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sábado, 8 de agosto de 2020

Una familia venida a menos.- Nikolái Leskov (1831-1895)

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Capítulo XIV

  «Como se ha visto en las primeras páginas de estas notas, tras enviudar inesperadamente la abuela no fue en busca de distracciones como lo habría hecho cualquier dama hoy día, sino que se aplicó de inmediato a poner en orden sus bienes, algo muy razonable e imprescindible dado que durante la estancia de los príncipes en San Petersburgo las cosas no marcharon como debían en la aldea. Al quedarse sola, se ocupó a toda costa de poner sus asuntos económicos en orden y comenzó por actuar sobre las verdaderas fuerzas vivas del imperante régimen de servidumbre, es decir, los campesinos.
 Hoy en día es común que mucha gente crea que cuando regía el derecho feudal no había mucha necesidad de saber llevar los negocios, como si entonces la situación de muchos, muchísimos, hacendados no hubiera sido tan desesperada como para que muchas personas sagaces adivinaran ya entonces que en un futuro cercano se asistiría al momento en que la vieja nobleza rural acabaría "viniendo a menos". Naturalmente, aquella situación dependía de diversas causas, entre las cuales, sin embargo, la principal era la incapacidad para comprender que su interés personal estaba íntimamente atado al interés general y ante todo al bienestar material y moral de los campesinos.
 La abuela, quien consideraba las cosas con simplicidad y sentido práctico, no separaba la moral de la religión. Profundamente devota como era, quienes no respetaban la religión nada contaban para ella. "Por sabia que parezca a primera vista una persona sin religión -solía decir-, no es alguien en quien se pueda confiar porque ha perdido el sentido de la vida". Y esa era, para ella, una razón suficiente, pues su sentido de la vida se basaba en una lógica sorprendente. La princesa observaba escrupulosamente las normas de la iglesia ortodoxa, pero su exigencia de religiosidad en los demás no presuponía ni remotamente la preferencia de la fe que ella compartía sobre cualquier otra. Bien al contrario, no ocultaba que "respetaba todas las religiones buenas".
 La princesa no temía la libertad de pensamiento en asuntos de fe o de conciencia y disfrutaba las charlas sobre cuestiones espirituales con interlocutores inteligentes y manifestaba resueltamente sus propias ideas. Dotada de una suerte de instinto religioso, era muy audaz en materia de fe y afrontaba sin temor las objeciones que se le planteaban. De hecho, daba la impresión de que gustaba de esas contradicciones. "Hay que sacudir los árboles para que desarrollen raíces fuertes -decía-. Los que gozan de mucho abrigo se tienen mal sobre la tierra".
 No me gustaría, sin embargo, que mis palabras condujeran a pensar que la abuela era deísta o indiferente en materia de fe. Lo recalco, pues: la princesa era una fervorosa creyente en la ortodoxia que abrazó desde niña; no sólo pertenecía a esa comunidad de creyentes, sino que la apoyaba con fuerza. Observaba los ayunos y frecuentaba la iglesia. Conocía al dedillo la liturgia y gustaba de la precisión y la magnificencia durante los oficios. La irritaba que los popes se sonaran la nariz en el altar o que se secaran las barbas con el paño que cubría el facistol, que los diáconos chillaran o que los sacristanes se saltaran las palabras en la lectura del salterio y sobre todo de los seis Salmos penitenciales, que la abuela conocía de memoria.
