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viernes, 10 de abril de 2020

Los problemas de la filosofía.- Bertrand Russell (1872-1970)

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15.-El valor de la filosofía

«Es tanto más necesario considerar esta cuestión, ante el hecho de que muchos, bajo la influencia de la ciencia o de los negocios prácticos, se inclinan a dudar que la filosofía sea algo más que una ocupación inocente, pero frívola e inútil, con distinciones que se quiebran de puro sutiles y controversias sobre materias cuyo conocimiento es imposible.
 Esta opinión sobre la filosofía parece resultar, en parte, de una falsa concepción de los fines de la vida y en parte de una falsa concepción de la especie de bienes que la filosofía se esfuerza en obtener. Las ciencias físicas, mediante sus invenciones, son útiles a innumerables personas que las ignoran totalmente: así, el estudio de las ciencias físicas no es sólo o principalmente recomendable por su efecto sobre el que las estudia, sino más bien por su efecto sobre los hombres en general. Esta utilidad no pertenece a la filosofía. Si el estudio de la filosofía tiene algún valor para los que no se dedican a ella, es sólo un efecto indirecto, por su efectos sobre la vida de los que la estudian. Por consiguiente, en estos efectos hay que buscar primordialmente el valor de la filosofía, si es que en efecto lo tiene.
 Pero ante todo, si no queremos fracasar en nuestro empeño, debemos liberar nuestro espíritu de los prejuicios de lo que se denomina equivocadamente "el hombre práctico". El hombre "práctico", en el uso corriente de la palabra, es el que sólo reconoce las necesidades materiales, que comprende que el hombre necesita el alimento del cuerpo, pero olvida la necesidad de procurar un alimento al espíritu. Si todos los hombres vivieran bien, si la pobreza y la enfermedad hubieran sido reducidas al mínimo posible, quedaría todavía mucho que hacer para producir una sociedad estimable; y aun en el mundo actual los bienes del espíritu son por lo menos tan importantes como los del cuerpo. El valor de la filosofía debe hallarse exclusivamente entre los bienes del espíritu, y sólo los que no son indiferentes a estos bienes pueden llegar a la persuasión de que estudiar filosofía no es perder el tiempo.
 La filosofía, como todos los demás estudios, aspira primordialmente al conocimiento. El conocimiento a que aspira es aquella clase de conocimiento que nos da la unidad y el sistema del cuerpo de las ciencias y el que resulta del examen crítico del fundamento de nuestras convicciones, prejuicios y creencias. Pero no se puede sostener que la filosofía haya obtenido un éxito realmente grande en su intento de proporcionar una respuesta concreta a estas cuestiones. Si preguntamos a un matemático, a un mineralogista, a un historiador, o a cualquier otro hombre de ciencia, qué conjunto de verdades concretas ha sido establecido por su ciencia, su respuesta durará tanto tiempo como estemos dispuestos a escuchar. Pero si hacemos la misma pregunta a un filósofo, y éste es sincero, tendrá que confesar que su estudio no ha llegado a resultados positivos comparables a los de las otras ciencias. Verdad es que esto se explica, en parte, por el hecho de que, desde el momento en que se hace posible el conocimiento preciso sobre una materia cualquiera, esta materia deja de ser denominada filosofía y se convierte en una ciencia separada. Todo el estudio del cielo, que pertenece hoy a la astronomía, antiguamente era incluido en la filosofía; la gran obra de Newton se denomina Principios matemáticos de filosofía natural. De un modo análogo, el estudio del espíritu humano, que era, todavía recientemente, una parte de la filosofía, se ha separado actualmente de ella y se ha convertido en la ciencia psicológica. Así, la incertidumbre de la filosofía es, en una gran medida, más aparente que real; los problemas que son susceptibles de una respuesta precisa se han colocado en las ciencias, mientras que sólo los que no la consienten actualmente quedan formando el residuo que denominamos filosofía.
