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lunes, 20 de mayo de 2019

Breviario de las malas inclinaciones.- José Riço Direitinho (1965)


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«Apareció colgado del tilo del patio de la escuela, tres semanas antes de empezar el nuevo curso. La mancha de orina y heces se extendía todavía por los pantalones cuando, una hora después de que los perros vagabundos intentaran morderle las canillas y sus partes, alguien tuvo el valor de subir a la rama más baja del árbol y cortar el alambre que estaba cuidadosamente enrollado.
 Lo tenía todo preparado desde el día anterior: terminó la carta después de pasar por la tienda al atardecer y comprar dos metros de alambre del mismo rollo que el ingeniero había recomendado para alambrar las viñas nuevas de la Quinta da Moura Morta y de la Casa do Seixo; esperó sentado en el suelo, junto a la ceniza fría de la chimenea, a que cantara el primer gallo. Después salió de su casa, entumecido por la desesperación y el sueño, y cogió el camino más largo hasta el patio de la escuela. A la altura de la iglesia, se arrodilló delante de la puerta y sacó del bolsillo un rosario. Después de rezar, lo colgó del tirador.
 Cuando el padre Abraao fue a darle la noticia a su mujer unos minutos antes de subir a la torre de la iglesia y tocar la campana para anunciar su muerte, ella ya se había vestido de luto. Deambulaba por la casa de la cocina al dormitorio con una estampita de la santa entre las manos y enjugándose las pocas lágrimas que tenía con un paño fino de cambray. Así que cuando el padre entró, colorado por el esfuerzo de la caminata y con las botas sin atar, ella en seguida se dio cuenta de que venía a confirmar el presentimiento que tuviera una hora antes.
 -Lo sé, padre -dijo-, oí llegar a los buitres y en ese momento me di cuenta de que él no estaba. Pero no tenía fuerzas para salir de casa.
 Había llegado tarde a cenar. La mujer lo había esperado sentada ya a la mesa, delante del pote de caldo y de las rebanadas de pan, intentado oír aquella tos perenne y el ruido de los clavos en el empedrado de la calle. Lo había visto entrar al anochecer en la bodega donde guardaba los barriles de vino y los cántaros de aceite para todo el año; llevaba un rollo de alambre y el cuaderno de ejercicios de caligrafía, donde apuntaba cosas a lápiz desde hacía unos días. No sabía que mientras lo estaba esperando, él escribía la carta que nunca podría olvidar. Cuando él entró en la casa con la cabeza baja y los ojos con un brillo acuoso, no respondió a ninguna de las preguntas de la mujer, y simplemente le anunció que no cenaría ni esa noche ni las próximas.
 -Pues comerás con más ganas al mediodía y en la merienda -le replicó enfadada y con ironía-, ¡si eso es lo que quieres! Hágase tu voluntad y no la mía. Yo voy a acostarme.
 La cena se quedó intacta en el centro de la mesa. Él se sentó en el suelo, con los pies apoyados en las trébedes de hierro sobre las que solía estar el cazo con el almuerzo de la mañana siguiente medio hecho. Lloró un rato con la mirada fija en los ganchos negros de la chimenea, donde después de la matanza colgaba los chorizos con un hilo hasta que toda la grasa goteaba sobre el fuego. Las manos y la espalda y la cara sudaban gotas que resbalaban frías por la piel. Aún faltaban unas horas para que cantara el gallo, un poco antes de la primera misa. Ya no tenía nada que hacer, sólo esperar el momento. Sabía que al día siguiente después de su muerte, tal vez ya en el cementerio, cuando le echaran encima los terrones de cal o le colocaran un ramo de flores y hierba sobre la tumba, muchos le llamarían débil. Se levantó del suelo y se puso a andar por la cocina con la lamparita de aceite iluminando la palidez de su cara. Se acercó a la puerta de la calle y pudo oír todavía voces en las casas de enfrente: tres o cuatro mujeres espadillaban el lino y otras tejían medias para el invierno que se acercaba. "Por la mañana, a esta misma hora", pensó, "no hablarán más que de mi cara hinchada y roja, del alambre que casi me separó la cabeza del cuerpo y de la erección que casi todos los ahorcados tienen debajo de los pantalones manchados. ¡Putas de mierda!"
 La mujer se despertó con un pesado batir de alas sobre las tejas. Había dormido toda la noche. Al abrir los ojos, por los huecos de las tablas del tejado vio la primera claridad del día. Le asustó el rumor de los pájaros y después la ausencia del marido: su lado de la cama no estaba deshecho. Entonces se dio cuenta de que los buitres habían vuelto a Vilarinho dos Loivos y de que, como siempre, estarían volando en círculo sobre el cuerpo de algún muerto, a la espera. Siguió acostada. Cuando decidió levantarse, casi un cuarto de hora después de que la campana tocara a misa de seis y media, ya sabía que aquellos pájaros habían vuelto por la muerte de su marido. Llegó a terminar de leer el cuaderno lleno de manchas de aceite y cera que había encontrado en el suelo, al lado de la cama. Después quemó en la chimenea, una a una, todas las páginas escritas, antes de vestirse de luto y preparar el catafalco y los candelabros para el velatorio.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Siruela, 1999, en traducción de Silvia Bardelás. ISBN: 84-7844-440-8.]
 