 Fue desde su apego a la religión que la princesa dio inicio a su señorío como viuda. Su primera decisión fue requerir a las iglesias los registros de confesiones para establecer quiénes de los campesinos acudían a la iglesia y quiénes no lo hacían. De aquellos que continuaban siendo adeptos a la antigua fe sólo exigió que lo admitieran sinceramente y seguidamente dispuso que el clero no los molestara ni obligara a recurrir a sus servicios espirituales.
 -Que recen donde les plazca -dijo de ellos-. No hay más que un Dios y es más grande que la Tierra.
 En cuanto a sus campesinos seguidores de la fe ortodoxa, la princesa los dividió en grupos de manera que pudieran prepararse para la comunión  sin interrumpir los trabajos; velaba personalmente por que ninguno de ellos se apartara de la religión, algo, por cierto, de lo que siempre culpaba al clero más que a los apóstatas. El clero, según sus propias palabras, la hacía sufrir mucho pues los clérigos eran "perezosos, codiciosos y negligentes en sus tareas, además de ignorantes de las Escrituras".
UNA FAMILIA VENIDA A MENOS, Nikólai Leskov (El aleph) | LEO CUANTO ... Los sacerdotes de sus aldeas no se atrevieron nunca a entablar disputas con la princesa acerca de las reglas eclesiásticas o la liturgia. Ella lo era todo para ellos: la administradora de su diócesis, su consistorio y su obispo. Y una vez que tomó posesión del mando, no hubo sacerdote al que se le ocurriera buscarle las cosquillas a algún campesino por el grado de parentesco que lo unía a su futura mujer.
 A la menor dificultad, "Su Eminencia" abría el Reglamento canónico, estudiaba el caso en cuestión y tomaba una decisión inapelable, por razón tan sencilla como que sus decisiones siempre eran las correctas.
 Ese mismo espíritu imperó sobre el resto de las numerosas cuestiones que tenía a su cargo. Ponía tal cuidado en el bienestar de los campesinos que buscaba saber todo lo que los concernía, y para conseguirlo llevaba una vida que la hacía asequible a cualquiera. Todos sin distinción podían acudir ante la abuela a plantearle los problemas que los atormentaban, por nimios que fueran. Si un capataz se negaba a autorizar a un campesino a acudir a una feria a vender un carnero y comprar cáñamo, sal o alquitrán con el producto de la venta, y el campesino consideraba injusta la prohibición, acudía  a quejarse a la princesa. En tales casos, la abuela salía sin falta a escucharlo pacientemente y decidía si llevaba o no razón. En el primer caso, el campesino era autorizado a viajar a la feria; en el segundo, la princesa tomaba nota de su nombre y en caso de reincidencia se lo privaba por un período de tiempo del derecho a presentarse ante ella. Esos desgraciados, que se veían privados temporalmente de la protección más justa y poderosa, sentían cómo se había abatido sobre ellos la justificada ira de Varvara Nikoláyevna y en adelante se cuidaban de atraérsela de nuevo.
 Los castigos eran raros y no se cebaban en la víctima, pero los había, sí, y muchas veces la princesa sabía de ellos, si bien, justo es decirlo, no se sentía especialmente afectada por ellos. Solía decir: "Cuando la clemencia no sirve de nada, la severidad se convierte en una forma de la piedad".
 Muy pronto los campesinos sumaron a sus elogios de la devoción de la princesa los todavía más encendidos encomios de su inteligencia y su justicia. Las aldeas que poseía prosperaban y se enriquecían: sus siervos adquirían tierras de las cercanías en su nombre y creían más en ella que en sí mismos.
 […]
 Sin frases altisonantes y con apenas decisiones tan sencillas como las que he descrito aquí, la princesa consiguió que la gente la sintiera cercana o, como se dice hoy en día, "se fundió con el pueblo". Para sus súbditos fue siempre una dama, una princesa genuinamente popular, una gran señora...
 Así percibían los siervos a la princesa. Ahora explicaré cómo la consideraban sus conciudadanos libres.»

