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miércoles, 19 de agosto de 2020

La historia interminable.- Michael Ende (1929-1995)

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VI.-Las tres puertas mágicas

   «-Está bien -dijo Atreyu-: ¿quién o qué es Ayulala?
 -¡Maldita sea! -rezongó Énguivuck, fulminándolo indignado con la mirada-. Haces preguntas tan directas como las de mi vieja. ¿No puedes empezar por otra cosa?
 Atreyu reflexionó y preguntó luego:
-Esa gran puerta de piedra que me has enseñado con las esfinges... ¿Es la entrada?
 -¡Eso está mejor! -respondió Énguivuck-. Así haremos progresos. La puerta de piedra es la entrada, pero después hay otras dos puertas y sólo detrás de la tercera vive Uyulala… Si es que puede decirse de ella que vive.
 -¿Tú has estado alguna vez con ella?
 -¡Pero qué te imaginas! -contestó Énguivuck, un poco contrariado otra vez-. Yo trabajo científicamente. He reunido los informes de todos los que estuvieron dentro. Siempre que han vuelto, claro. ¡Es un trabajo importantísimo! No puedo permitirme correr riesgos personales. Eso podría afectar a mi obra. 
-Comprendo -dijo Atreyu-, ¿y qué pasa con las tres puertas?
 Énguivuck se puso en pie, cruzó los brazos a la espalda y empezó a andar de un lado a otro, mientras explicaba:
 -La primera se llama la Puerta del Gran Enigma. La segunda la Puerta del Espejo Mágico. Y la tercera la Puerta sin Llave... […] ¡Todo es muy difícil! Lo que pasa es que la segunda puerta aparece solamente cuando se ha atravesado la primera. Y la tercera sólo cuando se ha dejado atrás la segunda. Y Uyulala únicamente cuando se ha entrado por la tercera. Antes no hay nada de todo eso. Sencillamente, no están allí, ¿comprendes?
 Atreyu movió  afirmativamente la cabeza, pero prefirió callarse para no irritar más al gnomo.
 -La primera, la Puerta del Gran Enigma, es la que has visto con mi catalejo. Con las dos esfinges. Esa puerta está siempre abierta... como es lógico. No tiene batientes. Sin embargo, nadie puede pasar por ella, salvo si... -Énguivuck levantó en el aire un minúsculo dedo índice-, salvo si las esfinges cierran los ojos. La mirada de una esfinge es algo totalmente distinto de la mirada de cualquier otro ser. Nosotros y todos los demás seres percibimos algo con la mirada. Vemos el mundo. Pero una esfinge no ve nada; en cierto sentido, es ciega. En cambio, sus ojos transmiten algo. ¿Y qué transmiten sus ojos? Todos los enigmas del mundo. Por eso las dos esfinges se miran mutuamente. Porque la mirada de una esfinge sólo puede soportarla otra esfinge. ¿Y puedes figurarte lo que le ocurre a quien se atreve a interferir el intercambio de miradas entre las dos? Se queda petrificado en el sitio y no puede moverse hasta haber resuelto todos los enigmas del mundo. Bueno, encontrarás los restos de esos pobres diablos cuando llegues.
 -¿Pero no dijiste -objetó Atreyu- que a veces cierran los ojos? ¿No duermen las esfinges de vez en cuando?
 -¿Dormir? -Énguivuck se estremeció de risa-. Válgame el cielo, dormir una esfinge. No, claro que no. No tienes ni idea. Sin embargo, tu pregunta no es totalmente disparatada. Hasta coincide con la dirección en que se orientan mis investigaciones. Ante algunos visitantes, las esfinges cierran los ojos y los dejan pasar. La cuestión que hasta ahora nadie ha podido aclarar es: ¿por qué precisamente a unos sí y a otros no? No se trata, en modo alguno, de que dejen entrar a los sabios, los valientes y los buenos y cierren el paso a los tontos, los cobardes y los malos. ¡Ni soñarlo! He visto con mis propios ojos, y más de una vez, cómo han dejado entrar precisamente a algún estúpido mentecato o un infame bribón, mientras las personas más decentes y más sensatas esperaban a menudo inútilmente durante meses y tenían que volverse por último con las manos vacías. Tampoco el que alguien quiera ver al Oráculo por estar en un aprieto o sólo para distraerse para desempeñar ningún papel.
 -¿Y tus investigaciones -preguntó Atreyu- no te han dado ningún indicio?
 A Énguivuck se le puso otra vez la mirada centelleante de cólera.
