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lunes, 14 de septiembre de 2020

El padre [Teatro contemporáneo I].- August Strindberg (1849-1912)

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El padre
Acto segundo
Escena cuarta

  «Capitán: Tenga la bondad de sentarse, doctor.
 Doctor: (Sentándose.) Muchas gracias.
 Capitán: ¿Es cierto que se obtienen potros listados al cruzar una cebra con una yegua?
 Doctor: (Sorprendido.) ¡Sí, es completamente cierto!
 Capitán: ¿Y es también cierto que los potros siguientes siguen teniendo listas si se continúa la cría con un semental?
 Doctor: Sí, también eso es cierto.
 Capitán: O sea, que en ciertas circunstancias, un semental puede ser padre de un potro listado, y al revés, ¿no es así?
 Doctor: ¡Sí, eso parece!
 Capitán: Resumiendo, que el parecido de la progenie con el padre no prueba nada.
 Doctor: Bueno...
 Capitán: O, diciéndolo de otra manera, que la paternidad no se puede demostrar.
 Doctor: Bueno..., es decir...
 Capitán: Usted es viudo y ha tenido hijos, ¿no?
 Doctor: Pues..., sí...
 Capitán: ¿Y no se siente a veces ridículo como padre? A mí me parece que no hay nada tan cómico como ver a un padre con su hijo por la calle, o como cuando se oye a un padre hablar de sus hijos. "Los hijos de mi mujer", es lo que debiera decir. ¿No se daba cuenta usted de lo falso de su posición, no tuvo nunca tormento alguno de duda? No quiero decir, por supuesto, que tuviera usted sospechas, eso no, porque, como un caballero que soy, doy por supuesto que su esposa estaba por encima de toda sospecha.
 Doctor: No, si quiere que le diga la verdad, nunca tuve dudas, pero le diré, capitán, a los hijos de uno hay que aceptarlos de buena fe, como dice Goethe, y en eso estoy de acuerdo con él.
 Capitán: ¿Buena fe cuando se trata de una mujer? Arriesgadillo me parece.
 Doctor: Bueno, hay muchas clases de mujeres.
 Capitán: ¡Las más recientes investigaciones indican que no hay más que una clase...! De joven, yo era fuerte y... perdóneme la jactancia..., guapo. Y me acuerdo ahora de dos impresiones rápidas, que luego me han dado que pensar. Verá, iba yo una vez de viaje en un buque de vapor, y estaba con unos amigos en el salón de proa. Llegó entonces la joven encargada del restaurante y se sentó frente a mí, con cara de haber llorado, y se puso a decirme que su novio había desaparecido en un naufragio. La compadecimos y yo pedí champán. Al segundo vaso le toqué el pie, después del cuarto la rodilla, y antes de la mañana ya la había consolado.
9788402091635: Teatro contemporáneo I - AbeBooks: 8402091636 Doctor: ¡Bueno, eso no fue más que una aventura pasajera!
 Capitán: Bueno, pues le voy a contar la otra, y ésta no es de pasajeros. Fue un verano en que estaba yo en Lysekil. Era una joven señora, que tenía consigo a sus hijos, pero el marido estaba en la ciudad. Era religiosa, tenía los principios más estrictos, me echaba sermones sobre moral, era absolutamente honorable, o eso creía yo, por lo menos. Le presté un libro, dos libros, y cuando se tuvo que irme devolvió los libros, por raro que parezca. Tres meses después, encontré en esos mismos libros una tarjeta de visita con una declaración bastante clara. Era una declaración de amor inocente, tan inocente como pueda serlo la de una mujer casada con un señor desconocido, que, además, no le había dado confianza alguna. Y ahora viene la moraleja: ¡no te fíes demasiado!
 Doctor: ¡Ni demasiado poco!
 Capitán: ¡No, lo justo nada más! Pero le diré, doctor, esa mujer era, sin darse cuenta ella misma, tan bribona, que le dijo a su marido que se había apasionado por mí, y es aquí precisamente donde está el peligro, en que no se dan cuenta de su instintiva maldad. Estas son circunstancias atenuantes, ¡pero no pueden evitar la sentencia, solamente suavizarla!
 Doctor: ¡Capitán, sus pensamientos parecen estar tomando un cariz enfermizo y debiera usted tener cuidado con ellos!
 Capitán: No debiera usar usted palabras como enfermizo. Le diré, todas las calderas de vapor revientan cuando el manómetro marca cien, pero cien no es igual para todas las calderas. ¿Me entiende usted? Sin embargo, usted está aquí para vigilarme. Si yo no fuese un hombre tendría derecho a acusar, o a quejarme, como suele decirse eufemísticamente, y quizá hasta pudiera darle todo el diagnóstico, e incluso hasta la historia de mi enfermedad, pero lo malo del caso es que soy un hombre y no me queda otra solución que la del romano, poner los brazos en cruz sobre el pecho y contener el aliento hasta morirme. ¡Buenas noches, hasta mañana!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1982, en traducción de Jesús Pardo. ISBN: 84-02-09163-6.]

