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jueves, 5 de octubre de 2017

"Playas, ciudades y montañas".- Julio Camba (1884-1962)


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Primera parte: Galicia 
La cursilería del regionalismo

«Ahora llego a Galicia y algunos paisanos suponen que yo he tenido devaneos con Málaga el verano pasado, que me he madrileñizado excesivamente o que soy un gallego-andaluz, según la frase de Pérez Lugín. El regionalismo gallego es de una cursilería desesperante. Hay que ser gallego "a mucha honra". Y para mí no es honra ser gallego porque considero que también es gallego Cao y Durán. Galicia es un país encantador; pero tiene un inconveniente: el galleguismo. En Madrid, en Buenos Aires, en La Habana, en todos los sitios donde hay colonia gallega, se puede estudiar un tipo muy curioso, que es el del gallego profesional. ¡Gallegos que viven de ser gallegos y que llevan tantos o cuantos años de gallegos militantes! En las últimas elecciones de concejales celebradas en Madrid salió triunfante el Sr. Vilariño, del Centro Gallego.
 -¿Cuál es -le preguntaba yo a un paisano-  la personalidad del Sr. Vilariño?
 -¡Ah!, es un gran gallego -me contestó.
 ¡Un gran gallego! Es decir, un hombre que es más gallego que los otros. ¡No lo comprendo!
 El regionalismo tiene en todas partes un defecto fundamental que ya le señaló Baroja al regionalismo catalán: el de substituir con un problema casero los grandes problemas de nuestro siglo. En el caso concreto del regionalismo gallego, apenas si se trata de algo más que de una tertulia literaria. Si por azar se refieren alguna vez los regionalistas al problema agrario, por ejemplo, lo hacen de tal modo, que este problema parece exclusivo de Galicia. En una velada gallega celebrada el otro día en el teatro Español, el recaudador de contribuciones se presentaba en escena acompañado del Juzgado para embargar la casa de un campesino que debía no sé cuántos recibos.
 -¡He aquí lo que se hace con los gallegos! -decía el campesino.
 Un amigo vallisoletano que se sentaba a mi vera, se indignó:
 -¿Es que acaso en Valladolid no nos cobran la contribución?
 La obra era mala y al final yo no quise aplaudir.
 -Es usted un mal gallego -me dijo el vecino del otro lado.
 -No. Es que la obra es mala.
 -La obra es gallega, y basta.
 Ya lo saben los currinches que quieran tener un éxito. Escriban en gallego.

Para hacer versos, comprar pescados y hablarle a las gallinas, a los pájaros y a los aldeanos

 El gallego, que es un idioma dulce, armonioso y abundante en vocales, no sirve para la vida ni para la literatura. En gallego se pueden hacer algunas poesías -Rosalía las ha hecho maravillosas-, comprar algunos pescados y hablarles a las gallinas, a los pájaros y a las muchachas de aldea. Pero, ¿cómo va a tener nadie la pretensión, no ya de escribir una obra filosófica, sino de hacer en gallego un artículo político o una crónica periodística? No se habla gallego más que en las aldeas. En una ciudad de quinientos habitantes -en Villagarcía, sin ir más lejos-, el gallego ya no alcanza para expresar las necesidades diarias de las gentes.
 Es natural, porque el gallego se ha quedado atrás y porque toda la cultura de Galicia, desde muchísimos años a esta parte, se ha hecho en castellano. Ni siquiera hay unidad en el gallego, que, de aldea a aldea, se habla de modo muy distinto. El gallego se va deshaciendo en el castellano y ésta es su obra: la de enriquecer el idioma común con buena cantidad de expresiones pintorescas y de giros nuevos.
 -¿Va usted a la playa?
 -Sí, señor; le voy. En casa no se le puede estar.
 Una de las cosas más simpáticas de la sintaxis gallega es esta de dedicárselo todo al interlocutor.
 -Le estuve muy malita, pero ahora ya le estoy buena.
 Si los labios que lo dicen son bonitos, es cosa de dar las gracias galantemente.
 Aquí, en las rías bajas, hay un giro que se presta a muchos equívocos:
 -¿Y luego?
 Se dice "¿Y luego?" como en Madrid se dice "¿Entonces?" o "¿De modo que?".
 Un amigo mío que fue una vez a Madrid, entró, por equivocación, en una lechería a pedir un bock de cerveza.
 -¿Puede usted darme un bock?
 -No, señor. No tenemos.
 -¿Y luego?
 -Luego, tampoco.
 