 -¿Es que no me escuchas? Ya te he dicho que, hasta hoy, nadie ha aclarado la cuestión. Naturalmente, he elaborado algunas teorías con el paso de los años. Al principio pensé que el aspecto decisivo por el que se guiaban las esfinges eran determinadas características físicas: estatura, belleza, fuerza o algo así. Sin embargo, pronto tuve que desechar esa idea. Luego intenté determinar alguna relación numérica; por ejemplo, si de cada cinco tres se quedaban siempre fuera o si sólo entraban lo números primos. Resultaba bastante exacto en lo que al pasado se refería, pero en las predicciones fracasó totalmente. Ahora pienso que la decisión de las esfinges es totalmente casual y no tiene lógica alguna. Pero mi mujer opina que eso sería una tesis calumniosa y antifantástica y no tendría nada que ver con la ciencia.
Isla kirrin - La historia interminable (el libro de dos... | Facebook -¿Otra vez con esas tonterías? -se oyó regañar a la mujercita desde la caverna-. ¡Qué vergüenza! Sólo porque tu cerebrín se te ha secado dentro de la cabeza crees que puedes rechazar los grandes misterios, ¡viejo zoquete!
 ¡Ya la oyes! -dijo suspirando Énguivuck-. Y lo peor es que tiene razón. […]
 -Entonces, ¿qué me aconsejas? -quiso saber Atreyu.
 -Debes hacer lo que tengas que hacer -respondió el gnomo-. Esperar a que ellas decidan... sin saber por qué.
 Atreyu asintió pensativo.
 La pequeña Urgl salió de la cueva. Arrastraba un cubito con un líquido humeante y llevaba, bajo el otro brazo, un manojo de plantas secas. […]
 -Sería mejor que hicieras también algo útil -le dijo Urgl a Énguivuck al volver a la cocina-, en lugar de estar ahí diciendo bobadas.
 -¡Estoy haciendo algo muy útil! -le gritó su marido-. Seguramente mucho más útil que tú, pero eso no puedes comprenderlo, ¡so boba!
 Y, volviéndose a Atreyu, continuó: -Sólo sabe pensar en cosas prácticas. Para los grandes conceptos no está dotada. […] Supongamos que has conseguido atravesar la Puerta del Gran Enigma. Entonces, y sólo entonces, aparecerá ante ti la segunda puerta. La Puerta del Espejo Mágico. Como ya te he dicho, no te puedo decir nada sobre ella que haya visto yo personalmente, sino lo que he podido sacar en limpio de los informes. Esa puerta está tanto abierta como cerrada. ¿Parece un disparate, no? Quizá sería mejor decir que no está cerrada ni abierta. Aunque resulta igual de disparatado. En pocas palabras: se trata de un gran espejo o de algo así, aunque no está hecho de cristal ni de metal. De qué, nadie ha podido decírmelo. En cualquier caso, cuando se está ante él, se ve uno a sí mismo... pero no como en un espejo corriente, desde luego. No se ve el exterior, sino el verdadero interior de uno, tal como en realidad es. Quien quiera atravesarlo tiene que, por decirlo así, penetrar en sí mismo.
 -De todas formas -opinó Atreyu-, esa Puerta del Espejo Mágico me parece más fácil de atravesar que la primera.
 -¡Error! -exclamó Énguivuck, empezando a hablar otra vez excitado de un lado a otro-. ¡Craso error, amigo! He comprobado que precisamente los visitantes que se consideran especialmente intachables huyen gritando del monstruo que los mira irónicamente desde el espejo. A algunos tuvimos que tratarlos durante semanas antes de que estuvieran siquiera en condiciones de emprender el viaje de regreso. […]
 -¿Y qué pasa con la tercera puerta?
 -¡Ahí las cosas se ponen realmente difíciles! La Puerta sin Llave, efectivamente, está cerrada. Simplemente cerrada. ¡Y eso es todo! No tiene picaporte, ni pomo, ni ojo de cerradura, ¡nada! Mi teoría es que la única hoja de esa puerta, que cierra sin junturas, está hecha de selén fantástico. Seguramente sabes que no hay nada que pueda destruir, doblar o disolver el selén de Fantasía. Es absolutamente indestructible.
 -Entonces, ¿no se puede entrar por esa puerta?
 -¡Poco a poco, muchacho! Ha habido personas que han entrado y han hablado con Uyulala, ¿no? Por lo tanto, se puede abrir la puerta. […]
 -¿Y quién o qué es Uyulala?
 -Ni idea -dijo el gnomo, y sus ojos centellearon furiosos-. Ninguno de los que estuvieron con ella me lo ha querido decir. ¿Cómo puede uno acabar su obra científica si todos se rodean de un silencio misterioso, eh? Es para tirarse de los pelos... si se tienen. Si llegas hasta ella, Atreyu, ¿me lo dirás por fin? ¿Lo harás? Me muero de ganas de saberlo y nadie, nadie quiere ayudarme. Por favor, ¡prométeme que tú me lo dirás!»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 1987, en traducción de Miguel Sáez. ISBN: 84-204-6005-2.]

