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viernes, 25 de enero de 2019

Bariloche.- Andrés Neuman Galán (1977)


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XXV

«Mario Miguel Ferrando, alias el Petiso desde esa edad en que un muchacho ha de semejar un hombre, había dejado de leer la prensa poco después de abrir su primer kiosco. Su hermano mayor y su padre habían sido vendedores de periódicos y su abuelo había vendido periódicos; del bisabuelo del Petiso ya nadie se acordaba. Y ahora él, entre las cinco láminas de zinc azul de su puesto de la calle Alsina, pensaba que habría querido enseñarle el oficio a su hijo, si hubiera tenido uno. Se trataba de un oficio simple, pero estricto: había que saber levantarse antes del amanecer, cinco minutos antes de que el despertador sonara, para apagarlo ya vestido y no sufrir la tentación de seguir durmiendo. Había que saber desayunar cuando se pudiera y como se pudiera. Era aprender a acariciar las portadas de los periódicos sin llenarse los dedos de tinta (como a una mujer, pibe, como a una mujer, le habría dicho a su hijo cuando éste ya tuviese la edad de tener un apodo o de recibir para siempre el mismo de su padre) y era también saber adivinar el momento exacto de hacerle una sugerencia a un ojeador indeciso o de permanecer callado, aprender a distinguir a los clientes de confianza de esos a los que nunca se les debía fiar un periódico, sobre todo si se trataba de clientes barbudos: su padre le había enseñado que un hombre que no se afeita no puede ser de ley.
 Había comprendido que todo lector de prensa tiene la íntima convicción de que la prensa habla de él. Mario Miguel Ferrando había dejado de leer los periódicos cuando comprobó que jamás hablarían de sus cosas: ése fue el momento de pasar a ser un auténtico vendedor de kiosco. De allí en adelante, treinta años podían ser muy cortos si se contaba cada día de la semana en las portadas de La Nación, de Clarín o de Crónica, Lunes 23, Martes 24, Miércoles 35, y las pilas de papel bajaban y subían y volvían a bajar.
 El Petiso se llevaba todos los días el mate y un termo rojo al kiosco. Entre cliente y cliente, se cebaba uno o dos mates con pulso firme y sorbía la bombilla de una sola chupada larga y profunda, ahuecando las mejillas recién afeitadas. Entonces expulsaba en el aire gélido el calor que el mate le había dejado en la boca y se quedaba mirando cómo el vaho se hacía menos denso hasta desaparecer. Así, bajo un techo de zinc azul, fumando la mañana, el Petiso había aguardado durante treinta años a que llegase la hora de un buen tinto o de una buena muerte. [...]
 