los problemas de la filosofía. bertrand russell - Comprar Libros ... Sin embargo, esto es sólo una parte de la verdad en lo que se refiere a la incertidumbre de la filosofía. Hay muchos problemas -y entre ellos los que tienen un interés más profundo para nuestra vida espiritual- que, en los límites de lo que podemos ver, permanecerán necesariamente insolubles para el intelecto humano, salvo si su poder llega a ser de un orden totalmente diferente de lo que es hoy. ¿Tiene el Universo una unidad de plan o designio, o es una fortuita conjunción de átomos? ¿Es la conciencia una parte del Universo que da la esperanza de un crecimiento indefinido de la sabiduría, o es un accidente transitorio en un pequeño planeta en el cual la vida acabará por hacerse imposible? ¿El bien y el mal son de alguna importancia para el Universo, o solamente para el hombre? La filosofía plantea problemas de este género, y los diversos filósofos contestan a ellos de diversas maneras. Pero parece que, sea o no posible hallarles por otro lado una respuesta, las que propone la filosofía no pueden ser demostradas como verdaderas. Sin embargo, por muy débil que sea la esperanza de hallar una respuesta, es una parte de la tarea de la filosofía continuar la consideración de estos problemas, haciéndonos conscientes de su importancia, examinando todo lo que nos aproxima a ellos, y manteniendo vivo este interés especulativo por el Universo, que nos expondríamos a matar si nos limitáramos al conocimiento de lo que puede ser establecido mediante un conocimiento definitivo.
 Verdad es que muchos filósofos han pretendido que la filosofía podía establecer la verdad de determinadas respuestas sobre estos problemas fundamentales. Han supuesto que lo más importante de las creencias religiosas podía ser probado como verdadero mediante una demostración estricta. Para juzgar sobre estas tentativas es necesario hacer un examen del conocimiento humano y formarse una opinión sobre sus métodos y limitaciones. Sería imprudente pronunciarse dogmáticamente sobre estas materias; pero si las investigaciones de nuestros capítulos anteriores no nos han extraviado, nos vemos forzados a renunciar a la esperanza de hallar una prueba filosófica de las creencias religiosas. Por lo tanto, no podemos alegar como una prueba del valor de la filosofía una serie de respuestas a estas cuestiones. Una vez más, el valor de la filosofía no puede depender de un supuesto cuerpo de conocimientos seguros y precisos que puedan adquirir los que la estudian.
 De hecho, el valor de la filosofía debe ser buscado en una larga medida en su real incertidumbre. El hombre que no tiene ningún barniz de filosofía, va por la vida prisionero de los prejuicios que derivan del sentido común, de las creencias habituales en su tiempo y en su país, y de las que se han desarrollado en su espíritu sin la cooperación ni el conocimiento deliberado de su razón. Para este hombre el mundo tiende a hacerse preciso, definido, obvio, los objetos habituales no le suscitan problema alguno, y las posibilidades no familiares son desdeñosamente rechazadas. Desde el momento en que empezamos a filosofar, hallamos, por el contrario, como hemos visto en nuestros primeros capítulos, que aun los objetos más ordinarios conducen a problemas a los cuales sólo podemos dar respuestas muy incompletas. La filosofía, aunque incapaz de decirnos con certeza cuál es la verdadera respuesta a las dudas que suscita, es capaz de sugerir diversas posibilidades que amplían nuestros pensamientos y nos liberan de la tiranía de la costumbre. Así, el disminuir nuestro sentimiento de certeza sobre lo que las cosas son, aumenta en alto grado nuestro conocimiento de lo que pueden ser; rechaza el dogmatismo algo arrogante de los que no se han introducido jamás en la región de la duda liberadora y guarda vivaz nuestro sentido de la admiración, presentando los objetos familiares en un aspecto no familiar.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Labor, 1981, en traducción de Joaquín Xirau. ISBN: 84-335-1033-9.]

