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miércoles, 18 de diciembre de 2019

Las algas americanas.- Akiyuki Nosaka (1930-2015)

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«El quince de agosto, en nuestro refugio entre las ruinas de Shinzaike, yo era el responsable de mi madre y de mi hermana menor; tratándose de un niño de catorce años, la palabra "responsable" puede sonar extraña, pero en el Japón de aquellos tiempos, un niño de catorce años era en quien más se podía confiar: sacar el agua de lluvia que inundaba el refugio antiaéreo o ir a buscar agua al pozo cuando habían cortado el suministro eran tareas que no hubieran podido hacer sin mi ayuda, ya que mi madre padecía de asma y de una enfermedad nerviosa.
 Ahora ya no recuerdo si el aviso que informaba sobre la emisión radiofónica de aquel comunicado trascendental se difundió la víspera o el mismo día quince por la mañana; aunque casi todo el barrio había ardido con anterioridad, lo cierto era que las noticias corrían entre aquella gente apiñada en casitas cubiertas con chapas de zinc junto a una valla rescatada del fuego, otros vivían en el refugio antiaéreo tras apañar sobre él un techo que, en su punto más alto, medía tres shaku: debieron enterarse, pues, por algún vecino y una treintena de personas se agrupó ante el centro de jóvenes que se había salvado de las llamas y discutía: "Quizá proclamen la ley marcial", "A lo mejor su Majestad Imperial toma personalmente el mando del ejército"; el día catorce de agosto Osaka había sufrido un gran bombardeo y Kobe había sido ametrallado por escuadrillas procedentes de los portaaviones: nadie podía imaginar que la guerra acabara a la mañana siguiente; "Porfiemos por las generaciones venideras. Arrostremos lo imposible. Afrontemos lo insoportable" (1), aunque escuchamos aquella voz sobrenatural, todos nos quedamos desconcertados, pero después un locutor repitió solemnemente el rescripto imperial y se cortó la emisión; que la guerra había terminado, debió comprenderlo de forma más o menos vaga todo el mundo, pero nadie se atrevió a decirlo en voz alta, por miedo a las posibles represalias, hasta que el presidente de la asociación de vecinos, cuyo cabello ralo y canoso empezaba a despuntar, incipiente, en su cráneo rapado, dijo: "Eso significa que se ha proclamado la paz" y las palabras "proclamarse la paz" me evocaron la reconciliación de Ieyasu y Hideyori (2) en el castillo de Osaka en..., ¿fue en verano o en invierno?, no tenía la más mínima conciencia de derrota, estaba petrificado bajo el sol ardiente y debía estar muy excitado porque ni siquiera me di cuenta de que estaba empapado en sudor; en ese estado volví al refugio: "¡Mamá! ¡Parece que ya se ha acabado la guerra!", "¡Oh!, Así papá, ¿volverá a casa?", dijo primero mi hermana pequeña que se estaba despiojando el pelo con un peine; mi madre permaneció en silencio mientras se daba un masaje con talco en las delgadas rodillas y, sólo instantes después, dijo una única frase: "Habrá que tener cuidado."
 "¡Oye! ¡Están arrojando algo, los B-29!", gritó mi hermana; yo estaba dentro, en el calor bochornoso del refugio e intentaba refrescarme soplándome el pecho, ¿otra vez bombas?, "¡Entra rápido, estúpida!", "¡Que no! ¡Que son paracaídas!", cuando saqué medrosamente la cabeza, anochecía; el monte Rokkô estaba teñido de los colores rojizos del atardecer que contrastaban con el azul profundo del cielo sobre el mar, allí donde se iba fundiendo la formación de tres b-29 que se alejaba; al levantar los ojos, justo sobre mí y extendiéndose hacia el oeste, innumerables paracaídas, magníficamente abiertos y solapados unos con otros, se deslizaban con una ligera inclinación, como con voluntad propia, hacia el oeste.
 Sin duda por miedo, mi hermana se me había aferrado y yo la rodeé con mis brazos; nos agachamos como prevención, "¿Qué habrán tirado?", la voz me temblaba: la nueva bomba que habían arrojado sobre Hiroshima decían que era atómica y también que cayó en paracaídas, claro que, ¡cómo iban a arrojar tantas!»

 (1) Extracto del rescripto imperial anunciando la rendición. Fue emitido por radio el día 15 de agosto de 1945 a mediodía y leído por el mismo emperador. Tanto la conmoción de oír su voz por primera vez, como la dificultad del lenguaje empleado hizo que su mensaje fuera incomprensible para la mayoría de los japoneses. (N. de los T.)
 (2) Toyotomi Hideyori es hijo de Toyotomi Hideyoshi, unificador de Japón. Heredó de su padre el poder, pero lo perdió tras una batalla contra Tokugawa Ieyasu, convirtiéndose en un simple señor feudal de Osaka. A su vez, Tokugawa Ieyasu fundó el shogunato Tokugawa que continuaría hasta la época Meiji (1868). (N. de los T.) 

