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sábado, 31 de agosto de 2019

Introducción a la lingüística.- Eugenio Coseriu (1921-2002)


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V-La realidad del lenguaje

«2.1.2.-Pero esto no justifica una consideración puramente logicista del lenguaje ni mucho menos la afirmación de una pretendida identidad entre categorías lógicas y categorías gramaticales. En efecto, el lenguaje no es algo que se vuelve a hacer íntegramente en cada acto concreto de hablar, sino que es también hecho tradicional, en gran parte "automatizado", puesto que la operación cognoscitiva no se repite en su totalidad cada vez que se habla, sino que los actos lingüísticos se crean sobre modelos anteriores y por analogía con actos lingüísticos semejantes, pertenecientes al mismo sistema.
 Consideremos, por ejemplo, la categoría gramatical del género. Evidentemente, el género gramatical -en las lenguas en que existe- corresponde al género natural (sexo) sólo cuando se trata de personas (profesor-profesora) o, en general, de seres animados; y ni siquiera en este caso la correspondencia es constante (por ejemplo, no hay un femenino de armadillo). De todos modos, en casos parecidos, la gramática está más o menos de acuerdo con la lógica. Pero no hay ninguna razón lógica actual para decir la mesa, con un nombre de género femenino; y, en efecto, los alemanes y los rusos designan el mismo objeto mediante nombres masculinos (Tisch, stol). Probablemente, como nos enseña la lingüística indoeuropea, hubo alguna vez razones de imaginación o fantasía, o mitológicas, por las cuales se tenía una noción de género "natural" también en el caso de objetos no animados. Así, por ejemplo, como agudamente observa Meillet, en las lenguas indoeuropeas encontramos, como designaciones del fuego, un término más antiguo, masculino (del tipo del lat. ignis), que se remonta probablemente a una época en que el fuego se concebía como principio masculino, como fuerza viril, y otro término más reciente, neutro (del tipo del gr. pyr), que corresponde a una concepción del fuego como fenómeno no animado. Así, también, se puede observar que el sol, concebido como fecundador de la tierra, es decir, como principio masculino, tenía en las lenguas indoeuropeas más antiguas nombres de género masculino (lat. sol, gr. hélios), mientras que la tierra, concebida como elemento generador fecundado por el sol, tenía nombres femeninos (lat. terra, gr. gê). Pero estas razones se han olvidado casi totalmente en la tradición cultural de los indoeuropeos: hoy el sol tiene nombres masculinos en los idiomas románicos (esp. port. sol, it. sole, fr. soleil, rum. soare), mientras que es femenino en alemán (die Sonne) y neutro, en los idiomas eslavos (ruso solnce, servio-cr. sunce); la luna, por el contrario, tiene nombres femeninos en los idiomas románicos y nombre masculino en alemán (der Mond). Además, si es posible hacer esta investigación por lo que concierne a unas pocas palabras, nos es imposible llegar en todos los casos a comprender la razón "lógica" originaria, si es que hubo alguna, del género gramatical. Y, por otra parte, sabemos ya que, en las lenguas, lo que importa es el modelo sobre el cual se crean los actos lingüísticos nuevos, puesto que las palabras, en un sistema lingüístico, no se presentan aisladas, sino reunidas en