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viernes, 20 de abril de 2018

La sombra del tiempo.- Carlos Pujol (1936-2012)


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IX

«El canónigo me inundó de consideraciones musicales que desbordaban mis escasos conocimientos, mostrando un absoluto desdén por las misas italianas, sobre todo las napolitanas, que llamó remedos de óperas que era una verdadera irreverencia interpretar durante la misa. Lo que me llevaban a oír venía del otro lado de los Alpes y en las explicaciones que me dio creí percibir alguna oculta intención política, que no me extrañó sabiendo las tensas relaciones que mantenía la Santa Sede con el Emperador de Austria.
 Era curioso cómo Ribetti no perdía ocasión de hermanar dos esferas aparentemente tan distintas como eran la música y la defensa de las luces. Para él, ambas iban estrechamente unidas y la más abstracta y desencarnada de las artes se aliaba siempre en sus palabras a posiciones que conducían a la crítica de lo que solía llamar supersticiones de un mundo viejo que no se resigna a desaparecer. Ahora me llevaba a una misa, no por la misa, claro está, ni por la Cuaresma, sino quizá para demostrarme hasta qué punto la política ilustrada del emperador José podía influir en las artes, mejorarlas y hacerlas sin duda más perfectas y razonables. Saverio le secundó muy bien con lo que me pareció una complicidad ansiosa.
 -Recuerdo que usted lo tomó a broma, Madame, cuando le hablé de la experiencia de los tedeschi -me dijo el canónigo-, pero ahora va a ver lo que es una misa a la alemana.
 -¿Con castrati? -pregunté maliciosamente.
 Hizo un gesto de alegar inocencia, como si quisiera decir que él no había capado a nadie. 
 Pepita no pudo acompañarme porque estaba en cama con catarro. Lloviznaba, sobre el río se veía como un tenue colchón de neblina y el Trastevere ofrecía un aspecto fantasmal. Me llevaron a una viejísima iglesia cuya fábrica era de ladrillos color sangre, que está cerca del Tíber, donde comienza la pendiente del Aventino.  Ribetti me iba señalando a media voz las bellezas y curiosidades del lugar; el naranjo que se suponía plantado por un antiguo santo, el primer naranjo de Italia, según se creía; una artística puerta en madera de ciprés, un fresco de los Zuccari, una Virgen de Sassoferrato. Me fijé en una inscripción ascética y espeluznante: Ut moriens viveret, vixit ut moriturus. Para vivir después de muerto, vivió como quien ha de morir.
 La misa fue realmente singular y la voz de soprano de la schola cantorum, a la que presté una especial atención, no me defraudó en ningún momento: era una voz purísima, que conmovía hasta lo más íntimo y que, a pesar de todos mis esfuerzos, yo no conseguía relacionar con la tragedia humana que sabía que había hecho posible aquel milagro de belleza, aquella garganta que envolvía en una música soberana las viejas palabras latinas, olvidadas de puro sabidas.