XLIX
 
 Mi amor:
 Te escribo porque hace más de una semana que no nos vemos ni me llamás tampoco. Ya sé que no conviene que reciba llamadas tuyas por si el Negro está en casa, pero tampoco es para tanto, mi amor, acordate que ya pasó una vez y vos hiciste como si necesitaras hablar con él. Fue muy peligroso y muy excitante. Así que a mí me parece más bien que ya no querés llamarme, que ya no tenés tantas ganas como antes de que hablemos, ¿te acordás cuando me decías que tenía la voz como una flauta dulce? A mí el Negro nunca me va a decir cosas así. Pero ahora no sé si vos me las vas a seguir diciendo.
 Demetrio, sabés perfectamente que si no me voy con vos a la cama no me pasa nada, yo ya me las arreglaría, me buscaría a algún otro, vos qué te creés. Yo tengo mi voluntad y mi cabecita. Pero lo que no aguanto es esto, que me digan que me quieren y una diga que sí, que también, que mucho, pero después pasen dos años, ¡dos años, Demetrio! y de pronto una vea que lo único que consiguió son unos ratos de sentirse querida después del orgasmo. Por más que vos digas es así, Demetrio, es como si te estuviera oyendo. ¿No te das cuenta que lo que no aguanto son las promesas? Prefiero un amante que sea un infeliz, que no me diga nada y me use como una muñeca inflable y yo lo sepa y lo use también a él. Pero vos me dijiste que me querías y una fue creyéndolo de a poco, una lleva dos años mintiendo todos los días y tratando de ser una buena madre y una buena ama de casa y una esposa obediente. A mí no me importa nada mentir. Tengo derecho a eso y a mucho más, porque el verdadero sacrificio no es tener que laburar y traer la guita al principio de cada mes. No es matarse en dos trabajos a la mañana y a la tarde, el sacrificio es precisamente haber tenido que renunciar a trabajar. Yo pude elegir otra cosa. Ya sé, vos dirás: culpa tuya. Y es verdad, tenés razón, Demetrio, es culpa mía, pero ustedes nunca van a entender lo que es guardar una vida dentro, cuidarla sola y aprender a quererla durante casi un año mientras ustedes lo más que hacen es imaginársela y arrimar la oreja a nuestro ombligo. ¡Ustedes qué sabrán! Yo me desprendí de mi hijo y se lo di a él, le dije tomá, acá tenés el pibe que tanto querías, tomá, yo lo sufrí por los dos. Tuve que dejar el laburo cuatro meses más otros dos después del parto y cuando querés volver a trabajar los hijos de puta te dicen que lo sienten mucho pero que la empresa bla bla bla. Me pagaron dos mangos nada más. El juicio hubiera durado demasiado y nos hubiera salido carísimo, ya lo sabés, y yo qué sé qué hubiera pasado. Al fin y al cabo el Negro ahí tenía su pibe, que le iba a enseñar a patear la pelota con las dos piernas desde chiquitito para que se acostumbre, para que no tenga una de palo, mira qué grande está, qué lindo es, decíamos. Nunca vas a poder entender cómo se siente una después de eso y por qué entonces pensé casi sin darme cuenta: ma sí, que lo mantenga él. A él y a mí. Que nos mantenga a los dos y me devuelva el sacrificio. Y al final ahora, encima, ni siquiera siento que alguien me haya protegido, ni a mí ni a mi hijo que ya va a la escuela y que no sabe patear con la izquierda, igual que su padre.
 Así que como verás me importa un pito todo. Pero lo que no soporto es haberte dado a vos algunas cosas que no le di ni siquiera a mi marido, para terminar viendo que pueden pasar diez días y por vos que a mí me pise un tren. Supongo que pensabas llamarme cuando te entrara una calentura, para preguntarme cómo estaba, chupasangre, solterón de mierda empedernido.
 Y te escribo por eso, porque no puedo estar diez días así, Demetrio, yo también tengo que vivir. Necesito escuchar que me querés, seré una cursi, digo yo, qué voy a hacerle. No ves que no te pido tanto, sólo quiero que hablemos y me escuchés, mi amor. Que alguna vez me escuche alguien. Yo te quiero y te deseo y te necesito, sin tu voz me voy a hacer vieja más rápido y ya no voy a tener fuerzas para detestar a mi marido y saber que me merezco algo mejor. Vos me lo hiciste ver. Así que te pido que seás fiel a esas palabras que al principio nadie te pidió.
 Te ama y te espera,
 Verónica.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de RBA, 2000. ISBN: 84-473-1791-9.]

sábado, 10 de febrero de 2018

Levantar ciudades.- Lilian Neuman (1960)