categorías analógicas, cuya constitución muchas veces no depende de su significado sino de aspectos puramente morfológicos. Así, por ejemplo, armadillo es de género masculino porque entra en la categoría de los substantivos en -o, que tiene generalmente este género en español, mientras que otro nombre del mismo animal, mulita, es de género femenino, porque pertenece a la categoría de los substantivos en -a; un nombre de formación relativamente reciente, como bombardeo, es de género masculino como los demás nombres en -eo, mientras que cotización, a pesar de ser del mismo tipo significativo, es femenino, por presentar una desinencia típicamente femenina. Pero no hay duda de que, sin que se modifique su significado, los mismos nombres cambiarían de género si cambiaran de desinencia, si, por ejemplo, se dijera bombardización y cotizamiento. Por razones análogas, en alemán, donde todos los diminutivos (que terminan en -chen y -lein) son neutros, hasta conceptos eminentemente femeninos como "señorita" y "muchacha" se nombran mediante neutros (Fräulein, Mädchen), simplemente por tratarse de diminutivos. Se deduce de todo esto que la lengua, aun reflejando evidentemente el pensamiento, no sigue sus mismas leyes, en parte por su aspecto de sistema tradicional y en parte por su aspecto afectivo, "estilístico", que es a menudo metafórico: un ejemplo como el de los versos de Goethe citados por Vossler -"Gris... es toda teoría, pero es verde el árbol dorado de la vida"- puede ser lógicamente "absurdo", pero lingüísticamente es correcto y se justifica plenamente, desde el punto de vista poético, por su carácter metafórico.
 2.2.1.- También la posición psicologista necesita varias correcciones. En primer lugar, por ser el lenguaje forma de un contenido cognoscitivo, constituido mediante operaciones lógicas; y, en segundo lugar, por ser el lenguaje una función social. En efecto, aunque, incluso como fenómeno de conocimiento, el lenguaje puede ser interpretado psicológicamente (puesto que todo acto cognoscitivo implica un proceso psíquico), de ninguna manera se puede afirmar que el elemento constantemente predominante en el lenguaje es el factor "afectivo", con el cual la razón nada tendría que ver. Indudablemente, al hablar, expresamos también hechos afectivos; y se puede incluso admitir la existencia de una convención afectiva o "estilística", de un lenguaje "emotivo" distinto del lenguaje puramente "enunciativo". Pero también el lenguaje emotivo se expresa en símbolos que son productos de una operación lógica y produce, a su vez, símbolos que, vaciados de toda carga emotiva, pasan al lenguaje enunciativo, de pura comunicación. Por ser el lenguaje un hecho social para el cual se necesitan por lo menos dos individuos, y cuya condición primera es la comunicación, de ninguna manera podemos aceptar que esté constituido por simples manifestaciones de cargas psíquicas estrictamente individuales: aun al expresar tales "cargas", no podemos hacerlo con símbolos personales, puesto que los símbolos, para ser comunicables, tienen que adaptarse a una norma que resulte aceptable también para los demás individuos de nuestra comunidad, a quienes hablamos. Es condición imprescindible del lenguaje su aceptabilidad, su inteligibilidad.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1986, en revisión de José Polo. ISBN: 84-249-1071-0.]

