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domingo, 5 de octubre de 2025

14 de julio.- Éric Vuillard (1968)

 

La multitud

  «Hay que escribir lo que se ignora. En puridad, se desconoce lo que ocurrió el 14 de Julio. Los relatos que poseemos son encorsetados o descabalados. Hay que plantearse las cosas a partir de la multitud sin nombre. Y debe relatarse lo que no está escrito. Debemos deducirlo del número, de lo que sabemos de la tasca y de la calle, del fondo de los bolsillos y de la jerga de las cosas, mondas deformadas, mendrugos de pan. El parqué se agrieta. Se divisa al grandísimo gentío mudo, masa afásica. Están allí, en la Bastilla, cada vez hay más personas en las calles de alrededor. Los que no disponen de fusiles van armados con palos, con dañinas puntas herradas, mazas, sacacorchos, ¡tanto da! Desde el Arsenal hasta Saint-Antoine, los muelles y las calles están atestados de gente. Los pordioseros, los limpiabotas, los cocheros, todos los campesinos llegados a París para buscar pitanza están allí. Los estudiantes arrancan las empalizadas, las patas de los taburetes, los brazos de las carretas. Saltan, gritan. Pesadas nube se desplazan por el cielo. Mean delante de las puertas.

 ¿Qué es una multitud? Nadie quiere decirlo. Una mala lista, redactada más adelante, permite ya afirmar lo siguiente: ese día, en la Bastilla, está Adam, nacido en Côte-d'Or; está Aumassip, vendedor de ganado, nacido en Saint-Front-de-Périgueux; está Béchamp, zapatero; Bersin, trabajador del tabaco; Bertheliez, jornalero, originario del Jura; Bezou, de quien no se sabe nada; Bizot, carpintero de obra; Mammès Blanchot, de quien tampoco se sabe nada aparte del bonito nombre que tiene y que parece una mezcla de Egipto y de estiércol. Está también Boehler, carretero; Bouin, zurrador; Branchon, de quien no se sabe nada en absoluto; Bravo, carpintero; Buisson, tonelero; Cassard, tapicero; Delâtre, recaudador; Defruit, herrero; Devauchelle, aguador; Drolin, cerrajero; Duffau, zapatero; Dumoulin, labrador; Duret, panadero; Estienne, desconocido; Évrard, pasamanero; Feillu, trabajador de la lana; Génard, empleado; Girard, profesor de música; Grandchamp, dorador de metales; Grenot, techador y Grofillet y Guérin y Guigon. ¡Vaya!, ya tenemos un buen puñado de mamíferos, hombrecillos de Brueghel.
 Están también Guindor, baulero; Hamet, frutero; Havard, portero; Héric, desconocido; Heulin, jornalero; Jacob, del Marne; Jary, peón caminero; Jacquier, desconocido; Javau, bombero ¡y Joseph, carpintero! Son extraños los nombres, nos da la sensación de tocar a alguien. Y así, incluso cuando ya no queda nada, cuando sólo sabemos un nombre, una fecha, un oficio, un simple lugar de nacimiento, creemos adivinar, rozar. Parece que podamos entrever un rostro, un aire, una silueta. Y, entre las mandíbulas del tiempo, creemos a veces oír voces, la de Jouteau, calderero; la de Julien, camarero; la de Klug, candelero; de Kabers, el prusiano; de Kopp, el belga; de Lamouroux, el mecánico; de Lamy, trabajador portuario; de Lamboley, el bracero; de Lang, el zapatero; de Lavenne, el albañil; del hojalatero Lecomte e incluso la de Lecoq, que nos dejó más rastros que una mosca. Hay miles de tipos con delantal, con sus picas, sus hachas o sus navajas. Están Peignet, cuya madre se llama Anne Secret, cosa sublime; Richard, que acabará ciego, en los Inválidos. Sagault, que morirá dentro de una hora. Julien Bilion, que conversa, más allá, con unos compañeros. Están Poulain, bracero; Vachette, jornalero; Jonnas d'Annonay, Jacob del Bajo Rin, Secrettain de Boissy-la-Rivière y Raison y Cimetière y Conscience y Soudain y Rivière y Rivage.