domingo, 2 de agosto de 2015

"El conocimiento humano".- Bertrand Russell (1872-1970)

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Capítulo VII.- Mente y materia

 "La mente, podría decir el sentido común, aparece en personas que hacen y padecen varias cosas. Cognoscitivamente, perciben, recuerdan , imaginan, abstraen e infieren; en lo que atañe a las emociones, tienen sentimientos que son agradables y otros que son penosos, tienen pasiones y deseos; volitivamente, pueden querer hacer algo o querer abstenerse de hacerlo. Todos estos sucesos pueden ser percibidos por la persona a quien le ocurren, y todos deben ser clasificados conjuntamente como sucesos "mentales". Todo suceso mental le ocurre "a" una persona, y es un suceso de su vida.
 Pero además de percibir "pensamientos" -sostiene el sentido común-, también percibimos "cosas" y sucesos que están fuera de nosotros. Vemos y tocamos objetos físicos; oímos sonidos que también oyen otras personas, y por ende no están en nosotros; cuando olemos una cañería en mal estado, también la huelen otras personas, a menos que sean fontaneros. Lo que percibimos, cuando está fuera de nosotros, es llamado "físico"; este término incluye tanto "cosas" que son "materia" como sucesos, por ejemplo, un ruido o un relámpago.
 El sentido común también admite inferencias a lo no percibido, al menos por nosotros, por ejemplo, el centro de la Tierra, la otra cara de la Luna, los pensamientos de nuestros amigos y los sucesos mentales que han producido registros históricos. Un suceso mental inferido puede ser conocido sin inferencias por la persona a quien le ocurre. Una cosa o un suceso físico inferido puede o no haber sido percibido por alguien; se sostiene que algunas cosas físicas, como el centro de la Tierra, nunca han sido percibidas.
 Esta concepción de sentido común, si bien en conjunto es aceptable en lo que respecta a sucesos mentales, requiere una radical modificación en lo concerniente a los sucesos físicos. Lo que conozco sin inferencia cuando tengo la experiencia llamada "ver el Sol" no es el Sol, sino un suceso mental dentro de mí. No tengo conocimiento inmediato de sillas y mesas, sino sólo de ciertos efectos que ellas tienen sobre mí. Los objetos de percepción que considero "externos" a mí, como las superficies coloreadas que veo, sólo son "externos" en mi espacio privado, que cesa de existir cuando muero; en verdad, mi espacio visual privado deja de existir siempre que estoy a oscuras o cierro los ojos. Y no son "externos" a "mí", si por "mí" se entiende la suma total de mis sucesos mentales; por el contrario están entre los sucesos mentales que me constituyen. Sólo son "externos" a otras percepciones mías, a saber, aquéllas que el sentido común considera como percepciones de mi cuerpo; y aun con respecto a éstas sólo son "externos" para la psicología, no para la física, pues el espacio en el que están ubicados es el espacio privado de la psicología.
 Al examinar lo que el sentido común considera como la percepción de objetos externos, hay dos cuestiones opuestas que es menester analizar: primero, ¿por qué el dato debe ser considerado como privado?; y segundo, ¿qué razones hay para tomar el dato como signo de algo que tiene una existencia que no depende de mí y de mi aparato perceptivo?
 Las razones para considerar el dato -digamos, en la vista o el tacto- como privado, son de dos clases. Por un lado, están las razones de la física, la cual, partiendo de la intención de hacer todo lo posible en pro del realismo ingenuo, muestra que no hay ningún fundamento para suponer que la mesa o la silla física se asemeja a la percepción., excepto en ciertos aspectos estructurales abstractos. Por otro lado, está la comparación de lo que experimentan diferentes personas cuando, de acuerdo con el sentido común, perciben la misma cosa. Si nos limitamos al sentido de la vista, cuando se dice que dos personas ven la misma mesa, hay diferencias de perspectiva, diferencias en el tamaño aparente, diferencias en el modo como se refleja la luz, etc. Así, a lo sumo, las propiedades proyectivas de la mesa son las mismas para una serie de perceptores, y ni siquiera ellas son totalmente las mismas si hay un medio refrigerante como una caldera que despide vapor o nuestra vieja amiga el agua que hace parecer quebrado un palo. Si pensamos, como el sentido común, que el "mismo" objeto puede ser percibido por la vista y el tacto, el objeto, para que sea realmente el mismo, debe estar aún más lejos del dato, pues un dato visual complejo y un dato táctil complejo difieren en cualidad intrínseca, y no pueden ser similares como no sea en su estructura.
 La segunda cuestión es aún más difícil. Si el dato de mis percepciones es siempre personal mío, ¿por qué, sin embargo, lo considero como un signo mediante el cual puedo inferir una "cosa" o suceso físico que es una causa de mi percepción si mi cuerpo está adecuadamente ubicado, pero no forma parte de mi experiencia inmediata, como no sea parcialmente en casos excepcionales?"