miércoles, 24 de julio de 2019

El arte de leer los rostros.- Richard Webster (1946)


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12.-Un gesto dice más que mil palabras

«"La expresión en la cara de una mujer es más importante, mucho más, que la ropa que se haya puesto". Dale Carnegie
 
 Sigmund Freud (1856-1939), fundador de la Escuela del Psicoanálisis, era consciente del lenguaje corporal y de las expresiones de la cara, y escribió: "Quien tiene ojos para ver y oídos para oír se convence de que los mortales no pueden encubrir secreto alguno. Porque cuando los labios callan, hablan las puntas de los dedos y la emoción rezuma por todos los poros del cuerpo".
 Cuando Honoré de Balzac (1799-1850), el novelista francés, visitó Viena por primera vez, no sabía el idioma ni conocía la moneda local. Le preocupaba que los taxistas se aprovecharan de él, y pensó en una sencilla estrategia que consistía en fijarse en la cara del cochero; al llegar a su destino, le daba una moneda. Si éste mantenía la mano abierta, Balzac depositaba otra pieza en ella. Si no había cambio alguno en la expresión del cochero, continuaba llenando su mano hasta que éste sonreía. Llegados a este punto, el visitante recuperaba de la mano de su chófer la última de las monedas y se marchaba, satisfecho por haber pagado lo que valía la carrera, pero no más.
 Se dice que existen seis emociones faciales universales, que son fácilmente identificables: la sorpresa, la alegría, la tristeza, el miedo, la ira y el asco. Por el hecho de que son tan identificables, nos preocupa mucho poderlas ocultar en situaciones en que no nos interesa mostrarlas.
 En la década de 1960, Albert Mehrabian, psicólogo y experto en comunicación no verbal, llegó a la conclusión de que en los encuentros cara a cara había tres elementos que hacían posible la comunicación: las palabras, el tono de voz y el lenguaje corporal. Según él, las palabras constituían sólo el 7% del impacto del mensaje; el tono de la voz correspondía al 38% y el lenguaje corporal, al 55% restante. A menudo se alude a estos tres factores como "las tres uves": verbal, vocal y visual. El lenguaje del cuerpo se desglosa en un 15% de apariencia y un 40% de expresión facial y movimientos. Pero su experimento contempló también la importancia de los sentimientos y la actitud de las personas, lo que significa que estos porcentajes no serían los mismos en cualquier situación. De todos modos, sí constatan el peso de la expresión de la cara en la comunicación presencial.
 Es muy importante, pues, saber interpretar la comunicación facial no hablada. No sólo nos facilitará las cosas en el camino de la vida, sino que nos ayudará a triunfar allá donde vayamos. Es una aptitud sorprendente y de la que, en realidad, ya sabemos más de lo que pensamos. Por ejemplo, seguro que somos capaces de discernir, sólo con una mirada, si un amigo nuestro está enfadado, o aburrido, o ansioso, o satisfecho, o frustrado, o estresado o cansado. Y, si podemos leer estas emociones en una persona conocida, tenemos posibilidad de saberlo hacer con una desconocida.
 ¿Alguna vez habéis apretado los dientes, os ha temblado el labio u os habéis puesto rojos de vergüenza? Haberlo experimentado en primera persona facilita el reconocimiento de estas expresiones en las caras de los demás, por eso no nos es difícil leerlas.
 De forma inconsciente, todos adoptamos expresiones no verbales establecidas en la sociedad en la que vivimos, pero es nuestra propia personalidad la que nos hace gestionarlas de una manera concreta. Son nuestros pensamientos y, sobre todo, nuestras emociones, los que nos dictan cómo expresarnos gestualmente.
 Existen particularidades, pero la mayoría de las expresiones no verbales tienen carácter universal. Soy una persona que viaja mucho y me doy cuenta de que mis conocimientos sobre lenguaje corporal me ayudan a hacerme entender cuando no sé hablar la lengua autóctona. Sin duda, es algo que me facilita las cosas y hace que disfrute más de mis viajes.
 Imaginad que entráis en vuestra cafetería predilecta y encontráis a alguien conocido. ¿Cómo reaccionaríais si esa persona sonriera y levantara las cejas a la vez?
 Imaginad que entráis en la misma cafetería y encontráis a otra persona conocida. ¿Cómo reaccionaríais si esa persona sonriera y entornara los ojos al veros?
 La persona que levantara la cejas estaría mostrando que se alegraba de veros, pero no así la que cerrase los ojos, aunque mostrase una sonrisa. Sonreír y entornar los ojos son dos expresiones que no guardan coherencia, y revelan que la expresión facial de la persona no corresponde a lo que en realidad piensa. Si en una fiesta os encontráis con alguien que no os cae bien, pero con quien habláis unos minutos, una persona que conozca el lenguaje corporal podría adivinar que, por mucho que aparentéis buenas maneras, en realidad no hay un sentimiento positivo entre vosotros.
 Se estima que los humanos somos capaces de producir más de diez mil muecas y gestos faciales pero, por suerte, no necesitamos leerlos todos para saber lo que piensa cada uno.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Luciérnaga, 2013, en traducción de Cecilia Lacueva Montull. ISBN: 978-84-92545-89-6.]