 En el primer kyrie el coro fue un único grito implorando la atención divina, que el Señor tenga misericordia, que Cristo tenga misericordia de nosotros, y en seguida las diversas voces recogieron la súplica para repetirla con insistencia una y otra vez, peor modulándola diversamente, no como un clamor general, sino como una impetración persuasiva. Antes ha hablado todo el pueblo, exigiendo casi que Dios dirija su mirada hacia él, hasta que toma la palabra cada uno de los creyentes, su voz se identifica ante Dios y pide entonces por él la misericordia en nombre de todos, pero en el tono personal de quien habla de tú a tú con la Divinidad piadosa que tiene que hacer llover sus dones sobre los humanos.
 El coro vuelve a la súplica una y otra vez, enérgico, gritando, como si temiera una persistente dureza de oído en Dios: hay que llamarle por su nombre, Kyrie, que se sienta aludido, que sepa bien que es a Él a quien enderezamos este ruego clamoroso; que nos oiga, hay que cantar con toda la fuerza de los pulmones, Kyrie, Christe, que nos oiga porque a veces parece estar muy lejos. Ten misericordia, ten misericordia, proclamamos, no ya en latín, en griego, en esa lengua que suena a arcana, a remotísima, ten misericordia; hasta que el coro va bajando la voz, se aplaca, apaciguado su furor y como vencido por la esperanza, seguro de obtener lo que se pide. Dios escucha.
 Luego vino el Gloria jubiloso, insistiendo en la exclamación, que se repite también una y otra vez, gloria, gloria suprema de Dios en las alturas. Lo inimaginable, ¿cómo puede ser la gloria de Dios en lo más alto de los Cielos? Así, ese canto angélico que tiene sabor de eternidad, gloria, no se cansan de repetir. Y luego, mucho más suave, para acomodar el tránsito de dignidad infinita a la condición de simples mortales, y también en la tierra paz, et in terra pax hominibus bonae voluntatis. Ahora estamos entre nosotros, la música se ha hecho más íntima y familiar, más recogida y modesta, alude a nuestra humanidad, pidiendo para ella el don de la paz.
 Pero sólo después, como una concesión permisible, pero claramente secundaria. ¿No es eso lo que más queremos, lo que necesitamos, que la paz reine entre nosotros, que la paz reine en Roma? Pero sólo como una concesión que se hace a unos niños que se empecinan en reclamar el dulce, los postres por encima de todo. Primero, la gloria, la gloria que no podemos ver, ni tan sólo concebir, en un lugar celeste que no nos cabe en la cabeza. Primero la gloria que, según Ribetti, es como incienso, como volutas de humo aromático que se elevan porque sí, sin servir para nada, porque antes quisiéramos la paz para nosotros, que estamos convencidos de ser hombres y mujeres de muy buena voluntad. Exigimos la paz, pero primero hay que pedir la gloria de Dios, no sabemos por qué, no podemos comprenderlo.
 La gloria, la alabanza que sale de nuestros labios. Antes de pedir, ya estamos alabando, Laudamus te, benedicimus te, glorificamus te. Primero alabarte y adorarte glorificarte, lo demás, si hay tiempo, ya vendrá luego. Pero antes que nada esa alegría que se confunde con el triunfo del canto, en otra forma de manifestar nuestra visión de la gloria desde la tierra: Te alabamos y Te bendecimos. Y las voces exultan de júbilo, como si no esperasen ninguna recompensa por su cántico de adoración y bendición, como si el cántico fuese ya la mejor recompensa, la glorificación debida, necesaria, previa y triunfal al Altísimo.»
 
