Mostrando entradas con la etiqueta Happening. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Happening. Mostrar todas las entradas

martes, 17 de octubre de 2017

"El paso tan lento del amor".- Héctor Bianciotti (1930-2012)


Resultado de imagen de hector bianciotti  
31

«Nada podía arrastrarme a semejante desconcierto, pero la única posibilidad de vivir me era ofrecida por España y me resigné a ello. Liberado de la dictadura delirante de Perón, nutrida, día tras día, por la cacería política y la delación generalizada, el 30 de octubre de 1955 ingresé en la negra España del Caudillo, la del despotismo férreo, bien que sin escándalo.
 El argentino no ama a España, la Madre Patria: lejos estaba yo de suponer, sin embargo, al cruzar la frontera en Irún, hasta qué punto la detestaría.
 Transportado por la adversidad de una tiranía a otra, me sorprendía que hubiese hombres que desearan furiosamente el poder y se instalaran en él sin experimentar el terror que debería acompañarlo. Mi opinión política, bauticémosla así -una anarquía limitada por el respeto al otro-, se formó en gran parte con la contribución de mi padre, sin que él lo supiera.
 Yo tenía nueve años en 1939, cuando estalló la guerra en Europa, y ver a mi padre sonreír al escuchar las noticias que transmitía, con fuertes crepitaciones, el aparato de radio, cuando anunciaba el retroceso de los Aliados y marcar de inmediato sobre el mapa de Europa, que se había procurado Dios sabe dónde, la posición de los alemanes, me enseñó a llevar la cuenta de los avances de unos y otros y a alegrarme de lo que él lamentaba.
 Nunca lo suficientemente pedante, él ignoraba, sin embargo, que yo me rebelaba, oponiéndome a él en todo lo que estaba a mi alcance y, sobre todo, por precaución, en todo aquello que no lo estaba.
 En este punto me gustaría entrar en la habitación con piso de baldosas rojas y destartaladas de la pensión madrileña, pero la memoria, que prefiere los ecos y las afinidades antes que la cronología, me conduce, casi seis años más tarde, a la que el Greco ocupa en un hotelucho de París, en la Rue Dauphine.
 Subo una escalera que huele a humedad, tropiezo con los escalones, las varillas de cobre que ya no retienen sino a intervalos la alfombra deshilachada. En lo alto de cada tramo, la luz de una bombilla desnuda. Unos escalones después del último descansillo, se abre la puerta "32".
 El Greco, a medias tendido sobre su cama, las piernas replegadas, dibuja. La habitación, que parcialmente pierde su revoque, forma una suerte de trapecio; los lados más largos esbozan una perspectiva, aunque ésta aparece falseada a causa de la ventana ubicada al costado del punto de fuga. Esto es lo que el Greco está dibujando.
 Revienta de risa al poner bajo mi vista un croquis, al tiempo que me señala el techo: "Dios es un humorista... esta pieza ¡la ha dejado sin terminar!"
 [...] Por completo, desprovisto de dinero, el Greco evitaba salir del hotel pues temía, al volver, encontrarse con su equipaje depositado en la recepción; no pagaba su habitación desde hacía varias semanas y nadie, entre sus relaciones, tenía miedos para resolver su situación, si bien sus amigos compartían con él lo que lograban procurarse: un croissant por aquí, una porción de pizza por allá, una torta y agua helada, que era por entonces la bebida favorita del Greco. 