I

«Tío -y mi prima le guiñaba un ojo a su novio- cuente por favor lo del primer neumático. Una historia que mi padre contaba como si se tratase del Génesis, un relato pausado en el que él, joven e inexperto, pero buscavidas, un buen día hablando con el japonés de la tintorería Sikimoto, cuyo cuñado era el que había embalsamado a su mujer y la tenía en el comedor de su casa, tuvo una idea brillante: cuando el hombre le comentó que tenía que salir para cambiar las ruedas de la camioneta, mi padre tuvo una idea súbita, una idea que nunca supo bien cómo se le ocurrió. Una hora después mi padre regresó, andando por el medio de la calle, haciendo rodar un neumático que acababa de pedir fiado. Así había empezado todo, así mi padre, que había llegado tan joven a Rosario, había comenzado a levantar su ciudad, ésa por la que se paseaba a sus anchas.
 Eran otros tiempos, sentenciaba mi padre, otros tiempos que, años después, yo leería en las viejas crónicas de Rosario, las de los años treinta, cuando Rosario amenazaba con convertirse en una ciudad "de proporciones yanquis". Sí, y así lo afirmaba mi padre en la cabecera, aquella ciudad en donde se crecía y se crecía a fuerza de trabajo, empuje y honradez. Aquella ciudad con la que los porteños "estaban que hervían", por el brillo y la fuerza de ese pequeño pero pujante centro cosmopolita, en donde se proyectaban rascacielos y puentes que nada tendrían que enviar al puente de Brooklyn. Los porteños, seguía mi padre con voz fuerte y tono didáctico, se morían de envidia por la torre del correo de Rosario. Y por los mafiosos. O acaso Buenos Aires supo ser el antro de la mafia que fue Rosario. No, no, le gritaba mi madre, no empieces con los mafiosos. La mafia, y cuando mi padre decía mafia, alzando las cejas enigmático, yo me imaginaba algo negro y tenebroso. Rosario sí que fue cuna de la mafia. Y los piringundines, en donde Lili Mix y Petra la Salvaje eran culo y calzoncillo con mi padre, que desde los trece años se había movido en su salsa por esos antros de mafiosos, delincuentes, arrabaleros, jugadores y tramposos de baraja. Pero eran otros tiempos, porque según mi padre el presidente que teníamos ahora era una peste, y el anterior también, y el próximo. Perón, concluía, y todas las tías gritaban escandalizadas. Perón. Tiene que volver Perón. Pero si nunca fuiste peronista, viejo, hace veinte años que te escucho lo mismo. Digo que Perón, cuando vuelva Perón (y yo imaginaba a Perón, o "al hombre", como alguien tan oscuro como decir mafia, o alguien tan importante como Jesús el impostor) se terminan todos los problemas. El hombre, decía mi padre riendo carismático, una sonrisa tan carismática como la que al fin vería en el mismo general Perón saludando desde el balcón de la Casa Rosada, el hombre volverá. Basta, decía mi madre, te prohíbo que sigas con eso de Perón.
 El tío no es peronista, le aclaraba la prima Bibi a su novio, pero no soporta a los militares. Tío, ¿y a quién conoció un día al salir de la gomería? Y entonces mi padre cambiaba el semblante, actuaba una sonrisa dulce, tanguera, a lo Gardel, y daba paso a la escena esperada: Quién, quién estaba un día, cuando él salía de la gomería, sentada allí. ¿Quién, quién vivía ahí al lado? ¿quién?, sonreía mi padre mientras mi madre bajaba los ojos, ¿quién estaba todas las tardes sentada de punta en blanco, custodiada por la santa madre? Las tías miraban a mi madre, que ahora parpadeaba nerviosa, fingiendo indiferencia. Qué cursi, decía, mientras alguna de las tías le tocaba el vestido a mi madre, qué lindo, qué buen gusto que tiene tu marido, realmente. El tío, aclaraba mi prima a su novio, viaja mucho a Buenos Aires por trabajo. Hace poco para mis quince años me trajo este vestido.
 Buenos Aires, cada vez que se hablaba de Buenos Aires las tías hacían exclamaciones asustadas. Un loquero, jamás pondrían un pie en esa ciudad laberinto, enorme, inhumana. ¿Cuánto de ancha era la Avenida 9 de Julio? Alguna vez le había preguntado a la tía Antonia si ella sería capaz de cruzar la Avenida 9 de Julio, "la más ancha del mundo", y la tía se había reído avergonzada. Y así en la cena, las tías y mi madre le pedían a "la pobre Antonia" que contara otra vez lo que le había pasado en Buenos Aires, cuando había ido por primera vez en su vida, en una excursión de los amigos jubilados del barrio de la calle San Martín. La tía se volvía a poner colorada, decía con voz de hilo, no, no, no me quiero acordar. No quería acordarse de que, ni bien habían llegado al Obelisco, el grupo se había parado en el semáforo de un lado de la Avenida 9 de Julio y, a la voz de ahora, habían cruzado el primer tramo de la avenida. La tía, en aquel su primer viaje sola y a semejante ciudad, había conseguido, a pesar de que las piernas no la sostenían bien, llegar con los otros a ese primer tramo. Pero eso fue todo lo que pudo hacer, en el siguiente semáforo se había quedado paralizada, sola, agitada, en medio de esa autopista de locos que salían por todos lados. Nunca antes había tenido yo una idea tan espantosa del miedo paralizante, mirando a la tía colorada de nervios y vergüenza, mientras el resto de la familia hacía los cálculos, una hora, una hora y media, ¿cuánto tardaron los otros, que ya estaban por el Luna Park, en darse cuenta de que la tía no estaba con ellos, en darse cuenta de que se la habían dejado en alguna parte del camino? Y luego, retroceder por Corrientes hasta regresar a ese lugar en donde encontraron a la tía sola en medio de la avenida, muy seria, los ojos perdidos o fijos en un punto, con taquicardia, y esperando que alguien la rescatara.
 [...] Ni las tías ni mi madre querían saber nada de Buenos Aires, esa ciudad en donde te dejaban abandonado, porque todo iba tan rápido que no había tiempo que perder, esa ciudad que en cambio mi padre parecía conocer de punta a rabo, por la que transitaba a sus anchas, conocía gente, cruzaba la calle sin mirar a los costados.
 Tío, ¿cómo le fue en el último viaje a Buenos Aires? Mi padre se encogió de hombros: Bah, esa Nélida Lobato no vale nada.
 Silencio absoluto, mi madre demudada, mirándolo fijamente con los ojos brillantes. ¿Esa quién? Sólo se oía un je je del primo Eladio.
 Ésa, la Nélida Lobato. Mi padre miraba el reloj a ver si faltaba mucho para las doce de la noche, la hora en que el niño impostor viene al mundo. Mi madre insistía, y las tías bajaban la vista risueñas. ¿Esa quién? y al momento se quitaba la servilleta de la falda y la tiraba enérgica encima del plato, los labios apretados, el gesto a punto de estallar. Al teatro de revistas. Fuiste al teatro de revistas. Pero bueno, intentaban las tías, no tiene nada de malo, es un hombre, ¿por qué no puede ir al teatro de revistas? Pero si no vale nada, insistía mi padre, dicen que se sacó las costillas de abajo comentaba la prima Sandra.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino. ISBN: 84-233-3100-8.]