Mostrando entradas con la etiqueta Cogito. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Cogito. Mostrar todas las entradas

sábado, 24 de octubre de 2015

"Cómo acabar de una vez por todas con la cultura".- Woody Allen (1935)


Resultado de imagen de woody allen  

Para acabar con la filosofía
 
Mi filosofía
 
 "La evolución de mi filosofía se dio de la siguiente manera: mi mujer, al invitarme a probar el primer soufflé que había hecho, dejó caer por accidente una cucharadita del mismo sobre mi pie, fracturándome varios huesos pequeños. Acudieron los médicos, tomaron y examinaron radiografías y me ordenaron un mes en cama. Durante la convalecencia, me concentré en las obras de algunos de los pensadores más formidables de Occidente -una pila de libros que yo había seleccionado para eventualidades como ésta. No presté atención al orden cronológico y empecé con Kierkegaard y Sartre, luego pasé rápidamente a Spinoza, Hume, Kafka y Camus. No me aburrí como me había temido; en cambio, me fascinó la energía con la que esas grandes mentes atacaban resueltamente la moral, el arte, la ética, la vida y la muerte. Recuerdo mi reacción a una observación típicamente luminosa de Kierkegaard: "Semejante relación, que se relaciona con su propio ser (es decir, un ser), debe haberse constituido a sí misma, o ha sido constituida por otra". El concepto me arrancó lágrimas de los ojos. ¡Dios santo, pensé, ser tan inteligente! (Soy un hombre con dificultades para escribir dos frases coherentes sobre "Un día en el zoo".) La verdad es que el pasaje me resultó totalmente incomprensible, pero ¿qué más da si Kierkegaard se lo había pasado bien? Súbitamente me convencí de que la metafísica era lo que siempre había querido hacer, tomé mi bolígrafo y empecé al acto a garabatear la primera de mis propias fantasías. La obra procedió aprisa y en sólo dos tardes (con tiempo para echarme una siesta), completé la obra filosófica que espero no será descubierta hasta después de mi muerte o hasta el año 3000 (lo que pase primero) y que modestamente creo que me asegurará un lugar privilegiado entre los pensadores de más peso en la historia. Aquí presento un breve ejemplo del cuerpo principal de tesoros intelectuales que lego a la posterioridad, o hasta que llegue la mujer de la limpieza.
 
I.-Crítica de la sinrazón pura
 
 Al formular cualquier filosofía, la primera consideración siempre debe ser: ¿qué podemos saber? Es decir, de qué podemos estar seguros de saber, o seguros de que sabemos que sabíamos, si realmente es de algún modo "cognoscible". ¿O lo habremos olvidado todo y tenemos demasiada vergüenza de decir algo? Descartes insinuó el problema cuando escribió: "Mi mente jamás puede conocer mi cuerpo, aunque se ha hecho bastante amiga de mis piernas". Por "cognoscible", dicho sea de paso, no quiero decir aquello que puede ser conocido por medio de la percepción de los sentidos o que puede ser comprendido por la mente, sino más bien que puede decirse que es Conocido o que posee un Conocimiento o una Conocibilidad, o por lo menos algo que puedas mencionar a un amigo.
 ¿Podemos en realidad "conocer" el universo? Dios santo, no perderse en Chinatown es ya bastante difícil. Sin embargo, el asunto es el siguiente: ¿Habrá algo allá fuera? ¿Y por qué? ¿Por qué tendrán que hacer tanto ruido? Por último, no cabe duda de que la característica de la "realidad" es que carece de esencia. Esto no quiere decir que no tenga esencia, sino simplemente que carece de ella. (La realidad a la que me refiero es la misma que describió Hobbes, pero un poco más pequeña). Por lo tanto, el dictum cartesiano, "Pienso, luego soy", podría expresarse mejor por "¡Eh, allí va Edna con el saxofón!". Así pues, para conocer una substancia o una idea, debemos dudar de ella y así, al dudar, llegamos a percibir las cualidades que posee en su estado finito, que están, o son realmente, "en la misma cosa", o "de la cosa misma", o de algo, o de nada. Si esto está claro, podemos dejar por el momento la epistemología.
 