domingo, 2 de diciembre de 2018

Las chicas buenas van al cielo y las malas a todas partes.- Ute Ehrhardt (1956)


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La sonrisa permanente
La trampa del sacrificio

«Leitmotiv (y motivo de sufrimiento): "Mi destino es sacrificarme por la felicidad del otro".
 Hace algunos años, varios psicólogos estudiaron por qué algunas personas son víctimas de delitos con más frecuencia que otras. Resulta difícil examinar objetivamente la contribución de una víctima al delito que se ha cometido contra ella. Se argumentaba que hay quien convierte a los dañados en cómplices de su propio daño. Y una complicidad de la víctima era difícilmente aceptable. La culpa sólo podía recaer en los autores. La discusión pasaba de largo ante el verdadero objeto de la investigación: las mujeres creían que ya no podían llevar minifalda o que se tenían que pintar menos. El estudio se limitaba a una parte insignificante de la auténtica investigación sobre la víctima (victimología). En esencia, estas investigaciones demostraron que tales factores externos eran atípicos entre las víctimas "múltiples". Más bien ocurría todo lo contrario. Eran personas poco vistosas, tímidas y apocadas las que eran víctimas -aparentemente por casualidad- una y otra vez del robo del bolso o la cartera; y las mujeres que habían sido dos o incluso tres veces víctimas de una violación tenían las mismas características.
 Como víctima de la violencia o de la criminalidad, no es fácil aceptar que uno mismo esté, en cierto modo, envuelto en el suceso. Y por desgracia, también ocurre con frecuencia que las personas con tendencia a ofrecerse involuntariamente como víctimas, reaccionen sintiéndose culpables, intimidadas y desvalidas cuando se les hace ver esa particularidad. En una frase se podría decir: las personas suelen ser más a menudo víctimas de la violencia cuando su aspecto o su mímica desprenden algo asustadizo o indefenso y cuando además esperan que les pase algo parecido.
 Helen, una empleada de comercio del personal de oficina, de 34 años, decía lo siguiente: "Yo sé que a mí estas cosas me pasan: soy sospechosa de haber estropeado una máquina muy cara para imprimir direcciones por un error de manejo; o bien me hacen responsable de los rumores de la vecindad, pese a que procuro mantenerme lo más alejada posible. Y mi marido asegura que yo tengo la culpa de nuestras crisis matrimoniales. Lo que más me preocupa es que en parte tengo la sensación de que puede haber algo de cierto en lo que dicen los demás".
 Otras mujeres se achacan la culpa por los fracasos de los hijos, o por el escaso interés sexual de su pareja o por la pérdida del puesto de trabajo. De un modo u otro, siempre se sienten culpables. Helen me contaba entre sollozos lo que sufría y cómo se las arreglaba para acabar siempre autoinculpándose. Rara vez hallaba el modo de invalidar las falsas acusaciones. En la empresa creía que verdaderamente había cometido algún error en el manejo de la máquina rotuladora, cuando en realidad no había ninguna razón objetiva que lo confirmara. Tras una discusión familiar, le venían a la cabeza las ideas críticas que ella albergaba con respecto a un tío suyo. Buscaba expresamente argumentos que pudieran hablar en contra de ella. Siempre estaba proporcionando munición a sus adversarios. No puede sorprendernos, por tanto, que con motivo de un accidente de tráfico del que ella no era culpable, tuviera que ser un abogado el que expusiera su inocencia: ella, por su parte, se había enmarañado en una red de autoacusaciones. La escasa autoestima y los sentimientos constantes de culpabilidad atraen la desgracia de forma aparentemente mágica.
 
¿Sacrificarse por los demás?
 