 Le había llevado un guisado, a primera vista muy apetitoso y justo al alcance de mi bolsillo, sin calcular la impresión de disgusto que al abrir el paquete podía experimentarse ante el contraste entre esa carne y esas legumbres embebidas en caldo, y la caja de cartón que las contenía y que en el camino se había humedecido.
 Se rio a carcajadas y, al instante, conmovido por mi pena, emanó de él, súbitamente apaciguado, una extraña dulzura, mezcla de animal, de ángel y de niño, todo entero en la luz de su mirada azul.
 Ese día fue cuando me habló de su muerte: no estaba en él la negación de sí mismo, al contrario; más que el presentimiento, tenía la certeza de morir joven y que "se trataría" de suicidio; hablaba de ello como si alguien que fuese más él mismo que él, fuera a ejecutar la tarea en su lugar.
 En ese momento en que lo vuelvo a ver, cercado por la ignorancia de lo que va a ocurrirle, el Greco enciende la lámpara de la mesa de noche. Estamos de pie, el desorden del lecho nos separa. Afirma que prefiere "una muerte juvenil" -ésa fue su expresión- porque toda su vida, no importa a qué edad concluya, es una vida realizada. Y oigo de nuevo las inflexiones irónicas de su voz: "No será dramático, será justo como beber un vaso de agua. Mi único miedo es retrasarme... Me quedan por hacer muchas cosas". Y ríe.
 El humor -se aferraba a él- quedaba a salvo; lo necesitaba.
 Y una y otra y otra vez, y otra vez más, y nuevamente, con las alas cortadas pero con el impulso intacto, voló -durante los breves años asignados por el destino a su trabajo, los tres años que le quedaban por vivir- hacia algunas gloriosas derrotas. Como a cualquiera, le había llevado largo tiempo traducir en pensamiento lo que desde siempre le proponía su sensibilidad.
 La belleza, como objetivo del arte, ¿le parecía una vanidad, y el saber mostrar más importante que el saber hacer? Abandonó pinceles y lápices por una barra de tiza con la cual trazaba círculos en torno de los transeúntes de Saint-Germain-des-Prés, obligando así a la gente sentada en las terrazas, a mirarlos.
 [...] El dedo, y el Greco: "El Arte Vivo es la aventura de lo real. El artista enseñará a los demás a mirar de nuevo lo que pasa en la calle. El Arte Vivo busca al objeto, pero 'el objeto hallado' lo deja en su lugar, no lo transforma, no lo 'mejora'. El Arte Vivo es contemplación y comunión directa. Quiere terminar con la premeditación que implican la galería y la exposición. Debemos ponernos en contacto con los elementos vivos de nuestra realidad: movimiento, tiempo, personas, conversaciones, olores, ruidos, lugares, situaciones. Arte Vivo. Movimiento Dito. Alberto Greco, 24 de julio de 1962, a las 11.30".
 Tal el manifiesto "Dito del arte vivo" -o "Dedo del arte vivo"- que concibió y publicó en Génova, ciudad que, entre todas las de Italia, es la primera que el niño argentino conoce enseguida, de oírla nombrar, pues cree que de Génova partieron las carabelas de Cristóbal Colón, La Niña, La Pinta y la Santa María.
 El Greco expuso en París una caja de vidrio llena de ratones, y los liberó al paso del presidente de la República de Italia, durante una ceremonia oficial en Venecia; y en Roma, con un cómplice, Carmelo Bene, aún no famoso, que montaba sus primeras obras en un teatrito próximo a la Ciudad del Vaticano, se lanzó a un happening frente a un público de alto copete.»
 

