezó a referirse a sí mismo en
tercera persona, llamándose “éste”: “Éste –decía-, se va a poner un gin-tonic”.
Y para interpelarme a mí utilizaba “la otra”. No estoy convencida de que lo
hiciera por gracia. Se ponía agresivo cuando alguien no entendía alguno de sus
chistes y casi nadie entendía ninguno, porque rara vez tenían sentido. Un día
nos echaron de un restaurante de Filadelfia porque se puso a gritarle a un
señor que había fallado a ese respecto. Los días en casa me los pasaba leyendo
o haciéndole comidas a Papá o paseándome sin más por el jardín. Me gustaba más
como estaba entonces, completamente descuidado. Dormía en un sofá del salón y
los gigantescos ronquidos de mi padre brotaban de su despacho y se combinaban
con el zumbido de los insectos. Si hubiera sido niña aún, quizá me habría
marchado flotando a alguna parte, a alguno de los países que descubrí en los sellos.
Pero lo que hacía era permanecer atada al sofá, tiesa de ansiedad, tapándome
los oídos con cojines para protegerme del incansable asalto de los ronquidos de
Papá (en aquel entonces aún no había descubierto las orejeras). Había momentos
en que me ponía totalmente frenética y entonces me refugiaba en el cuarto de
baño y me pasaba dándole a la tecla hasta la mañana siguiente. Creo que fue en
aquella época cuando aprendí a escribir a máquina como escribo: para no ponerme
frenética. Es fácil no sentirse solo mientras se le da a la tecla, incluso en
presencia de la desolación del Concierto
para orquesta. Si este fuera un libro por capítulos, esta parte se llamaría
“Desolación de los ronquidos paternos”.»
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martes, 18 de enero de 2022
Cristal.- Sam Savage (1940-2019)
viernes, 17 de mayo de 2019
El lamento del perezoso.- Sam Savage (1940-2019)
Agosto
«¿Qué significará esto de que posea un talento tan grande para escribir cartas desagradables? ¿Dice ello algo de mi carácter, quizá que no soy nada simpático? ¿O quiere decir que los demás no son simpáticos? Hubo un tiempo en que me esmeré en contestar con una sencilla nota de agradecimiento cada vez que alguien me regalaba algo; las notas siempre me salían falsas. De nada valía que algunas veces incluso me hubieran gustado los regalos. Era lo mismo cuando le decía a Jolie que la quería. Mis palabras sonaban en mis propios oídos con todos los timbres del artificio y la mentira, aunque fuera verdad que la quería. Supongo que ello explica, al menos en parte, que luego le pareciera tan horrible. Ahora escribo a personas que a duras penas conozco y me salen unas cartas que echan auténticas chispas, sobre todo cuando veo oportunidad de tratar con desprecio a gente que no puede contestarme. Tal vez estuviera en lo cierto Baudelaire, tal vez el spleen sea el verdadero órgano creativo.
***
Apreciada señora Lipsocket:
Lleva usted cuatro años enviándome regularmente sus poemas. Durante los tres primeros me esforcé en comentarlos, en ofrecerle a usted el consuelo de unas cuantas trivialidades, no sin darle a entender, taimadamente, que me dejara en paz de una pajolera vez. Y, sin embargo, ha persistido usted en el empeño, contra viento y marea. Me ha escrito cartas lastimeras. Me ha estrujado el corazón con el relato de sus sinsabores literarios, de los cuales me he ido compadeciendo; sus ambiciones desmesuradas, tan parecidas a las mías; sus problemas ováricos; la crueldad del comité de su biblioteca; y los devaneos de su marido, que no considero de mi competencia. Ha sido usted causa de que durmiera mal, soñando que apaleaba animales pequeños. Ante todo ello, me rindo. No conservo copia de sus intentos anteriores, y los de ahora parecen peores que nunca, de modo que lo dejo a su elección: dígame qué seis versos quiere que le publique. Luego, no volveré a abrir ningún sobre que proceda de usted.
Atentamente,
Andy Whittaker
***
Muy señores míos:
Leo en el periódico que la Hermandad del Tabernáculo Cristiano tiene un programa denominado "Los Vecinos Se Ayudan". Me he quedado impresionado ante la magnitud de sus esfuerzos y la enorme cantidad de dinero que han logrado reunir a base de vender bollos y papeletas para rifas, además del lavado de coches. Lo que más me llama la atención son las dos toneladas y media de botes de aluminio. No pertenezco a su iglesia, ni a ninguna otra, pero de su artículo deduzco que no por ello me retirarían ustedes la consideración de vecino. Aprecio este sentimiento en lo que vale y si alguna vez voy a alguna iglesia -lo cual bien pudiera ocurrir en el futuro-, será desde luego a la suya. Soy viudo y vivo solo. No soy viejo, pero mi salud dista mucho de la perfección. Tengo un ruido en el pecho. Cada vez me resultan más agotadoras y difíciles las tareas de mantenimiento y limpieza de la casa, sobre todo quitar el polvo que se acumula en pelusas y que -ahora lo compruebo- se mete por todas partes, especialmente debajo de los sofás y de las camas. Resulta que el ruido del pecho empeora cuando me inclino, y empiezo a jadear, y con la respiración se van volando las pelusas, lo cual dificulta su captura. La casa es antigua y está llena de cachivaches de porcelana -tesoros de mi difunta esposa- a los que sólo se puede quitar el polvo sosteniéndolos en el aire, lo cual me lleva horas y me resulta muy difícil, con lo temblorosas que se me han puesto las manos. Se me partiría el corazón si dejara caer al suelo alguna de estas piezas. Sé que oiría a mi querida Claudine echándomelo en cara, como solía, y eso es algo que en este momento no podría soportar. Tengo todo lo necesario, menos el rodillo para limpiar las ventanas. Mi mujer siempre utilizaba bolas de papel de periódico empapadas en vinagre, lo cual nunca me pareció buena idea, porque quedan chafarrinones negros, por mucho que ella se negase a admitirlo. En este momento, mi línea telefónica no es de fiar, por culpa de unas obras que hay en la calle. Estoy en casa casi siempre, o sea que si me consideran ustedes un "caso justificado", pueden pasarse por aquí cuando les convenga.
Su vecino,
Andrew Whittaker.»
[El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 2009, en traducción de Ramón Buenaventura. ISBN: 978-84-322-2852-0.]
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