II.-La dialéctica escatológica como medio de lucha contra el zona
 
 Podemos decir que el universo consiste en una sustancia y que a esta sustancia la llamamos "átomo", o también "mónada". Demócrito la denominó átomo. Leibniz la llamó mónada. Por fortuna, los dos hombres jamás se conocieron, de lo contrario se hubiera armado una discusión muy aburrida. Estas "partículas" fueron puestas en movimiento por alguna causa o principio fundamental, o quizás algo se cayó en algún lugar. El asunto es que ahora ya es demasiado tarde para remediarlo, salvo quizá comer mucho pescado crudo. Por supuesto, esto no explica por qué el alma es inmortal. Tampoco dice nada sobre una vida ultraterrena ni aclara la sensación que siente mi tío Sender de que lo persiguen los albanos. La relación causal entre el primer principio (es decir, Dios o viento fuerte) y cualquier concepción teológica del ser (Ser), según Pascal, es "tan ridícula que ni siquiera es graciosa (Graciosa)". Schopenhauer llamó a esto "voluntad", pero su médico la diagnosticó como fiebre del heno. En sus últimos años, se amargó por eso o, más aún, por la creciente sospecha de que él no era Mozart".

lunes, 18 de mayo de 2015

"Discurso del método".- René Descartes (1596-1650)


Resultado de imagen de descartes   

Cuarta parte: pruebas de la existencia de Dios y del alma humana, o fundamentos de la metafísica

 "Luego, examinando con atención lo que yo era, y viendo que podía imaginar que no tenía cuerpo y que no había mundo ni lugar alguno en que estuviese, pero que no por eso podía imaginar que no existía, sino que, por el contrario, del hecho mismo de tener ocupado el pensamiento en dudar de la verdad de las demás cosas se seguía muy evidente y ciertamente que yo existía; mientras que, si hubiese cesado de pensar, aunque el resto de lo que había imaginado hubiese sido verdadero, no hubiera tenido razón alguna para creer en mi existencia, conocí por esto que yo era una sustancia cuya completa esencia o naturaleza consiste sólo en pensar, y que para existir no tiene necesidad de ningún lugar ni depende de ninguna cosa material; de modo que este yo, es decir, el alma, por la que soy lo que soy, es enteramente distinta del cuerpo, y hasta más fácil de conocer que él, y aunque él no existiese, ella no dejaría de ser todo lo que es.
 Después de esto me puse a considerar lo que se requiere, en general, para que una proposición sea verdadera y cierta; pues, en vista de que acababa de encontrar una que sabía que lo era, pensé que debía saber también en qué consistía esta certidumbre. Y habiendo observado que en la proposición pienso, luego existo, lo único que me asegura de que digo la verdad es que veo muy claramente que para pensar es necesario ser, juzgué que podía tomar como regla general que las cosas que concebimos muy clara y distintamente son todas verdaderas, y que solamente hay alguna dificultad en advertir bien cuáles son las que en realidad concebimos distintamente.
 A continuación, reflexionando en este hecho de que yo dudaba, y en que, por consiguiente, mi ser no era enteramente perfecto, puesto que veía claramente que había más perfección en conocer  que en dudar, quise indagar de dónde había aprendido yo a pensar en algo más perfecto que yo mismo, y conocí con evidencia que tenía que ser de alguna naturaleza que, en efecto, fuese más perfecta. En lo referente a los pensamientos que yo tenía de muchas otras cosas exteriores a mí, como el cielo, la tierra, la luz, el calor y otras mil, no me costaba tanto trabajo saber de dónde procedían, porque, no encontrando en ellas nada que me pareciese hacerlas superiores a mí, podía creer que si eran verdaderas, dependían de mi naturaleza, en cuanto que ella poseía alguna perfección, y si no lo eran, que las tenía de la nada, es decir, que estaban en mí por ser yo defectuoso. Pero no podía ocurrir lo mismo con la idea de un ser más perfecto que el mío, pues el tenerla de la nada era cosa manifiestamente imposible. Y, como no hay menos repugnancia en que lo más perfecto sea consecuencia y dependencia de lo menos perfecto que en algo proceda de nada, no podía venirme tampoco de mí mismo. De modo que no quedaba sino que hubiese sido puesta en mí por una naturaleza verdaderamente más perfecta que yo, e incluso que reuniese en sí todas las perfecciones de que yo pudiera tener alguna idea; es decir, para explicarme en una sola palabra, que fuese Dios. [...]
 En fin, si todavía hay hombres que no estén bastante persuadidos de la existencia de Dios y del alma por las razones que he expuesto, quiero que sepan que todas las demás cosas de que se creen quizá más seguros, como de tener un cuerpo, y de que hay astros y una tierra y cosas semejantes, son menos ciertas; pues, aunque de estas cosas se tenga una seguridad moral, tal que parezca no poder dudar de ellas a menos de ser extravagante, tampoco se puede negar, no obstante, cuando de certeza metafísica se trata, a menos de ser irrazonable, que sea suficiente motivo para no estar completamente seguro de ellas el haber advertido que, mientras se duerme, puede uno imaginarse de la misma manera que tiene otro cuerpo y que ve otros astros y otra tierra, sin que haya nada de ello. Pues, ¡de dónde se sabe que los pensamientos que sobrevienen en el sueño son más falsos que los demás, siendo así que con frecuencia no son menos vivos y expresos? Y por mucho que estudien la cuestión los espíritus más selectos, no creo que puedan dar ninguna razón suficiente para evitar esta duda, si no presuponen la existencia de Dios".