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miércoles, 10 de mayo de 2017

"El enigma de los dinosaurios".- John Noble Wilford (1933)


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Primera parte
 4.-Un nombre para un fenómeno

«Sólo aquellos con lengua ágil pueden pronunciar los nombres de los descubrimientos que siguieron a los del Megalosaurus de Buckland y del Iguanodon y el Hilaeosaurus de Mantell. Para 1841, a esa serie de reptiles arcaicos se unieron el Macrodontonphion, el Thecodontosaurus, el Paleosaurus, el Plateosaurus,  el Cladeidon y el Cetiosaurus y sus restos fósiles trataban de decir a los científicos algo sobre la vida en el mesozoico. Esas criaturas recién descubiertas parecían ser lo suficientemente distintas de los reptiles modernos o de los gigantes marinos, como el Mosasaurus de Cuvier o el Ichthyosaurus de Mary Anning, como para merecerse un nombre familiar ellos solos. Y así pasaron a ser conocidos colectivamente por el nombre más fácil de pronunciar de Dinosauria, es decir, de dinosaurios.
 Ese nombre se debe a la inspiración de Richard Owen, un brillante especialista en anatomía y paleontología a quien en su tiempo se le llamó el Cuvier inglés. Su ascensión hasta tan altas cumbres profesionales fue muy rápida. Nacido en Lancaster en 1804, se convirtió en estudiante de cirugía mientras aún era un adolescente y aprendió anatomía gracias a la realización de incontables autopsias en presos. La experiencia marcó el rumbo de su carrera. Muy pronto su fama como profesor de anatomía del Colegio Real de Cirujanos fue tan grande que se solicitaban sus opiniones en todas las cuestiones de anatomía comparada y de reptiles fósiles. Fue él quien dio nombre a los dos fósiles descubiertos más recientemente: el Cladeidon, del triásico, y el Cetiosaurus, del jurásico.
 Owen era capaz de despertar respeto pero no afecto. Era un hombre pomposo y afectado. No le gustaba ser llamado el Cuvier inglés porque se consideraba superior a su colega francés. Estaba convencido de que era infalible y ofrecía sus opiniones, consecuentemente, como veredictos mediante oscuros polisílabos. Con el transcurrir de los años sus colegas tuvieron razón en desconfiar de él porque, según decían, era capaz de apropiarse del descubrimiento de cualquier otro. "Hay que deplorar profundamente -escribió Mantell- que este eminente hombre y magníficamente dotado nunca sea capaz de actuar con sinceridad y liberalidad." El propio aspecto físico de Owen reforzaba su reputación de hombre frío y remoto. Era alto y desgarbado, con una gran cabeza de frente despejada. Tenía la boca grande y apretada, con la mandíbula prominente. Sus ojos salientes de pez podían ser terroríficos.
 Ésta fue la figura adusta que se presentó en la reunión anual de la Asociación Británica para el Progreso de las Ciencias, celebrada en Plymouth el 2 de agosto de 1841. Owen expresó muchos reparos con respecto a los reptiles fósiles, en particular sobre el Iguanodon, el Megalosaurus y el Hylaeosaurus. Eran, indudablemente, criaturas gigantescas, pero, ¿se trataba de lagartos gigantes? Aunque ya Mantell había conjeturado que eran algo distintos de los otros reptiles arcaicos, eran muchos los científicos que los consideraban simplemente como lagartos excesivamente desarrollados, debido, quizá, a la influencia de Cuvier quien, a juicio de Owen, los había conducido a error debido a su correcta identificación del Mosasaurio como una especie extinguida de lagarto. En su escrutinio de los fósiles, Owen observó muchas características que, así se lo dijo a su audiencia en Plymouth, le "ofrecían suficientes motivos para establecer una tribu o suborden distinto de reptiles saurios" para los cuales propuso el nombre de dinosaurios (Dinosauria).
 Owen acuñó ese nombre a partir del griego deinos, que significa "terrible" o "espantosamente grande" y sauros que significa "lagarto". Dinosaurio, el terrible lagarto. Es curioso que eligiera una palabra que significaba lagarto cuando estaba pensando, precisamente, en separar a esta criatura de la familia de los lagártidos, pero es posible que utilizara la palabra saurio en su sentido más general que significa "reptil".
 Durante dos horas y media Owen siguió hablando, estableciendo sus razones para una nueva clasificación de la vida animal extinguida. Su principal argumento era que, a diferencia de otros saurios gigantes, aquéllos eran criaturas terrestres más que acuáticas. Otra diferencia era que, en contraste con otros reptiles, tenían la característica común de poseer cinco vértebras fundidas en el cinturón pélvico. Sus enormes esqueletos -aún no habían sido descubiertos los pequeños dinosaurios- sugerían que tenían cuerpos más masivos y pesados que los alargados lagartos y mosasaurios. A Owen le recordaban a los mamíferos paquidermos. [...]
 Owen, en efecto, estaba dibujando el primer diseño de lo que más tarde serían los grandes murales que encantarían a la humanidad. No tenía dudas de que habían sido criaturas imponentes, lagartos terribles del tamaño de un elefante. Sin embargo, tenía la impresión de que algunas estimaciones de su estatura, que se basaban en extrapolaciones sobre las medidas estandarizadas de los lagartos, eran ridículas. Debido a la comparación de los dientes y la clavícula del Iguanodon con los de la iguana, por ejemplo, los paleontólogos habían llegado a aceptar dimensiones de treinta y cinco metros de longitud para el extinguido reptil. Owen propuso que, en vez de hacerse así, los cálculos se basaran en el tamaño y el número de las vértebras, un método que aún se sigue empleando en la actualidad. Eso nos da una longitud más razonable para el Iguanodon, de ocho metros, y de nueve metros para el Megalosaurus.
 Pero el interés de Owen por los dinosaurios iba más allá de su tamaño y forma. Cuando continuó con la exposición de su "Informe sobre los reptiles fósiles en Gran Bretaña", reveló sus auténticos matices. Era esencialmente antievolucionista o, cuando menos, antilamarckiano. Aunque creía que las especies habían cambiado con el paso del tiempo, Owen estaba convencido de que cada uno de los animales dentro de uno de los grandes grupos eran variaciones de un mismo tema, del "arquetipo ideal" y de que la "mente divina que había planeado el arquetipo también conocía anticipadamente todas sus modificaciones". Su evolución preplaneada era antitética a las heréticas ideas de Jean Baptiste Lamarck, contemporáneo de Cuvier. Lamarck creía en la evolución pero no en la extinción; las especies no desaparecían sino que iban cambiando gradualmente, transformándose en algo diferente y, a su juicio, mejor.
 Aunque Darwin  aún tenía que publicar su teoría, la evolución era ya materia divisoria en el campo científico.»
 

