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jueves, 17 de enero de 2019

Historia de España.- Pierre Vilar (1906-2003)

 
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Capítulo III: Los grandes rasgos de la historia clásica: los tiempos modernos
La construcción política
Activo y pasivo de la unificación religiosa

«En esta historia de la unidad religiosa, el reinado de los Reyes Católicos no es, pues, un punto de origen sino un momento de crisis y de decisión. En 1478 se crea el tribunal de la Inquisición, dirigido fundamentalmente contra los judíos conversos sospechosos; en 1492, los judíos son expulsados en masa; en 1499, en Granada, Cisneros toma a su cargo una virulenta campaña de conversión. Los moriscos se sublevan. Fernando dirige personalmente la represión. Y en 1502 expulsa a todos los no conversos de los dominios de Castilla.
  El problema no se resuelve por eso. Carlos V lo encuentra de nuevo en Valencia y Baleares, como elemento importante de la rebelión popular de las germanías. En 1525-1526 quiere suprimir, en toda España, hasta el recuerdo de las costumbres y de la lengua de los infieles. Todo en vano. Los moriscos no se asimilan. Sus hábitos de vida y de pensamiento, sus intereses y su organización (ofrecen colectivamente dinero a los reyes) los agrupan tanto como su antigua religión. Se temen sus lazos con los piratas de Berbería y con Francia. Son una "minoría nacional" a la que se combate con armas conocidas: luchas escolares y lingüísticas, propaganda, separaciones de hijos y padres, represión policíaca, confiscación de bienes. La Inquisición no aporta a esta represión ni más ni menos rigor ni escrúpulos de los acostumbrados. Y, sin embargo, bajo Felipe II, una terrible guerra desgarra aún el sur andaluz. El final es conocido: bajo Felipe III triunfa la idea de la necesidad de una expulsión general. Ésta se hizo de 1609 a 1611: grave pérdida material para el país. Pero la unidad íntima se ha consumado esta vez.
 Esta gran querella se acompaña de otra: el cruce, en los espíritus españoles, de varias filosofías y varias místicas, los hacía más fácilmente accesibles a las deformaciones de la fe. El "iluminismo", el erasmismo, la audacia de ciertos reformadores españoles, como Valdés o Servet, prueban que la Península no escapaba (tal vez al contrario) a la tentación revolucionaria en materia de religión. Pero la reacción fue viva. El pueblo y el bajo clero aplicaron a la heterodoxia los habituales métodos de violencia empleados contra los judíos y los moros. Y en los soberanos (sobre todo en Felipe II) triunfó la idea de que había identidad entre ortodoxia católica y solidez española. El instrumento de lucha existía. Bastó a los reyes sostener sin cesar a la Inquisición para que ésta llegase a eliminar, hacia 1535, el vigoroso brote del erasmismo, y más tarde, bajo Felipe II, toda tentativa de los protestantes. A fines del siglo XVI triunfó el unitarismo, tanto contra la pluralidad religiosa del mundo moderno como contra los vestigios de pluralidad heredados del mundo medieval.
 ¿Balance de este triunfo? Aún hoy es objeto de viva y, a veces, dolorosa controversia. Hay españoles que ven en el exclusivismo religioso el fundamento de todo lo que ha habido de grande en su país; otros, por el contrario, ven en él el origen de toda la decadencia. Olvidan distinguir entre dos momentos. En uno de ellos, en los confines de los siglos XV y XVI, una conjunción del sentimiento de las masas, del pensamiento de la Iglesia y de la voluntad del Estado, en favor de la unidad religiosa, expresa sin duda una necesidad. La fe de Isabel no excluye la prudencia. Y Fernando no es brutal por fanatismo. Cisneros, despiadado para con los disidentes religiosos, es también (por su reforma monástica, por su universidad de Alcalá, por su Biblia políglota) un gran artífice de la Prerreforma. El reinado de los "Reyes" prepara un siglo triunfador. Si España asimila a Carlos V es porque se ha creado una fuerte atmósfera antes de él. Si conquista un mundo, lo evangeliza y dirige la Contrarreforma, material y espiritualmente, es gracias al unanimismo moral creado a fines del siglo XV por ella que puede vivir esas grandes horas.
 Pero el mecanismo psicológico puesto en marcha por la pasión de unidad produce también otros resultados. El mundo cambia, alrededor de España, y ésta no se adapta. El unitarismo religioso es responsable de ello, en parte. Afecta, por arriba, a la actividad financiera judía y, por abajo, a la actividad agrícola de los moriscos de Levante y Andalucía. El triunfo del "cristiano viejo" significa cierto desprecio del espíritu de lucro, del propio espíritu de producción y una tendencia al espíritu de casta. A mediados del siglo XVI, los gremios empiezan a exigir que sus miembros prueben la "limpieza de sangre": mala preparación para una entrada en la era capitalista. Por otra parte, el puesto que ocupa la Iglesia en la sociedad no favorece la producción y circulación de riquezas: la multiplicación del número de clérigos y de las instituciones de beneficencia obstruyen la economía con clases improductivas; las confiscaciones de la Inquisición, las donaciones a las comunidades crean sin cesar "bienes de manos muertas". Por último, la hacienda pública va a arruinarse por el vano empeño de proseguir la hegemonía en el orden espiritual. España, que el descubrimiento de América pudo haber situado en primera fila del mundo económico moderno, no ocupó ese puesto: lo debe, en gran parte, a esa psicología religiosa, mezclada de elementos económicos y raciales, heredada de la Edad Media en decadencia. El pasivo, en este balance de la unificación espiritual forzada, no puede descuidarse; prepara la "decadencia" y las dificultades -sensibles hasta nuestros días- que encontrará la renovación.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 1980, en traducción de Manuel Tuñón de Lara y Jesús Suso Soria. ISBN: 84-7423-054-3.]