 Por supuesto, un nombre no es gran cosa. Una profesión, una fecha, un lugar, modesto estado civil, una etiqueta. Son las sílabas de la verdad. Legrand, que era portero; Legros, capitán; Legriou, montador de péndolas; Lesselin, peón; Masson, el vendedor de clavos; Mercier, el tintorero; Minier, el sastre; Saunier, el trabajador de la seda; Térière, el aserrador; Mique, el cerrajero; Miclet, el Juan Lanas, los hermanos Moreau, Juan Lanas también, Motiron, el fabricante de cordones; Navizet, el dorador, Nuss y Oblisque, los ná de ná, todos han nacido y han currado y zampado y bebido y caminado de acá para allá por París, y por supuesto ese día estaban en carne y hueso en la Bastilla. Sí, estaban Pinon, el botero; Paul, el médico y Pinson, y Potron y Pitelle, sí, estaban todos allí, tras su barba de tres días y la verja oxidada del alma, farfullando, al pie de las murallas de piedra.
 Sí, abajo del todo, entre los árboles del jardín del Arsenal y las callejas del barrio de Saint-Antoine, sabemos que estaban un Plessier y un Ramelet, vendedor de tintorro, que seguramente se despepitó todo lo que pudo, ¡y un Pyot del Jura, un Raulot de ningún sitio, un Ravé de no sé dónde, un Quantin, sin señas, un Quenot! Estaban incluso un Poulet, al parecer, y un Quignon, un Rebard, un Robert, un Rogé, un Richard. Los había para todos los gustos, los había para el listín entero. Estaban un Roland con una sola ele y un Rolland con dos, estaban un Roseleur y un Rotival. ¡Ah!, qué entrañables son los nombres propios; el listín de la Bastilla es mejor que el de los dioses de Hesíodo, se nos parece más, nos refresca el cerebro. Así que, adelante, no nos detengamos, nombremos, nombremos, nombremos, recordemos a los famélicos, a los melenudos, a los napias, a los bizcos, a los tipos legales, a todo el mundo. Recordemos un instante a ese Saint-Éloy que, por una feliz casualidad de los nombres, vive en Saint-Éloi, y que se dedica al hermoso trabajo de encargado de una casa de baños; recordemos a Saveuse, el gendarme; a Sassard, el gilipollas; a Scribot, el destripaterrones; a Servant, el subalterno; a Serusier, el verdulero y a los dos Simonin, uno de Ludres, el otro de Bayona, y a Thurot, de Tournus, y al gran Athanase Tessier, a quien no conoce nadie, procedente de Gisors, solo sin duda, y que a los veintitrés años está allí, en medio de la multitud, feliz. Porque son rematadamente jóvenes los que están delante de los fosos de la Bastilla. Taboureux tiene veinte años, Thierry tiene veintiséis y el otro Thierry diecinueve, y el tercer Thierry, cuya edad desconocemos, no será mucho mayor; Tissard tiene veintitrés años, Touverey veintiuno, Tramont veinte, Tronchon veintiuno, Valin veintidós. No hay nada tan maravilloso como la juventud. Pero están también los nombres sin fecha, sin oficio, sin nada, más entrañables acaso, los Verneau, los Vichot, los Viverge, ¿quién da más? Está Perdue, alias Parfait; Paul, alias Saint-Paul; Vattier, alias Picard; Bouy, alias Valois. Bulit, alias Milor. Cadet, alias Labrié. Cholet, alias Bien-aimé. Están los padres y los hijos, los hermanos. Guillepain I y Guillepain II. Tignard I y Tignard II. Están Voisin I y Voisin II. Los dos Caqué. Los dos Camaille. Cuatro Baron. Están Berger y Bergère. Están Goutte y los dos Goutard. Están Petit, está Lenain. Está Villard, alias Commissaire. Está Becasson. Está Boulo, está Bourbier [...]
 La mayoría son extranjeros. Han venido a buscar trabajo y se arraciman en los suburbios. La región de donde proceden habla el bearnés, el vasco, el berrichón, el champañés, el borgoñón, el picardo, o el poitevino, y aun el sous-patois, el maraîchin, el mâconnais, el trégorrois y así hasta el infinito.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2019, en traducción de Javier Albiñana Serain, pp. 84-88. ISBN: 978-84-9066-642-5.]