    [El texto pertenece a la edición en español de El Aleph Editores, 2010, en traducción de Jorge Ferrer Díaz. ISBN: 978-84-7669-957-7.]

sábado, 20 de julio de 2019

Tres episodios de una vida.- René Fülöp Miller (1891-1963)


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La mesa redonda del tío Joca

«Todos los años, toda la familia se reunía en la sala de plata con motivo de la fiesta onomástica del tío, el 17 de julio, día del patrón, en que caía también la fiesta de la bendición de la casa solariega. Desde la muerte del abuelo, tío Joca, en cuanto cabeza de familia, tenía el deber de mantener viva esta tradición pía. Emprendía sus viajes siempre de modo que pasaba en Caran la fiesta del patrón.
 Por la mañana se realizaba la bendición solemne. Todos los miembros de la familia estaban reunidos ya muy de mañana, con expectación de fiesta. Cuando el pope Gidiu entraba en la casa, las criadas y mozos abandonaban sus tareas, iban corriendo a la sala de plata y se colocaban detrás de la familia, a distancia conveniente.
 Comenzaba la ceremonia de bendición. "Con bendición celestial sea consagrada y protegida esta casa, en Su Santo Nombre trino y uno", decía el pope con voz sonora, y mientras asperjaba la sala de plata echando agua bendita a los cuatro vientos, tío Joca salía de la fila de parientes. El pope le echaba la bendición, y después de él, a todos los demás presentes, por su edad y su categoría.
 Luego se adelantaban tres criadas y otros tantos criados. La primera criada daba un pan fresco al pope; la segunda, una cesta llena de fruta madura; y la tercera, una gallina degollada para la fiesta. El criado de más antigüedad ofrecía una botella de aguardiente de trigo; otro, una jarra de agua; y el último, una pala con lumbre del hogar. El pope bendecía el pan, las frutas, el animal degollado, el aguardiente y los elementos.
 Cuando el pope había terminado sus funciones y salido de la casa, la servidumbre y las mujeres de la familia se apresuraban a disponerlo todo para la recepción de las visitas.
 No habrá habido persona de prestigio y categoría que ese día haya dejado de ir a ofrecer sus respetos al tío. La sala de plata estaba repleta a ratos, de modo que algunos agasajadores tenían que esperar turno en el pasillo. Pero por más visitantes que acudieran, todos habían salido de la casa antes del toque de las doce y no quedaba más que la familia. Aderezábase para ella la mesa oblonga en la sala de plata.
 Mas el banquete propiamente dicho se servía, no en la sala de plata, sino en el pasillo abovedado. Allí se ponía la mesa para los pobres, la cual era mucho más espléndida que la de los parientes en la sala de plata, puesto que según la antigua tradición, el sentido propio de la fiesta del patrón estaba en agasajar a los indigentes. En demostración de gratitud hacia Dios, el rico y bien formado debía convidar ese día a los mendigos y lisiados, para que en ágape común se borrara la diferencia entre ricos y pobres.
 Tío Joca solía exagerar esta tradición ortodoxa en muchos respectos. Se sentaba a la mesa de los mendigos, lo cual no había hecho ninguno de nuestros antepasados. Y la opulencia de su banquete para lo mendigos excedía en mucho las proporciones usuales.
 En julio mandaba ya cebar puercos y gansos para el banquete de lo mendigos, y la víspera de la fiesta iba él mismo al corral para escoger a los capones más gordos. Traía de la bodega los vinos más añejos y las bebidas más exquisitas para sus convidados pobres. También se preocupaba él mismo por la calidad de las frutas y por la sabrosidad de los pasteles.
 "Sólo lo mejor, sólo cosas de primerísima calidad -ordenaba a las tías y a las primas ocupadas en preparar la comida-, y todo en abundancia, ¡han de tenerlo todo en abundancia!"
 El día en que se agasajaba a los pobres, vaheaban y gorgoteaban los manjares más exquisitos en el horno de la cocina. En las sartenes chirriaba la grasa del asado, y la hornilla estaba llena de deliciosos pasteles. Abajo en el patio se asaban en el asador, a la lumbre, seis piernas de carnero y cuatro lomos de buey. En el pasillo se percibía olor a ganso bien tostado y a berza roja rehogada, olor que no era posible sentir sin que se le hiciera a uno agua la boca.
 La mesa estaba ya colmada de manjares y bebidas. Pardos lechones asados, estofado de lomo de corzo, sabrosa riñonada de ternera, salchichas ahumadas, tocino gordo y conejos guisados, así como budines, tortas y fruta estaban ya en todas partes y las criadas traían todavía platos y más platos. Parecía cosa de nunca acabar. Los mozos hacían rodas barriles de cerveza y de aguardiente de doble destilación. Y cuando las campanas anunciaban el mediodía, todo estaba listo para el banquete de los pobres.
 El toque de las doce anunciaba el comienzo del banquete. Primero no era sino el campaneo de todos los días, mas luego se agregaban las campanas grandes y pesadas, que sonaban sólo en los días de Navidad y Pascua de Resurrección. Un solemne retumbar se derramaba por sobre la ciudad.
 "¡Las campanas del señor Joca!", decía la gente. Y todos sabían que iba a comenzar un espectáculo muy curioso.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editora Espasa-Calpe Argentina, 1946, en traducción de Sigisfredo Krebs.]