 [El extracto pertenece a la edición de Editorial Bruguera, 1984. ISBN: 84-02-10112-7.]
  

jueves, 5 de noviembre de 2015

"Tiempo de silencio".- Luis Martín-Santos (1924-1964)

 
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 "Hay algo que explica por qué me estoy dejando capar y por qué ni siquiera grito mientras me capan. Cuando castraban los turcos sus esclavos en las playas de Anatolia para fabricar eunucos de serrallo, es cosa sabida que se les dejaba enterrados en la arena de la playa y que a muchas millas de distancia, los navegantes en alta mar podían oír ininterrumpidamente, tanto de día como de noche, sus gritos de dolor o más bien quizá gritos de protesta o despedida de su virilidad. Sistema eficaz de asegurar la asepsia, enterrados hasta media cintura en la arena que es una sustancia limpia, absorbente, que no permite que se pudran las secreciones, que las elimina y que carece de gérmenes patógenos, impregnada en iodo y otras sales marinas de acción carminativa. Pero mejor esto de ahora en que -efectivamente- no sólo no se grita, sino que ni siquiera se siente dolor y por tanto no se puede servir de faro acústico a los incautos navegantes. Pero ahora no, estamos en el tiempo de la anestesia, estamos en el tiempo en que las cosas hacen poco ruido. La bomba no mata con el ruido sino con la radiación alfa que es (en sí) silenciosa, o con los rayos de deutones, o con los rayos gamma o con los rayos cósmicos, todos los cuales son más silenciosos que un garrotazo. También castran como los rayos X. Pero yo, ya, total, para qué. Es un tiempo de silencio. La mejor máquina eficaz es la que no hace ruido. Este tren hace ruido. Va traqueteando y no es un avión supersónico, de los que van por la estratosfera, en los que se hace un castillo de naipes sin vibraciones a veinte mil metros de altura. Por aquí abajo nos arrastramos y nos vamos yendo hacia el sitio donde tenemos que ponernos silenciosamente a esperar silenciosamente que los años vayan pasando y que silenciosamente nos vayamos hacia donde se van todas las florecillas del mundo. Pero no me siento suficientemente desesperado, siento un placer muelle en este arcaico instrumento que galopa, galopa, galopa como un animal con su traqueteo ruidoso de efecto hipnótico que hace coincidir su ritmo con el del electroencefalograma y que por un sistema de acomodación idéntico al que emplean los negros en las tribus primitivas, con sus tam-tam en los coches de fiestas bailando, bailando consiguen -ellos, sí, dichosos- llegar al famoso éxtasis, mientras que aquí ni aun el sueño se consigue. Si llegara al éxtasis, si cayera al suelo y pateara ante la misma cara del predicador viajero podría convertirme, atravesar el lavado necesario del cerebro prevaricador y quedar convertido en un cazador de perdices gordas y aldeanas sumisas. Pero no somos negros, no somos negros, los negros saltan, ríen, gritan y votan para elegir a sus representantes en la ONU. Nosotros no somos negros, ni indios, ni países subdesarrollados. Somos mojamas tendidas al aire purísimo de la meseta que están colgadas de un alambre oxidado, hasta que hagan su pequeño éxtasis silencioso. Tracatracatracatracatracatracatraca traqueteo tracatracatracatracatraca: se puede formar un ritmo, es cuestión de darle una forma, una estructura gestáltica, puede conseguirse un ritmo distinto según la postura en que se ponga a escuchar un ritmo cada dos, un ritmo cada tres, un ritmo cada cuatro y luego repetir, o bien otro ritmo como en las figuras ópticas se puede ver una copa o el perfil de una cara. Racionalismo mórbido, qué me importan a mí los ritmos, las figuras y las gestalten si me están capando vivo. ¿Y por qué no estoy desesperado? Es cómodo ser eunuco, es tranquilo, estar desprovisto de testículos, es agradable a pesar de estar castrado tomar el aire y el sol mientras uno se amojama en silencio. ¿Por qué desesperarse si uno sigue amojamándose silenciosamente y las rosas siguen sien... las rosas?... ajjj. Podrás cazar perdices, podrás cazar perdices muy gordas cuando los sembrados estén ya... podrás jugar al ajedrez en el casino. A ti siempre te ha gustado el ajedrez. Si no has jugado al ajedrez más es porque no has tenido tiempo. Acuérdate que antes sabías la defensa Philidor. El ajedrez es muy agradable y además al no estar desesperado, qué fácil será acostumbrarse si uno no está desesperado. Será muy fácil, no habrá más que estar quieto al principio porque, al moverse, puede rozarse la herida. Primero estar quieto. Entonces vendrá una mujer, una linda mujer a tu consulta y te dirá lo que padece, prurito de ano. Tú la diagnosticarás sin esfuerzo, le recetarás lo que necesita. Ella dirá, es simpático el nuevo. Por poco tiempo que tengas que esperar a que venga esa mujer tendrás tiempo para que se te pase. Se te habrá pasado todo. Entonces dirán, es mejor que el otro. El nuevo es mejor. Habrá algunos que todavía no, que todavía creerán que el viejo es mejor o que les dará vergüenza dejarlo. Mejor, porque si no, no tendrías tiempo suficiente para cazar perdices. Estarás así un tiempo esperando en silencio, sin hablar mal de nadie. Todo consiste en estar callado. No diciendo nunca nada de eso".