viernes, 16 de abril de 2021

Memorias de un guerrillero (1808-1814).- Francisco Espoz y Mina (1781-1836)


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Sucesos del año 1808


 «Vivía yo en el seno de la más profunda paz y una tranquilidad perfecta, cuando las revueltas y convulsiones de la patria, en los principios del año 1808, vinieron a robarme esta felicidad de que gozaba.
 Muerto mi padre, Juan Esteban Espoz, quedé yo, a la edad de quince años, a la cabeza de nuestra pequeña hacienda patrimonial a cuyas labores había sido aplicado desde muy niño, y cuyos productos eran el principal sostén de la familia.
 Mi madre, María Teresa Ilundáin, había tenido siete hijos, y de ellos, en aquel año de 1808 vivíamos cuatro: mi hermana Vicenta, que vivía en la casa; otra hermana Simona, casada en Pamplona con don Baltasar Sainz, administrador de la casa de Misericordia de aquella ciudad; otro hermano eclesiástico, llamado don Clemente Espoz, vicario del hospital general civil de la propia ciudad; y yo, el menor de todos cuatro, que contaba entonces veinte y cinco años y medio. También tenía en aquel tiempo en Pamplona un sobrino, llamado Javier Mina, que estudiaba filosofía, de edad de diez y siete años, de quien hablaré más adelante.
 El lugar de mi nacimiento, Idocin, cuya población se compone de sólo once casas, confundido en el valle de Ibargoiti, perteneciente a la merindad de Sangüesa, del reino de Navarra, dista tres leguas y media de la capital de éste, y otro tanto camino, poco más o menos, de la ciudad de Sangüesa.
 Siempre que podía hacer tregua con las precisas faenas del campo pasaba a Pamplona a ver a mis hermanos Clemente y Simona y a mi sobrino Javier Mina, y casualmente me hallé en aquella ciudad el día 9 de febrero de 1808: ¡día de constante recuerdo para mí, porque en él fue cuando la rueda de mi estrella, dejando el carril suave y trillado que llevaba, giró de través y marchó en otra dirección escabrosa sin haber podido parar desde entonces el ímpetu de su carrera, a pesar de haber tropezado en miles de embarazos y sufrido en ella todos los contratiempos de espantosas tempestades y furiosos huracanes! La causa de este efecto fue el haber visto entrar en aquel día en la plaza de Pamplona una columna de cuatro mil hombres de tropas francesas al mando del general D’Armagnac.
 Amaneció esta columna a las puertas de la ciudad con sorpresa del vecindario y extrañeza de las autoridades, que carecían de toda noticia de su venida. El virrey, marqués de Vallesantoro, pidió al general francés razón de la autorización y objeto con que se había introducido furtivamente en país extraño con tanto número de hombres armados, y díjose de público que la contestación fue presentar el pasaporte u órdenes que llevaba del generalísimo de España, príncipe de la Paz, para ser admitido en la plaza; y fuera o no fuera así, entraron los cuatro mil hombres con un aire de orgullo insoportable a mi vista.
 De muy mal aspecto se miró por todos la llegada de tales huéspedes cuando nadie esperaba semejante visita: yo volví a mi lugar aquel mismo día, haciendo mil reflexiones sobre lo que había visto y participando de la desconfianza que observé en las gentes de Pamplona sobre la conducta ulterior que podrían desplegar los franceses, prevalidos de nuestra apática imprevisión; y a fe que no se pasaron muchos días sin que bien a las claras manifestasen sus dañadas intenciones por un acto de vil traición.
 Alojáronse a su entrada en la ciudad, no habiendo consentido el virrey, a pesar de haberlo solicitado con empeño el general francés, que se colocasen algunas tropas en los cuarteles de la ciudadela, adonde pasó toda la guarnición española de la plaza, compuesta de cuatrocientos hombres escasos del regimiento Voluntarios de Cataluña; pero entonces, antes, después y siempre los españoles hemos sido víctimas de nuestra confianza y buena fe, o más bien de nuestra indolencia. Por las gestiones ya hechas por D’Armagnac, por la actitud en que conservaba su gente y por todos los movimientos y conversaciones de ésta, el virrey debió poner atención a la ciudadela y encargar la más exquisita vigilancia en ella; pero si hubo algún cuidado de su parte no fue tan grande que no dejase un portillo abierto por donde el ratero enemigo pudiera colarse, aprovechando la más leve distracción; y tal fue el haber dispuesto que los franceses fuesen a racionarse de pan todos los días a la ciudadela, donde existían los hornos de la provisión.