domingo, 26 de julio de 2015

"La señorita Julie".- August Strindberg (1849-1912)

 
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 "Jean: ¡Y se prometió al recaudador de impuestos!
 Señorita: Sí, y precisamente porque iba a ser él mi esclavo.
 Jean: Y luego resultó que no quería serlo, ¿no es eso?
 Señorita: Sí, sí que quería, lo que pasa es que no tuvo tiempo, porque acabé cansándome de él.
 Jean: Sí, ya lo vi. ¿No fue en la cuadra?
 Señorita: ¿Qué es lo que vio usted?
 Jean: Pues eso..., le vi romper el compromiso.
 Señorita: ¡Eso no es verdad! ¡Fui yo quien lo rompió! ¿Es que el muy rufián se ha atrevido a decir que lo rompió él?
 Jean: ¡De rufián nada! Usted odia a los hombres, ¿verdad señorita?
 Señorita: ¡Sí, en general sí! Pero, a veces..., cuando me siento débil..., ¡en fin!
 Jean: ¿Entonces me odia a mí también?
 Señorita: ¡Tremendamente! Me gustaría matarle como se mata a una bestia...
 Jean: Como se apresura uno a matar a un perro rabioso, ¿verdad?
 Señorita: ¡Sí, exactamente!
 Jean: Pero el caso es que en este momento no hay nada con que disparar..., ¡ni tampoco ningún perro! ¿Qué haremos?
 Señorita: ¡Irnos de aquí!
 Jean: ¿Para matarnos el uno al otro a disgustos?
 Señorita: No..., para gozar, dos días, ocho días, todo el tiempo que se pueda, y luego, pues... morir.
 Jean: ¿Morir? ¡Qué tontería! ¡A mí me parece que sería mucho mejor poner un hotel!
 Señorita: (Sin oír lo que dice Jean.) Junto al lago de Como, donde el sol luce siempre, donde los laureles reverdecen en Navidad, donde relucen las naranjas...
 Jean: El lago de Como es un verdadero charco, donde no hace más que llover, y yo no vi ninguna naranja allí, excepto en las tiendas de comestibles; pero es un sitio donde van muchos extranjeros, porque hay muchos chalets que se alquilan a parejas de enamorados, y ésa es una industria muy agradecida... ¿y sabe usted por qué...? Pues porque los contratos de arrendamiento suelen ser por seis meses... ¡y ellos se van a las tres semanas!
 Señorita: (Ingenua.) ¿Y por qué a las tres semanas?
 Jean: ¡Pues porque riñen! ¿Por qué va a ser? ¡Pero el alquiler hay que pagarlo entero de todas formas! De modo que el chalet se puede volver a alquilar. Y así, una vez tras otra, porque el amor continúa, ¡aunque suela durar poco!
 Señorita: ¿No quiere usted morir conmigo?
 Jean: ¡Yo lo que no quiero es morirme! Primero, porque me gusta la vida y también porque para mí el suicidio es un crimen contra la Providencia, que nos ha dado la vida.
 Señorita: ¿De modo que cree usted en Dios?
 Jean: ¡Sí, claro que creo! ¡Y hasta voy a la iglesia y todo...! A decir verdad, a mí todo esto está empezando a cansarme, de modo que me voy a acostar.
 Señorita: Sí, claro, ¿y piensa usted que yo me voy a quedar tan contenta? ¿Sabe usted lo que debe un hombre a una mujer a la que ha deshonrado?
 Jean: (Saca el monedero y tira una moneda sobre la mesa.) ¡Pues que por eso no quede! ¡No me gusta deber nada a nadie!
 Señorita: (Sin parecer notar el insulto.) ¿Sabe lo que decreta la ley...?
 Jean: ¡Es una lástima que la ley no decrete nada sobre la mujer que seduce a un hombre!
 Señorita: ¿Se le ocurre a usted alguna otra solución que irnos de aquí, casarnos y luego separarnos?
 Jean: ¿Y si yo me negara a aceptar una unión tan desigual?
 Señorita: ¿Desigual?
 Jean: ¡Sí, para mí! El caso es que yo tengo mejores antepasados que usted, porque en mi familia no ha habido ningún incendiario.
 Señorita: ¿Y eso cómo lo sabe?
 Jean: No puede demostrar lo contrario, porque no tenemos árbol genealógico..., ¡aparte del archivo de la policía! Pero he leído el árbol genealógico de ustedes en un libro que hay sobre la mesa del salón. ¿Y sabe usted quién era su primer antepasado? Pues un molinero, con cuya mujer durmió una vez el rey cuando la guerra con Dinamarca. ¡Yo no tengo antepasados así! ¡La verdad es que yo no tengo antepasados, pero puedo llegar a ser yo mismo un antepasado!
 Señorita: A mí me pasa esto por haber abierto mi corazón a una  persona indigna, por haber puesto el honor de mi familia..."