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jueves, 5 de diciembre de 2019

El inmoralista.- André Gide (1869-1951)

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Segunda parte
II

«No se puede a la vez ser sincero y parecerlo.
 Volví a ver con algo más de gusto a las gentes de mi grupo, arqueólogos y filólogos, pero no encontré al conversar con ellos un placer mayor ni más emoción que si hojeara buenos diccionarios históricos. Al comienzo pude esperar una comprensión algo más directa de la vida por parte de algunos novelistas y poetas; pero si poseían esa comprensión, preciso es confesar que no la mostraban jamás; me pareció que la mayor parte no vivía, contentándose con parecer vivir; por un poco, hubieran considerado la vida como un molesto impedimento para escribir. No podía echarles culpa alguna; y no afirmo que el error no viniera de mí... Por otra parte, ¿qué entendía yo por vivir? Precisamente eso era lo que quería que me enseñaran... Unos y otros hablaban hábilmente de los diversos acontecimientos de la vida, pero jamás de aquello que los motiva.
 En cuanto a algunos filósofos, cuya función hubiera sido la de informarme, sabía yo desde hacía tiempo lo que me era dado esperar; matemáticos o neocriticistas, se mantenían lo más lejos posible de la turbadora realidad y no se ocupaban más que el algebrista de la existencia de las cantidades que medían.
 De vuelta junto a Marcelina, no le ocultaba en nada el hastío que estas relaciones me causaban.
 -Son tan parecidos entre ellos -le decía-. Todos se repiten. Cuando hablo con uno, me parece que lo hago con varios más.
 -Pero, amigo mío -respondió Marcelina-, no puedes pedir a cada uno que se diferencie de todos los restantes.
 -Cuanto más se parecen entre ellos, más difieren de mí.
 Y agregaba, luego, tristemente:
 -Ninguno ha sabido estar enfermo. Viven, tienen el aire de vivir y de no saber que viven. Yo mismo, desde que estoy junto a ellos, no vivo más. Al igual que otros, ¿qué he hecho en este día de hoy? Debí dejarte a las nueve; apenas sí antes de salir tuve tiempo de leer un poco; es el único momento bueno del día. Tu hermano me esperaba en casa del notario y después ya no me ha soltado -he tenido que ir con él a ver al tapicero, me ha fastidiado en casa del ebanista y apenas sí pude dejarlo en lo de Gastón. Almorcé en su barrio con Felipe, me encontré luego con Luis que me esperaba en el café; asistimos juntos al absurdo curso de Teodoro, a quien felicité a la salida; para rehusar su invitación del domingo tuve que acompañarlo a casa de Arturo; luego ir con Arturo a ver una exposición de acuarelas; dejar mi tarjeta en casa de Albertina y de Julia... Vuelvo extenuado, y te encuentro tan fatigada como yo, después de recibir a Adelina, Marta, Juana, Sofía... Y cuando por la noche, ahora mismo, repaso todas esas ocupaciones del día, siento tan vana mi jornada, me parece tan vacía, que quisiera atraparla al vuelo, recomenzarla hora tras hora, y estoy triste hasta las lágrimas.
 Y con todo, no hubiera sido yo capaz de decir ni lo que entendía por vivir, ni si el gusto adquirido por una vida más espaciosa y ventilada, menos sometida y menos atenta al prójimo, era el muy sencillo secreto de mi incomodidad; aquel secreto me parecía mucho más misterioso; un secreto de resucitado -pensaba-, puesto que me sentía un extraño entre los demás, como alguien que vuelve de entre los muertos. En un comienzo no sentí más que una harto dolorosa turbación, pero bien pronto un sentimiento muy nuevo se abrió paso a la luz. No había experimentado orgullo alguno, os lo afirmo, cuando la publicación de trabajos que me valieran tantos elogios. ¿Era orgullo el que sentía ahora? Tal vez, pero al menos ningún matiz de vanidad se mezclaba con él. Por primera vez tenía conciencia de mi propio valer; lo que me separaba, me distinguía de los demás, eso era lo importante; lo que nadie decía ni podía decir de mí, era mi deber decirlo.
 Mi curso principió poco después; como el tema me arrastraba, llené mi primera clase con toda mi nueva pasión. A propósito de la extrema civilización latina, pinté la cultura artística, creciendo a flor de pueblo, a la manera de una secreción que en principio indica plétora, sobreabundancia de salud, mas luego se fija, se endurece, se opone a todo contacto perfecto del espíritu con la naturaleza y oculta, bajo la persistente apariencia de la vida, la disminución de la vida, forma una envoltura donde el espíritu oprimido languidece, se marchita y muere. En fin, llevando a su culminación mi pensamiento, exponía yo la Cultura, nacida de la vida, matando la vida.
 Algunos historiadores criticaron esa tendencia, decían, a las generalizaciones demasiado precipitadas. Otros criticaron mi método; y aquellos que vinieron a felicitarme fueron los que menos me habían comprendido.
 A la salida de mi curso volví a ver por primera vez a Menalcas. Nunca lo había frecuentado mucho, y poco tiempo antes de mi matrimonio partió él a una de esas exploraciones lejanas que a veces nos privaban de su presencia por más de un año. En otro tiempo no me era agradable; parecía orgulloso y no se interesaba por mi vida. Me quedé, pues, asombrado al verlo en mi primera lección. Su misma insolencia, que antes me alejaba de él, me gustó ahora y su sonrisa me pareció aún más encantadora por lo mismo que la sabía muy poco frecuente. Hacía poco que un absurdo, vergonzoso proceso lleno de escándalo había dado a los diarios una cómoda ocasión para infamarlo; aquellos a quienes su desdén y su superioridad herían, aprovecharon el pretexto para vengarse; y lo que más los irritaba era que él no parecía en nada afectado.
 -Es preciso dejar que los demás tengan razón -respondía a los insultos-, pues eso los consuela de no tener otra cosa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Argos Vergara, 1981, en traducción de Julio Cortázar. ISBN: 84-7017-999-3.]