 El general francés tenía su alojamiento en la casa del marqués de Besolla, cuya fachada y principal entrada da frente a una parte del glacis de la ciudadela y casi a la puerta de entrada de ésta. Atento a su objeto, sobre que tendría instrucciones de su amo, y aprovechándose de la demasiada confianza de nuestros jefes militares, a los ocho días de haber llegado, esto es, el 16 de febrero, dispuso que a los soldados que iban con los sacos por el pan siguiesen otros que a propósito la noche anterior había ocultado en la casa de su alojamiento, llevando las armas escondidas bajo de sus capotes. Al entrar los primeros por las puertas de la ciudadela, formaron un juego, tirándose unos a otros pellones de nieve, que había caído en mucha abundancia en aquellos días, y cuando lograron distraer de este modo a las guardias, los soldados franceses que armados seguían con mucho disimulo, se echaron sobre ellas, se apoderaron de todos los puestos, quedando posesionados del castillo, y prisioneros los jefes de él y nuestros soldados, cuya mayor parte se escapó tirándose muchos por las murallas.
 He aquí una hazaña que al general D’Armagnac probablemente le habría valido un grado y que el usurpador Bonaparte haría publicar en Europa por sus boletines militares, pintándola como una señalada y gloriosa victoria conseguida por sus armas contra una plaza de primer orden de España. Y ¡cuántas de éstas no habrían creído los españoles como hechos heroicos en otros países, cuando en mucha parte todo se reducía a engaños y tropelías deshonrosas y bárbaras, según lo que hemos observado al abrir los ojos y percibir la verdadera claridad! A semejante felonía todavía D’Armagnac tuvo la imprudencia de añadir el insulto. El hecho se había consumado muy de mañana y en un tiempo de riguroso frío, de modo que al despertar los habitantes de Pamplona se encontraron enteramente a merced de sus huéspedes, y el jefe de éstos dio oficialmente aviso de ello a las autoridades del país, diciendo que si había sorprendido la ciudadela lo había hecho por evitar la efusión de sangre, que no hubiera sido economizada en caso de una defensa de parte de la guarnición española, y concluía convidándolas a reunírsele, a fin de que no se alterase el orden ni perturbase la tranquilidad pública.
 Ciertamente por la prueba que han dado los españoles en el discurso de la guerra puede sacarse la consecuencia de que ni ellos hubieran excusado derramar su sangre en defensa de sus ciudades y castillos, ni los franceses las habrían obtenido tan fácilmente si habían de haberlas ganado en campal batalla. El ardid que emplearon para apoderarse de la de Pamplona, burlándose de la buena fe de las autoridades españolas, justificó el recelo con que se había visto la llegada de los que se presentaban como verdaderos enemigos; y era tal ya la irritación de los ánimos contra ellos, que estoy en la firme creencia de que si acto continuo a la sorpresa de la ciudadela de Pamplona, las autoridades de Navarra que tenían su asiento en aquella capital, o cualquiera de ellas, como el virrey, los tribunales o la Diputación, hubieran salido de allí y fijándose en otro punto de la provincia, y llamado a sus naturales para reconquistar la plaza y el castillo, en masa nos habríamos reunido todos los hombres aptos para tomar las armas y pegar contra los invasores, sin reparar en ningún género de peligros: tal fue la indignación que se apoderó de todos contra tan vil e injustificable agresión. Pero el virrey no pudo hacerlo, porque para impedir toda reclamación y gestión de su parte lo llevaron inmediatamente y por fuerza a Francia; los tribunales no se creían autorizados para tomar ninguna medida y la Diputación aguardaba de la corte contestación a sus representaciones, y de esta manera nada se hizo de pronto, por falta de un centro y autoridad que diese el impulso a la buena disposición de todos los navarros para vengarse del ultraje que se había hecho a su buena fe. Sin embargo, desde aquella época todos los ánimos se previnieron, y cada cual procuraba apercibirse para la primera alarma que se diera.