    [El texto pertenece  a la edición en español de Editorial Acantilado, 2007, en traducción de Lourdes Porta y Junichi Matsuura. ISBN: 978-84-96489-86-8.]

lunes, 9 de enero de 2017

"Sadako y las mil grullas de papel".- Eleanor Coerr (1922-2010)


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 Buenas señales

«Sadako nació para ser una gran corredora. Su madre solía decir que Sadako había aprendido a correr aun antes de saber caminar.
 Una mañana de agosto de 1954, Sadako se despertó, se vistió deprisa y salió corriendo a la calle. El sol de la mañana reflejaba mechas de color castaño rojizo en su pelo negro. No había ni una sola nube en el cielo azul, lo cual era una buena señal. Sadako siempre buscaba señales de buena suerte.
 En la casa, su hermana y sus dos hermanos todavía dormían plácidamente. Sadako se acercó a su hermano mayor, Masahiro, y le dijo:
 -¡Despiértate, holgazán! Hoy es el Día de la Paz.
 Masahiro protestó entre bostezos. Quería seguir durmiendo, pero, como a la mayoría de los chicos de catorce años, tampoco le faltaba el apetito. Apenas le llegó el rico olor de la sopa de verduras, se levantó. Mitsue y Eiji lo hicieron poco después.
 Sadako ayudó a Eiji a vestirse. El pequeño tenía seis años, pero a veces perdía un calcetín o la camisa. Luego dobló los edredones, ayudada por su hermana Mitsue, que tenía nueve años, y los guardó en el armario.
 Sadako entró como un torbellino en la cocina, gritando:
 -¡Mamá, me muero de ganas de ir al carnaval! ¿Está listo el desayuno?
 Su madre estaba cortando los rábanos para servirlos con el arroz y la sopa. Se detuvo, miró a Sadako severamente y le dijo:
 -Tienes once años. Ya eres lo suficientemente mayor para saber que hoy no es día de carnaval. Todos los años, el 6 de agosto, recordamos a los que murieron cuando la bomba atómica cayó sobre nuestra ciudad. Hoy es un día conmemorativo.
 El señor Sasaki entró en ese momento por la puerta de atrás.
 -Así es -dijo-. Sadako chan, debes ser más respetuosa. Tu propia abuela murió ese horrible día.
 -Pero yo respeto a Oba chan -se excusó Sadako-. Todas las mañanas rezo por su espíritu. Lo que sucede es que hoy me siento contenta...
 -Por cierto, es hora de rezar -dijo su padre.
 La familia Sasaki se congregó alrededor del pequeño altar presidido por una fotografía de Oba chan, enmarcada en un cuadro dorado. Sadako levantó la vista al techo y se preguntó si el espíritu de su abuela flotaría sobre el altar.
 -¡Sadako chan! -la regañó su padre.
 Sadako bajó la cabeza al instante. Mientras su padre hablaba, ella se entretenía moviendo los dedos de los pies. El señor Sasaki rezó para que los espíritus de sus antepasados hubiesen encontrado la paz y la felicidad. Dio gracias por su barbería y por los hijos tan buenos que tenía. Y rogó para que su familia fuese protegida de aquella enfermedad tan terrible, producida por la bomba atómica, que se llamaba leucemia.
 Muchas personas seguían falleciendo a causa de esa enfermedad. Aunque hacía ya nueve años que la bomba había caído sobre Hiroshima, el aire había quedado inundado de radiación, una especie de veneno que permanecía en el cuerpo de las personas durante mucho tiempo.
 Sadako se comió el arroz en un santiamén y se tomó la sopa a grandes sorbos. Masahiro aprovechó para comentar que algunas niñas comían como si fuesen dragones hambrientos. Pero Sadako no le prestó atención. Sus pensamientos estaban en otra parte: en el Día de la Paz del año anterior. Le encantaba el gentío, la música, los fuegos artificiales y podía saborear, en su mente, el delicioso algodón de azúcar.
 Sadako fue la primera que acabó de desayunar. Al levantarse de la mesa, casi la vuelca. Era más alta de lo normal para su edad y sus largas piernas siempre tropezaban con algo.
 -Acaba Mitsue chan -apremió Sadako-. Cuanto antes freguemos los platos, más rápido podremos salir.
  Una vez limpia y recogida la cocina, Sadako se ató las trenzas con unos lazos rojos y se plantó en la puerta de la casa a esperar impaciente.
 -Sadako chan -le dijo su madre con dulzura-, no saldremos hasta las siete y media. ¿Por qué no te sientas tranquila hasta que sea la hora de irnos?
  Sadako se dejó caer sobre la estera de tatami. Sus padres nunca tenían prisa por nada. Mientras esperaba sentada, observó una araña que se paseaba, atareada, de un lado a otro de la habitación. Una araña era señal de buena suerte. Ahora Sadako estaba convencida de que sería un magnífico día. Tomó la araña entre sus manos, con mucho cuidado, salió afuera y la puso en libertad.
 -¡Qué tontería! -dijo Masahiro-. Las arañas no traen buena suerte.
 -Ya lo veremos -le contestó Sadako alegremente.»