jueves, 1 de junio de 2017

"El devenir de la crítica".- Gillo Dorfles (1910)

 
Resultado de imagen de gillo dorfles  
Segunda parte: De la poesía visual al "body art"
 XV.-Happening y Body art

«Como sucede con otras prácticas del arte contemporáneo, también el happening necesitaría una definición y una precisión que todavía no se le ha dado. De todos modos, podríamos intentar definirlo de la forma siguiente: "Aquella acción o conjunto de acciones que tienen una finalidad artística (pero que a menudo pueden ser antiestéticas), realizadas por una o más personas de forma improvisada y extemporánea y que ofrecen la característica de carecer de programación previa."
 En efecto, los primerísimos happenings -aquellos cuyo ejemplo serían los realizados por Kaprow- eran, en general, de esta clase. Sin embargo, es verdad que a menudo se han incluido en la categoría de happenings los diversos Conciertos Fluxus, donde, por el contrario, casi siempre existía una programación previa. Este hecho es demostrativo en sí de la dificultad que supone intentar delimitar precisamente las diversas manifestaciones de este campo, a fin de poder ofrecer una exacta precisión al respecto.
 El happening, desde luego, ofrece una de las características más típicas de las artes visuales en la segunda mitad de nuestro siglo: la extemporaneidad, la improvisación e inmediatez ejecutiva, y también la virtud de implicar al espectador en la acción, haciendo que sea un copartícipe de la misma. Y tal vez ésta sea su característica más importante, como podremos ver. Asimismo, otras formas artísticas se han servido de la inmediatez ejecutiva y de las acciones miocinéticas: típico sería, por ejemplo, el caso del action painting. Un artista perteneciente a esta corriente, por ejemplo Pollock, creaba a menudo movido por impulsos repentinos, sin haber previsto cuál sería el producto final de su "acción". Otra forma de prehappening se pudo observar en las "acciones" del grupo Gutai, como también en algunas operaciones realizadas por Klein en Francia y por Manzoni en Italia. Ahora bien, la diferencia sustancial entre happening y action paintig consiste en el hecho de que el primero tiene como condición específica la de ser un acontecimiento provocado para obtener la inmediata participación del público. Y es, sin duda, este importantísimo hecho el que lo aproxima al body art, que puede considerarse precisamente como una especie de acción teatral más limitada, que tiene como actor al artista y como "lugar elegido" para la acción y como "obra" realizada el propio cuerpo del artista.
 ¿En qué se diferencia sustancialmente el verdadero happening del body art? En el hecho de que el primero es una improvisación en la que a menudo participan los "usuarios", mientras que el segundo debe considerarse como una realización que responde en general a un programa de gran precisión, en el cual no es necesaria la participación del público. La época del verdadero happening ha concluido ya su momento histórico y cerrado su ciclo; los Conciertos Fluxus pertenecen de ahora en adelante a la historia. Del verdadero happening hemos pasado muchas veces a las acciones duraderas, tales como los "ambientes" de Vostell, los de Vaccari o los de Patella; a las operaciones del body art tales como las de Gina Pane, de Arnulf Reiner, de Beuys, de Dan Graham, de Chiari; a las performances frecuentemente mezcla de danza, gimnasia rítmica y body, como las de Trisha Brown, de Meredith Monk, de Simone Forti, o a aquellas -mucho más teatrales- de Pistoletto y de Fabio Mauri.
 Además, se ha pasado a la reproducción de estas "acciones", gracias a la fotografía, la televisión y el vídeo-tape. En este sentido, se ha superado aquel estadio del happening primitivo, destinado a no perpetuarse y que hallaba en esa condición su cualidad de extemporaneidad, cualidad ésta que confería su real encanto a operaciones que -por el hecho mismo de estar destinadas a ser reproducidas- han perdido casi siempre su primitivo carácter mágico y ritual. 
 Entonces, ¿se puede hablar de happening en estos últimos casos? Opino que no. Casi todos estos artistas parten en general de un esquema preciso que fue cuidadosamente preparado: será, por ejemplo, el teclado del piano sobre el cual Chiari ejercita sus gestos; serán los fieltros, el sombrero, la pizarra sobre los cuales Beuys dirige sus sermones; será el propio cuerpo modificado, lesionado, enmascarado, desfigurado (véanse los casos de Reiner, de Brus, de Schwarzkogler), o serán las escenas del "Teatro de las Orgías y de los Misterios" de Nitsch, chorreantes de sangre y de vísceras de ovejas degolladas, con espectadores desnudos que se embadurnan con esas vísceras aún humeantes, escenas que se hallan a gran distancia de aquello que originalmente era el carácter específico del happening. Otro componente que se ha perdido en muchas de las "acciones" y de las actuales performances respecto al happening primitivo es la peculiar temporalidad del mismo. El happening se desarrolla siempre en un tiempo real, que transcurre en la misma forma, bien sea para el espectador, bien sea para el creador; y transcurre en un tiempo muy diferenciado del teatral, que es siempre un tiempo ficticio.
 Tal vez sea en este "descarte temporal" donde radique el secreto de la originalidad del happening (y también de muchas prácticas del body art), si se lo compara con el teatro o con el espectáculo cinematográfico y televisivo.
 Existe una última categoría de "acciones" que, en parte, pueden acercarse al happening y que, sin embargo, se alejan del body art y que son, precisamente, las acciones que se efectúan sobre la ciudad, sobre el territorio, como sería el caso de algunas operaciones "desequilibradoras" ideadas por Ugo La Pietra, que actuando sobre el entramado urbano, hace que un número importante de personas -todos los habitantes del sector urbano sobre el que se actúa- se vean implicadas en la acción creadora del artista.»