Resultado de imagen de memorias de un guerrillero Sin que la Diputación ni las demás autoridades que representaron a la corte sobre el atentado del general D’Armagnac recibiesen contestación, llegó la noticia de las revueltas de Aranjuez y Madrid, en los días 17, 18 y 19 de marzo, y la renuncia de la corona, hecha por Carlos IV en favor del príncipe de Asturias, Fernando, que se denominó siendo rey, el Séptimo de su nombre en Castilla; y el conocimiento de estas novedades dio alguna tregua a la agitación que había producido en los navarros el proceder de los franceses. Pero como se sucediesen en cada correo distintas nuevas que indicaban bastante la mala fe con que en todas partes se conducían las tropas extranjeras, y en especialidad las que había en Madrid a las órdenes de Murat, cuñado de Napoleón; el orgullo con que se presentaba aquel verdadero sátrapa en figura y hechos, el desaire con que trataba al nuevo monarca y a su Gobierno, y por último, la manera falaz con que había arrancado de España y conducido a Francia toda la familia real; todas estas circunstancias reunidas llegaron a encender la sangre leal de los navarros, y la población casi entera prorrumpió en voces abiertamente contra los enemigos invasores, cuando se supo la ocurrencia del 2 de mayo en Madrid, cuya noticia vino a coincidir con la llegada de nuevas tropas francesas en Navarra para tomar la dirección de Aragón y apoderarse de este reino, según las mismas lo publicaban sin rebozo.
 Yo continuaba siempre mis visitas a la ciudad de Pamplona, y ya en este tiempo el objeto principal de ellas era el de informarme del modo de pensar de las gentes de la capital, cuya opinión fue siempre seguida de todos los pueblos de la provincia; y bien convencido de que ésta era la de armarse contra los injustos agresores para libertarnos de la esclavitud que tal vez nos preparaban, y testigo, por otra parte, de la ausencia de muchos jóvenes de la ciudad, que habían salido con ánimo de reunirse en algún punto fuera de sus muros, o de tomar partido en algún cuerpo militar, habido consejo de mi hermano el vicario del hospital, y con su anuencia, me dispuse yo igualmente a tomar las armas, concertándome con los mozos del lugar y algunos otros de los pueblos inmediatos, para marchar unidos adonde pudiéramos ser útiles a la causa de la patria ya ofendida.
 No apareciendo en Navarra un hombre que, perteneciendo a las clases de títulos, de mayorazgos o de riqueza, tuviese alguna nombradía y prestigio para levantar bandera de reunión (y ¡cosa rara y notable en todo el tiempo que duró la guerra! no se presentó en aquellos campos ningún individuo que perteneciese a estas altas y privilegiadas familias), adonde pudiera concurrir toda la juventud, como lo deseaba, muchos adoptaron el partido de marcharse a Zaragoza, para ayudar a los aragoneses contra la división francesa que tomaba aquel camino a las órdenes del general Leffèbre Desnoettes: fueron bastantes los que perecieron en el sitio que este general puso a Zaragoza y los que quedaron con vida, cuando se retiró volvieron a su país, y a su influjo y con su auxilio formáronse algunos grupos pequeños de patriotas para causar todo el mal posible a los franceses; y otras semejantes partidas aparecieron también a la vez en la Rioja, Castilla, Álava y poco después en Guipúzcoa y Vizcaya.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2009, pp. 17-26. ISBN: 978-84-7423-859-4.]