lunes, 25 de mayo de 2015

"Los monederos falsos".- André Gide (1869-1951)


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Tercera parte: París. Capítulo XI
 "-Y dígame si no es vergonzoso, miserable... que el hombre haya hecho tanto por obtener razas soberbias de caballos, de ganado, de aves de corral, de cereales y de flores, y que él mismo, por él mismo, siga aún buscando en la medicina un alivio a sus miserias, en la caridad un paliativo, en la religión un consuelo y en la embriaguez el olvido. En el mejoramiento de la raza es en lo que hay que trabajar. Pero toda selección implica la supresión de los anormales y a eso no podría decidirse nuestra sociedad cristiana. Ni siquiera saber asumir la tarea de castrar a los degenerados; que son los más prolíficos. Lo que haría falta no son hospitales, sino yeguadas.
 -¡Caramba!, me agrada usted así, Strouvilhou.
 -Temo que se haya equivocado respecto a mí, hasta hoy, conde. Me ha tomado usted por un escéptico y yo soy un idealista, un místico. El escepticismo no ha producido nunca nada bueno. Por lo demás, ya se sabe adónde conduce... ¡a la tolerancia! Tengo a los escépticos por gente sin ideal, sin imaginación; por unos tontos... Sé perfectamente todas las delicadezas y sutilezas sentimentales que suprimiría la creación de esa humanidad robusta; pero no quedaría aquí nadie para echar de menos esas delicadezas, puesto que se habría suprimido con ellas a los delicados. No se engañe, tengo lo que llaman cultura y sé muy bien que ciertos griegos habían entrevisto mi ideal; por lo menos, me complace imaginarlo y recordar que Core, hija de Ceres, bajó a los Infiernos llena de piedad por las sombras; pero que, una vez que llegó a ser la esposa de Plutón, ya no la llama Homero más que "la implacable Proserpina". Véase la Odisea, canto sexto. "Implacable"; eso es lo que debe ser un hombre que pretende ser virtuoso.
 -Me alegra verlo volver nuevamente a la literatura... si es que nos habíamos separado de ella alguna vez. Le pregunto a usted, virtuoso Strouvilhou: ¿aceptaría convertirse en un implacable director de revista?
 -A decir verdad, mi querido conde, debo confesarle que, de todas las nauseabundas emanaciones humanas, la literatura es una de las que más asco me dan. No veo en ella más que complacencias y adulaciones. Y dudo de que pueda llegar a ser otra cosa, al menos mientras no haya barrido el pasado. Vivimos sobre sentimientos admitidos y que el lector se imagina experimentar, porque cree todo lo que se imprime; el autor especula sobre eso como sobre convenciones que él cree que son la base de su arte. Estos sentimientos suenan mal, como fichas, pero circulan. y como ya se sabe que "la mala moneda ahuyenta a la buena", el que ofreciese al público monedas auténticas parecería pagarnos de boquilla. En un mundo en que todos son fulleros, el hombre veraz es el que pasa por charlatán. Se lo advierto a usted: si dirijo una revista será para deshacer entuertos, para despreciar todos los bellos sentimientos y esos pagarés que son las palabras.
 -¡Caramba! Me gustaría saber cómo va a arreglárselas.
 -Déjeme y ya lo verá. He pensado en eso con frecuencia.
 -No lo comprenderá nadie, ni nadie lo seguirá.
 -¡Vamos! Los jóvenes más despabilados están hoy prevenidos contra la inflación poética. Saben el vacío que se esconde tras los ritmos sabios y las sonoras cantinelas líricas. Que proponga alguien demoler, y se encontrarán brazos siempre. ¿Quiere que fundemos una escuela que no tenga más finalidad que derruirlo todo?... ¿Lo asusta a usted?
 -No..., si no pisotean mi jardín.
 -Hay mucho de que ocuparse en otras partes... entretanto. La hora es propicia. Conozco algunos que no esperan más que un toque de llamada; los más jóvenes... Sí, ya sé que eso le gusta; pero le advierto que no se dejarán embaucar... Me he preguntado, a veces, por qué prodigio va por delante la pintura y cómo es que la literatura se ha dejado adelantar así... ¡En qué descrédito ha caído, hoy día, lo que se acostumbra a considerar, en pintura, como el "motivo"! ¡Un "bello asunto" es cosa que hace reír! Los pintores no se atreven  ya a arriesgarse a hacer un retrato, más que a condición de eludir todo parecido. Si llevamos adelante nuestra tarea, y puede usted contar conmigo para eso, no pido ni dos años para que un poeta de mañana se crea deshonrado si comprende lo que quiere decir. Sí, conde, ¿quiere apostar algo? Se considerarán antipoéticos todo sentido y todo significado. Propongo que trabajemos con la ayuda de lo ilógico. ¡Que bello título para una revista es: Los limpiadores!"