Hoteles y ferrocarriles

 No. No hay cuidado de que el regionalismo gallego llegue a poner nunca en peligro la integridad de la patria. El regionalismo gallego no tiene razón de ser más que como una protesta contra esos andaluces que les llaman gallegos a aquellos que no les convidan. Pase el regionalismo catalán, porque los catalanes necesitan disculpar con el regionalismo su mala pronunciación castellana. ¡Pero los gallegos!
 Es indudable que los hombres de las rías bajas tienen un sentido del castellano tan claro, por lo menos, como los de Valladolid. ¡Como que aquí está la entraña del idioma! ¿Qué necesidad de un idioma aparte? ¿Para qué vamos a empeñarnos en cultivar el gallego si nos resulta tan sencillo expresarnos en castellano?
 -Pero usted -suelen decirme por aquí- no es un verdadero amigo de Galicia.
 -No. No soy amigo de ninguna región ni de ninguna provincia. Yo creo que se puede ser amigo de una muchacha, de un compañero -que ya es mucho decir- y hasta de un senador vitalicio. Pero las amistades con las provincias me parecen demasiado presuntuosas. Jamás he comido con ninguna. Y a este respecto es al que he contado la historia de mis relaciones con los Estados balcánicos.
 Galicia no necesita de regionalismo. Lo que necesita son hoteles y ferrocarriles. Si los regionalistas gallegos se dedicaran a hacerlos en vez de decir en versos malos que Galicia es lo más hermoso del mundo, cumplirían con su verdadero deber.»
 

martes, 12 de septiembre de 2017

"Tres novelas ejemplares".- Manuel Vázquez Montalbán (1939-2003)


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Recordando a Dardé
 Primera parte: El árbol de la vida, el árbol de la ciencia