viernes, 16 de febrero de 2018

Del monasterio al ministerio: tres herejes españoles y la Reforma.- Paul J. Hauben ( ... )


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Prefacio

«No existe un estudio analítico sobre los herejes de la Reforma española, desde la compilación hecha por Eduard Böhmer hace casi un siglo. El lector bien puede preguntarse por qué el llevar adelante más investigaciones sobre la historia de un puñado de exiliados no muy importantes, puede ser útil o necesario, sobre todo si se tiene en cuenta que las obras de Böhmer siguen vigentes a pesar de su antigüedad. Hasta cierto punto esta pregunta es contestada en la introducción que inicia la extensa Primera Parte sobre Corro. Sin embargo, trataré de expresar ahora mis opiniones acerca de la cuestión.
 En principio, este tema es fiel reflejo del espíritu de su época, ello explica el interés de los estudiantes por él, como un episodio característico del pasado. En mi caso debo decir que tropecé, más o menos, con el tema, durante los años de doctorado, llegándome a sentir cada vez más fascinado por sus múltiples atractivos. Dejando a un lado los aspectos autobiográficos, ¿cuáles son estos atractivos? Corro, en especial, y los otros en menor medida (en parte simplemente por escasez de material disponible), son seres humanos muy llamativos, cuyas vidas transcurren en una época muy compleja, no totalmente distinta a la nuestra. En sus vidas la historia se materializa. Y tenemos que tratar con fuerzas y rumbos inexorables, a veces apenas perceptibles (pero necesarios para el análisis y la comprensión histórica, a pesar de lo abstracto) que están en la base de lo individual y de lo genérico humano. Tan sólo estos factores dejan entrever el interés del tema.
 Al principio de la Segunda Parte se notará que la importancia de Corro es frecuentemente extrínseca. Ahí, a través de Corro y de sus relaciones con otras personas, podemos descubrir a menudo cosas nuevas y útiles acerca de personajes de mayor importancia. Esto puede aplicarse a sus dos compañeros en este estudio. El que durante gran parte del tiempo los amigos y enemigos influyentes de Corro lo sean a la vez de Reina y Valera, presta unidad a este trabajo. Los tres empiezan sus vidas como monjes católicos y no tardan en volverse calvinistas, como lo sugiere el título. Realmente todos procedían del mismo monasterio Jerónimo, San Isidoro del Campo, en las cercanías de Sevilla.
 A través de estas tres personas podemos entrar a considerar la validez histórica de los emigrados protestantes españoles. Aquéllos que escaparon de España y de la Inquisición, y otros de origen español, que se concentraron en ciudades como Amberes, tuvieron más tarde o más temprano que dispersarse a lo largo de Europa Occidental. Con la ascensión de Isabel I, Londres se convirtió en poco tiempo en el refugio de los mencionados españoles, como también, muchas veces, en el de la mayoría de los exiliados de la Reforma. Por tanto no sólo podemos llegar a tener nuevas perspectivas sobre individuos de importancia ligados a estos refugiados, sino también una comprensión básica de la Reforma (y para el caso de la Contrarreforma) que actuaba en muchas partes. Todavía más, las reacciones ante la presencia de los herejes españoles, revelan con frecuencia las políticas de los gobiernos. El ejemplo más claro será el de la reina Isabel en su cambiante actitud respecto a aquéllos, que variaba generalmente en consonancia con el estado de las relaciones anglo-españolas. De la misma manera las posturas oficiales francesas al respecto, expresan significativamente la ambigüedad de Francia frente a Felipe II, después de 1559.