martes, 5 de mayo de 2015

"Viaje al centro de la Tierra".- Jules Verne (1828-1905)


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XXXVIII
 "Nuevos restos exhumados del terreno terciario plioceno habían permitido a otros sabios más audaces designar mayor antigüedad aún a la raza humana. Verdad es que dichos restos no eran osamentas de hombres, sino únicamente objetos de su industria, tibias, fémures de animales fósiles, extraídos regularmente y esculpidos hasta cierto punto, que llevan el sello de un trabajo humano.
 El hombre, por consiguiente, subía de un solo salto muchos siglos en la escala de los tiempos; precedía al mastodonte, se hacía el contemporáneo del elephas meridionalis; tenía, en fin, 100.000 años de existencia, puesto que esta antigüedad es la que señalan los más acreditados geólogos a la formación del terreno plioceno.
 Tal era entonces el estado de la ciencia paleontológica; y lo que nosotros de ella conocíamos bastaba para explicar nuestra actitud ante aquel osario del mar Lidenbrock. Se comprenderán, pues, los aspavientos y arrebatos de mi tío, sobre todo cuando veinte pasos más adelante se halló en presencia, o por mejor decir cara a cara, con uno de los ejemplares del hombre cuaternario.
 Era un cuerpo humano absolutamente reconocible. ¿Le había conservado durante muchos siglos un terreno de una naturaleza particular, como el del cementerio de San Miguel de Burdeos? No puedo decirlo. Pero aquel cadáver, con el tegumento distendido y apergaminado, con los miembros aún blancos, al menos a simple vista, con los dientes intactos, la cabellera abundante, las uñas de las manos y de los pies excesivamente largas, se presentaba a nuestros ojos tal y como había vivido.
 Quedé mudo delante de aquella aparición de otra edad. Mi tío, tan locuaz generalmente, tan impetuosamente disentidor, callaba también. Levantamos aquel cuerpo. Nos miraba con sus cóncavas órbitas. palpamos su sonora cavidad torácica.
 Después de algunos instantes de silencio, el profesor se sobrepuso al tío. Otto Lidenbrock, dominado por su temperamento, olvidó las circunstancias de nuestro viaje, la atmósfera en que nos hallábamos, la inmensa caverna que nos contenía. Se creyó sin duda en el Johannaeum, perorando delante de sus discípulos, pues tomó un tono doctoral y se dirigió a un auditorio imaginario.
 -Señores -dijo-, tengo la honra de presentaros un hombre de la época cuaternaria. Eminentes sabios han negado su existencia, y otros no menos eminentes la han afirmado. Los santo Tomás de la Paleontología, si estuviesen aquí, lo tocarían con el dedo y se verían en la precisión de reconocer su error. Ya sé que la Ciencia debe ponerse en guardia contra los descubrimientos de este género. No ignoro la explotación de hombres fósiles que han hecho los Barnum y otros charlatanes de la misma calaña. Conozco la historia de la rótula de Ajax, la del pretendido cuerpo de Orestes hallado por los espartanos, y la del cuerpo de Arterius, de diez codos de largo, del que habla Pausanias. He leído las Memorias que se han escrito sobre el esqueleto de Trapani descubierto en el siglo XIV, en el cual se pretendía reconocer a Polifemo, y la historia del gabinete desenterrado en el siglo XVI, en las inmediaciones de Palermo. Tenéis noticia, señores, lo mismo que yo, del análisis practicado cerca de Lucerna, en 1577, de las colosales osamentas que el célebre médico Félix Plater declaró pertenecían a un gigante de diecinueve pies. He devorado los tratados de Cassanion, y todas las Memorias, folletos, discursos y contradiscursos publicados respecto del rey de los cimbrios, Teutoboco, el invasor de la Galia, extraído de un arenal del Delfinado en 1613. En el siglo XVIII, había yo combatido con Pedro Campet la existencia de los preadamitas de Scheuchzer. He tenido en mis manos el escrito llamado Gigans...
 Al llegar aquí reapareció el achaque natural de mi tío, que en público no podía pronunciar las palabras difíciles.
 [...]
 -Gigantosteología -dijo por fin el profesor Lidenbrock entre dos juramentos.
 Después, animándose porque había salido ya del mal paso, prosiguió:
 -Sí, señores, lo sé todo. Sé también que Cuvier y Blumenbach han reconocido en esas osamentas simples huesos de mamut y de otros animales de la época cuaternaria. Pero en el caso que pretendo, la duda sólo sería una injuria a la Ciencia. ¡A la vista tenéis el cadáver! Se le puede ver y tocar. No es un esqueleto, sino un cuerpo intacto conservado únicamente con un objeto antropológico".