sábado, 21 de abril de 2018

El amante albanés.- Susana Fortes (1959)


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XX

«Pasaron dos horas hasta que la brigada de investigación criminal llegó a la mansión. Dos policías de uniforme quedaron apostados junto a la verja principal. El inspector iba vestido de paisano con un traje gris de solapa ancha, un poco anticuado. Interrogó a cada uno de los habitantes de la casa por separado. Parecía un funcionario meticuloso e intuitivo. Sus ojos daban la impresión de estar siempre opinando, eran pequeños y acechantes, hasta cuando no formulaba ninguna pregunta y miraba distraídamente a través de las cristaleras hacia el jardín, donde aún se veían algunos montones de hojas rojas apiladas en jaulas de rejilla; una mirada que podía significar el cansancio que le inspiraba su trabajo, aquel interrogatorio y la propia condición humana. O tal vez fuera que el otoño lo volvía pensativo. Había algo raro, al parecer. Algo que no coincidía en las declaraciones de los tres testigos, pequeñas contradicciones, una mínima diferencia horaria en las coartadas de cada cual.
 El dossier señalado con la letra Z que se encontraba en el gabinete de trabajo del muerto fue sometido a un exhaustivo peritaje grafológico. En él se incluía un croquis de las instalaciones militares situadas a las afueras de la aldea de Ndroq y todo el expediente referido a una detención realizada en Durrës un lejano día de septiembre de 1961. Su contenido evidenciaba sin lugar a dudas la implicación directa de Zanum en el proceso que acabó con el arresto y posterior asesinato del doctor Gjorg. El análisis de esta documentación, desaparecida hacía tiempo de los archivos, no benefició precisamente a Ismaíl. A la luz de los datos aportados, él era el único, entre todos los habitantes de la villa, que tenía un posible móvil para el crimen. Poseer un motivo para la venganza implica para la tradición albanesa dar prácticamente por consumado su cumplimiento, tan frágil es la frontera entre la ley y el derecho. Como reza un dicho popular balcánico, "Todo aquel que tiene una causa comete un crimen". Por otra parte, Ismaíl era consciente de que existían informes de la Seguridad sobre sus reuniones con miembros de la oposición y su actividad clandestina en la universidad. Pero, sin embargo, ni una cosa ni la otra fueron definitivas en el momento de su apresamiento. Lo que realmente resultó determinante fue el testimonio de su hermano.
 Viktor no parpadeó ni le tembló la voz cuando señaló a Ismaíl, delante del inspector, haciendo alarde de una seguridad granítica: "Él lo hizo", dijo, imperturbable, mirando fijamente a su hermano con una dureza extrema y compacta, midiéndolo con los ojos. Estaban los dos de pie, uno enfrente del otro, a menos de cinco pasos. En aquel momento ya no eran dos hermanos huérfanos criados bajo el mismo techo, sino dos seres adultos, espoleados por un resorte muy antiguo, el mismo que late en el corazón del lobo y del cordero. También en los duelos entre hombres existe ese instante de máxima tensión en que la sangre se enfría dentro de las venas, señalando un  límite. Pero lo que reflejaba el rostro de Viktor no era el arranque temperamental de un impulso súbito, sino la frialdad que proporciona el cálculo, una concentración de sombras minúsculas y oscuras en la frente, como si hubiera estado premeditando aquella denuncia durante varios días. Su frase era una oración definitiva que no admitía hipótesis ni conjeturas de ninguna clase. La frase de quien acusa sin vacilación. "Él lo hizo", sólo eso. Y bastó su palabra para que Ismaíl fuese sentenciado de inmediato. Así habían funcionado siempre las cosas, no se necesitaban pruebas, y en caso de que fueran necesarias, se falsificaban. Una denuncia de cualquiera era suficiente para ser condenado, especialmente si el que formulaba la acusación era un militar y un miembro tan destacado del partido como Viktor Radjik,