 Con la excepción (que se conoce, claro está) de Valera, todos los españoles estudiados se enfrentaron, antes o después, con su nueva religión. En algunos casos, como en el de Corro, alcanzaron notoriedad, siendo acusados contradictoriamente de anti-Trinitarismo (relacionado tanto con la Trinidad como con el bautismo de los infantes), Anabaptismo, "crypto-"Catolicismo (o Luteranismo, o de las dos), de heterodoxia respecto a la Eucaristía y de otras cosas similares. Estas graves acusaciones vinieron con frecuencia de los labios y de las plumas de hombres tan eminentes como Teodoro Beza, considerado el sucesor de Calvino. Los defensores de los españoles también fueron, a menudo, importantes hombres de leyes, tales como William Cecil y el conde de Leicester, en Inglaterra, y en Francia, los Colygnys, así como teólogos respetables y prelados como el arzobispo Matthew Parker, de Canterbury, y en el continente, ministros calvinistas de segunda importancia. A veces la postura de una persona en tales controversias, podía cambiar en un período de años, como cambió Edmund Grindal con respecto a Corro, mientras que apoyó siempre a Reina. No será suficiente pensar que algunos mintieran o que fueran cínicos sin escrúpulos, o que en nombre de Dios hubiesen hecho cualquier cosa para abatir a un enemigo de la fe, aunque quizá esto último se acerca a la explicación. He encontrado muy instructivo seguir el brillante razonamiento de Lucien Febvre para desvelar la mentalidad que se oculta detrás de tales situaciones.
 Febvre observó que ciertas palabras en el siglo XVI poseían un significado muy insultante, pero emocionalmente indeterminado. Fue quizás la palabra "ateo" la más típica de estas. Luego "Servetismo" tuvo connotaciones similares entre los protestantes españoles. Cuando se hacía una acusación, el acusador era culpado casi automáticamente, hasta que se comprobara su inocencia. Más aún, fue práctica común unir una acusación extrema con otra potencialmente más concreta (aunque también falsa). Por ejemplo, Rabelais fue para Calvino a la vez ateo y luterano. Esto hizo que Febvre comentara agudamente que "Los apasionados religiosos de la época rara vez dudaban en conciliar los epítetos más increíbles en contra de un adversario a quien fuera conveniente [permitir el abandono, voluntario o no, de la fe]". Irónicamente, la Inquisición española en su lucha fructífera contra el Eramismo y el Iluminismo, desde 1525-1540, aproximadamente, puso en práctica una fórmula similar bastante efectiva. El caso de Juan del Castillo es la mejor ilustración de ésta. "Juan se había movido entre los eramistas en la corte de Carlos V y en la Universidad de Alcalá; ...estrechamente asociado con los principales apóstoles del Iluminismo; ... y fue quemado... como discípulo de Lutero", en 1535. "Tal embalaje herético", que prescindía de toda exactitud, resultó ser efectivo, impulsado por la división entre eramistas e iluminados.
 Febvre siguió el curso de las cambiantes opiniones de Beza respecto a Rabelais, que a mi juicio anticipan las también fluctuantes opiniones de Beza sobre Corro.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, en traducción de María Cristina Bravo Corda. ISBN: 84-276-0440-8.]