«Algunos aseguraban haber visto al profesor Dardé haciendo gimnasia en el porche de la casa, y otros, más afortunados, le habían visto tocar el violín, al atardecer, generalmente en días de propicias puestas de sol.
 -Es un hombre muy culto que ha estudiado en Bélgica, París y Nueva York.
 La información del cura desarticuló una maquinación irracionalista urdida en torno al enigmático J.W. Dardé.
 -¿Le ha visto usted?
 -Le he visto.
 -¿Ha hablado con él?
 -He hablado con él.
 -¿Y qué?
 -No os asustéis. No es un moro. Es un cristiano. Tiene sobre su mesilla de noche varios libros de electrónica y el Kempis. ¿Valoráis el detalle? ¿Insisto? La ciencia y la fe. Ahora no es preciso que insista mucho sobre esto, pero antes de la guerra... ¿No eras tú quien decía que si todo el pueblo supiera leer iba a quedar la iglesia sin clientes?
 Uno de los exalcaldes se puso rojo y tartamudeó:
 -¿Volvemos al asunto? ¿Otra vez? Yo era muy joven.
 -Un masonazo, diría yo.
 -Eso no, padre, eso no.
 -Un libertario.
 -Eso tampoco..., no, padre, no...
 -Un separatista.
 El exalcalde miró de reojo al sargento de la Guardia Civil, que fingía no escuchar.
 -Agua pasada no mueve molino.
 No faltó quien criticara al cura por haber puesto en evidencia una vez más al exalcalde. La mujer del exalcalde, una vigorosa carnicera cincuentona, dejó caer un corazón de ternera sobre sus pies, cuando una clienta le puso en antecedentes del ataque que la Iglesia había infligido a su marido.
 -¿Otra vez? ¡Señor! ¡Señor!
[...]
 Mosén Cardús pertenecía a esa variedad de cura catalán de origen campesino, vagamente atraído en su juventud por la campaña catalanista de un hogar nacional a base de "la casa y el huertecillo" y que, conmocionado por la visión de milicianos con gorra de hule, había pasado por la experiencia de capellán castrense del bando nacional durante la guerra civil. Después de la guerra su mentalidad y la complejidad física y anímica de su existencia se habían adaptado a la rutina de las parroquias campesinas que había recorrido. Una en el Vallés Oriental y otra en aquellas tierras húmedas del viejo camino de Francia de los romanos, con sus bosques de hayas y robles y las frías aguas del joven Ter. Su existencia de cura rural era un diario combate con la chiquillería de la catequesis, alguna confesión y largos soliloquios sobre la conveniencia de cambiar el campanario o de trasladar el campo de baloncesto a una era próxima al bosque de robles. De vez en cuando se le avinagraba el temple y colaboraba en la guerra fría con alguna que otra puya dirigida desde el púlpito contra el comunismo ateo, puyas que los feligreses escuchaban con cara solícita, mientras por sus mentes revivía una vieja historia de muertes y contrabando, síntesis correcta de la guerra y la posguerra civil.
 Cuando mosén Cardús se enteró de que había llegado al pueblo un extraño ser de tipo urbano y que había comprado en Can Tusquets tres bacalaos secos, medio kilo de jamón y otras cantidades poco comunes, se sintió vagamente inquieto. Conocía a todos sus feligreses, practicantes o no, e incluso a los veraneantes, la mayoría seres urbanos dejados de la mano de Dios, importadores del short y de los baños en el río con trajes de baño mínimos. Pero aquel forastero era algo completamente nuevo. Acostumbrado al estilo directo, se encaminó una mañana hacia la casa de la Señorita y sorprendió al profesor Dardé comprobando el empalme eléctrico. El profesor Dardé no le besó la mano, pero le invitó a pasar y el cura no vio nada extraño en aquella vieja cuadra que Dardé había adaptado como sala de estar. Por el resquicio de una puerta entreabierta, mosén Cardús vio extraños armarios metálicos llenos de correajes y pequeñas lucecitas azules en la penumbra. Pero nada preguntó al poco locuaz Dardé, que se limitó a pedirle datos sobre la antigüedad de la iglesia del pueblo.
 -Yo antes era un apasionado del románico.
 Informó Dardé.
 -Antes había gente y tiempo para todo.
 El cura removió un montón de discos y se sintió lejanamente aludido por el nombre de Haendel.
 -¿Le gusta la música de iglesia?
 -La música sacra es una maravilla del espíritu.
 Y Dardé le enseñó al cura un disco que aseguró era un fuera de serie. Una grabación especial de unos franciscanos de Jerusalén. El cura supo poco después que Dardé era un físico que había trabajado y estudiado muchos años en Inglaterra y Estados Unidos.
 -¿Es usted catalán?
 -Mi madre era catalana.
 -Es que tiene usted una cara muy catalana. ¿Y cómo está eso de la física por esos mundos de Dios?
 Dardé sonrió y no le contestó. Mosén Cardús pretendió informarle sobre el nulo desarrollo de la física en España.
 -Aquí, futbolistas, ¿sabe? Futbolistas y mangantes. Y nada más.
 Pero como vio que Dardé no parecía halagado, se despidió y se le ofreció para lo que necesitase, incluso si quería que le subiera algo del pueblo. Mosén Cardús se había comprado un Citroën dos caballos con la pequeña herencia de una tía, viuda sin hijos de un carlista que no había luchado en ninguna guerra carlista, pero que aseguraba poseer un huesecito de Vázquez Mella. El coche había dado mucho que hablar en el pueblo.»