Muchas veces las mujeres añaden a la facultad de convertirse en víctimas otro método de autodestrucción. Estas mujeres creen poder compensar su papel de víctima mediante una conducta absolutamente intachable. Hacen todo lo que pueden por sus familiares, por su marido, por su jefe y por sus compañeras de trabajo y, a cambio, no obtienen ninguna clase de agradecimiento. Por mucho que se sacrifiquen, los demás lo encuentran de lo más natural y tienen motivo para no echarse la culpa a sí mismos puesto que nadie le ha exigido a la sacrificada que se tome tantas molestias sin protestar lo más mínimo. Sólo ellas atienden a su tía enferma, y son las únicas que todas las tardes hacen horas extras. Son el miembro de la familia que lleva el coche a reparar, aunque los maridos o los hijos mayores estén en casa aburriéndose delante del televisor o matando el tiempo de cualquier modo.
 A las sacrificadas no les resulta fácil afanarse tanto: a menudo caen enfermas. Padecen la carga que se han impuesto a sí mismas y, sin embargo, acarrean con ella sin quejarse. Sólo su mímica delata en ocasiones el esfuerzo que les cuesta desempeñar la tarea en cuestión. Si son atrapadas en uno de esos gestos, rápidamente esbozarán una sonrisa, por mucho que les cueste.
 ¿El propio sufrimiento como objetivo?
 Da la impresión de que así lo ven estas mujeres. El dolor se convierte en garante de la felicidad y el bienestar del otro. Y para eso vive la sacrificada: para que al otro le vaya bien.
 Nuestra imagen del papel de madre está llena de elementos similares: lo principal es que a la familia le vaya bien; lo principal es que los niños sean felices; lo principal es que no se nos pueda reprochar nada. Este ideario tiene muchos componentes masoquistas. Estas mujeres hacen un pacto con el diablo, pues esperan comprar la felicidad de su familia a cambio del propio sufrimiento. El objetivo, no obstante, sigue siendo poco preciso; el único patrón de conducta ostensible reza así: "Tengo que esforzarme, sacrificarme y renunciar". A veces creo que estas mujeres ya no saben por qué se sacrifican realmente: el sacrificio se convierte en fin absoluto. Se pone en marcha un ciclo vital cerrado en sí mismo. El sentido de la vida es sufrir. Muchas veces esta actitud ante la vida está vinculada a una resignación fatalista con el destino y con la voluntad de Dios.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1997, en traducción de María Dolores Ábalos. ISBN: 84-226-6462-3.]
 

miércoles, 18 de mayo de 2016

"Antología de Spoon River".- Edgar Lee Masters (1868-1950)


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Silencio

 "He conocido el silencio de las estrellas y del mar
y el silencio de la ciudad cuando calla
y el silencio de un hombre y una mujer
y el silencio por el que la música sólo encuentra su palabra
y el silencio de los bosques ante los vientos de la primavera
y el silencio de los enfermos
cuando sus ojos vagan por la habitación.
Y pregunto: ¿para qué cosas profundas sirve el lenguaje?
Una bestia del campo se queja unas pocas veces
cuando la muerte se lleva a su cría.
Y nosotros nos quedamos mudos ante realidades de las que no podemos / hablar.
Un chico curioso le pregunta a un soldado viejo sentado / frente a un almacén:
¿Cómo perdiste la pierna? / Y el viejo soldado se queda sin palabras
o desvía el pensamiento / porque no puede concentrarlo en Gettysburg.
Y vuelve jocoso / y le dice: Un oso me la comió.
Y el chico se maravilla mientras el viejo soldado / mudo, débil,
sobrevive a los fogonazos de los revólveres, al trueno del cañón, / los gritos de los asesinados
y a él mismo tendido en el suelo / y a los cirujanos del hospital, los cuchillos
y a los largos días en cama. / Pero si pudiera describir todo esto
sería un artista. / Pero si fuera un artista debería haber palabras más hondas
que él no podría describir. / Está el silencio de un gran odio
y el silencio de un gran amor / y el silencio de una profunda paz interior
y el silencio de una amistad traicionada. / Está el silencio de una crisis espiritual
a través del cual, el alma, exquisitamente torturada / llega a visiones que no pueden pronunciarse
en un reino de vida superior. / Y el silencio de los dioses que se entienden sin hablar.
Está el silencio de la derrota. / Está el silencio de los injustamente castigados
y el silencio de los agonizantes cuya mano, / de pronto, toca la nuestra.
Está el silencio entre el padre y el hijo / cuando el padre es incapaz de explicar su vida
y por eso mismo resulta incomprendido. / Hay el silencio que crece entre el marido y la mujer.
Hay el silencio de aquéllos que fracasaron / y el vasto silencio que cubre
a las naciones quebradas y a los líderes vencidos. / Está el silencio de Lincoln
pensando en la pobreza de su juventud. / Y el silencio de Napoléon
después de Waterloo. / Y el silencio de Juana de Arco
diciendo entre las llamas "Jesús bendito"..., / revelando en dos palabras toda la pena, toda la 
                                                                                                                                 [ esperanza.
Y hay el silencio de la vejez / tan lleno de sabiduría que la lengua no pronuncia
las palabras inteligibles para aquéllos que no han vivido / la gran extensión de la vida.
Y está el silencio de los muertos. / Si nosotros, vivos,
no podemos hablar de profundas experiencias, / ¿por qué asombrarse de que los muertos
no nos hablen de la muerte?
Su silencio será interpretado / cuando nos acerquemos a ellos.