 Por qué Ismaíl no intentó siquiera defenderse, nadie lo sabe. Tal vez necesitó fermentar aquella calumnia dentro de sí mismo, en silencio. La inocencia se vuelve muda tantas veces ante la inquina. Permaneció así, inmóvil, durante algunos segundos, como la presa que se queda paralizada ante su destino, sabiendo que el destino no es el azar, sino el resultado natural de unos hechos cruciales, apretados,  no siempre comprensibles, como puede no ser comprensible a veces la soledad, el deseo sediento de placer y de venganza o el egoísmo y la compasión. Pero quizá ni siquiera se extrañó. En ocasiones, en el mismo instante en que algunas cosas suceden, uno experimenta la enigmática sensación de que ya las ha vivido, como si hubiera sabido desde siempre que iban a ocurrir. No acontecen tantas sorpresas en la vida, si se piensa. [...] Se quedó callado con una sonrisa inexplicable en los labios. Era una sonrisa cansada. Casi dulce.
 Inculpar, persuadir con la mentira, resultaba fácil. Aun así, el inspector no renunció a hacer las preguntas reglamentarias. Pese a su aspecto un poco vulgar, aquel funcionario poseía una mente observadora e interpretativa. No necesitaba formular ningún juicio, para opinar, lo hacía para sus adentros. No utilizaba malos modos. Era eficaz y educado. Debían de quedar pocos así en el ministerio. Se lo veía más inclinado hacia la hipótesis del asesinato que hacia la del suicidio. Ismaíl no se extrañó por ello. También él empezaba a admitir esa posibilidad. Pero en su caso no tenía tanto mérito, al fin y al cabo, él había visto el cadáver tal como se encontraba originariamente, con la sábana subida cubriéndole el cuerpo. Ciertamente era un detalle mínimo y en el momento no le concedió mayor importancia. Sin embargo, ahora no paraba de darle vueltas en la cabeza. Era difícil que un muerto pudiera arroparse a sí mismo. [...]
 Pero quién sabe. Quién puede saber a ciencia cierta lo que es verdad si la vida depende tantas veces de lo que uno cree o sueña o ha imaginado, y hasta la más apacible de las existencias se halla llena de enigmas y episodios inexplicables o difuminados. Todo se difumina con el tiempo. Aunque también es verdad, como había dicho Hanna, que nada de lo que ocurre se borra jamás por completo.
 Antes de ser esposado y conducido al automóvil negro que esperaba abajo, Ismaíl se asomó a la ventana y olfateó el aire con expresión ausente, como si nada de lo sucedido tuviese que ver con él. Le embargaba la sensación de haber permanecido inmerso en la vida de otros, en tramas que se remontaban más de veinte años atrás.
 Poco después el coche oficial abandonaba la mansión, haciendo crujir la grava de la senda, suavemente curvada. [...] El bulevar de los Mártires ofrecía un aspecto desolado, las fachadas grises de los edificios oficiales, una plaza abierta con frontones de mármol y la estatua ecuestre del héroe Scanderberg levantando su espada de bronce en la mano derecha, con el semblante grávido, erigido para la eternidad y quizá por ello ya melancólico.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2003. ISBN: 84-672-0552-0.]